Los templos del sacrificio

Una pregunta bajo el sudor del gimnasio: ¿cuántas son las cargas que nos autoimponemos?

 

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Nunca creí que tendría una epifanía, y mucho menos en un gimnasio. Ha sido en mi primera clase de ciclo o spinning. El instructor se dirigía a nosotros a través de una pantalla y con la música a todo volumen. No sé si era mi cansancio físico al borde del desmayo o el discurso mesiánico de aquel hombre virtual lo que me provocó la revelación. Pa­la­bras como sacrificio, dolor y recompensa se repetían sin descanso en una cháchara de superación que no dejaba espacio para el cansancio ni la lentitud. Un discurso, me he dicho, que introducía hábilmente los dogmas cristianos en el mundo del deporte con la jerga del sufrimiento que da su fruto.

Al mismo tiempo, en este grupo de personas que pedaleá­bamos al unísono al ritmo de la música y al compás de una charla cuasirreligiosa, no podía dejar de ver un eco de la ética protestante del trabajo como semilla del capitalismo: te ganarás el pan con el sudor de tu frente y ese pan, esos panes que demuestran tu bonanza y tu éxito, serán prueba de tu sacrificio y señal de tu salvación. Sólo hay que sustituir “el pan” por “los abdominales” y cambiar “la salvación” por “el atractivo físico”. ¿Será que ya no es suficiente con el pan y hay que añadir más sudor al sudor? Sudor para conquistar el pan y sudor desvinculado del trabajo. Doble sudor. No ya que te paguen por que sudes, sino pagar por sudar.

Sudor para conquistar el
pan y sudor desvinculado del
trabajo. No ya que te paguen
por que sudes, sino pagar por sudar

Así, el gimnasio como continuación de nuestra jornada laboral en consonancia con la retórica del sacrificio a cambio de la recompensa. Un trabajo que realizamos con vistas a las vacaciones y a la nómina de finales de mes al igual que el instructor nos motiva hablándonos del verano y de la sensación de alivio al llegar a la cima de la montaña, al final de la etapa, con él y con el resto. No te vayas a quedar atrás.

No vayas a desentonar. Sobre todo, no vayas a preguntar por qué estás subiendo porque tu ánimo y tus fuerzas podrían flaquear y nadie quiere detenerse y fracasar.

Hasta ese momento, mi paso por el gimnasio había estado acompañado por una forma mucho más débil y diluida de esa voz que salía de la pantalla. Un “ahora un poquito más”, un progreso lento y discontinuo que, yo me decía, obedecía a querer mejorar el bienestar físico mientras hacía descansar la mente. Después de la visión profética de la clase de ciclo me pregunto: ¿por qué ha impregnado el discurso religioso y capitalista del esfuerzo y el sufrimiento nuestro tiempo de ocio? ¿Qué ha sido del descanso, del disfrute y, en definitiva, de la recompensa sin sacrificio o después del sacrificio? ¿Cuán­tas son las cargas que, de forma insospechada, soportamos y nos autoimponemos?

Y también me acuerdo de La casa de la fuerza de Angélica Liddell y contemplo diversas formas y variedad de motivos para ir al gimnasio. Existe, y es muy común, el ejercicio como liberación, como desprendimiento de lastre mental a través de la extenuación. “Ne­ce­sito tener un cuerpo fuerte y agotado que me ayude a soportar el terror de las noches y la pena de las mañanas”, dice la dramaturga. Se trata en este caso de un camino individual y sanador destinado a aligerar una carga de dolor espiritual por medio del esfuerzo extremo y del sufrimiento corporal.

 

La lentitud como antídoto

Sin embargo, mi principal reflexión en una clase grupal y rítmica no se dirige hacia el deporte como consuelo personal, sino como discurso homogeneizador que nos enseña que todo lo que merece la pena se alcanza a través del duro trabajo. Una educación deportiva que hace de la perfección y la rapidez su modelo de referencia y que me hace recordar al personaje de una novela. Juan, el profesor de gimnasia de El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, reivindica la torpeza, el tropiezo y la lentitud como antídotos ante nuestra epidemia de perfección deportiva y empresarial: “¿Por qué la referencia tiene que ser la perfección y no la vida?”.

En definitiva, el deseo de una clase de spinning en la que cada ciclista pedaleara a su ritmo, sin la presión psicológica del instructor-sacerdote y en busca de una meta diferente a la de sus compañeros. Una sociedad en la que se pudiera ir a velocidades dispares y en la que no se condenara el abandono del camino principal, el avanzar con el paso cambiado, el llegar a destiempo o, incluso, el detenerse y negarse a continuar pedaleando.

eli alkorta/Diagonal

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