Campanas en el lago Bled

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Arco

 

   Veo la cerveza dorada brillar delante del sol de invierno en manos de otra gente en otras mesas. Esa claridad me deslumbra y me hace salir del tiempo. Estoy en el café Preseren y veo casi todo el lago entre las montañas. A la derecha hay un gran árbol atormentado con la barriga abierta y en lo alto se contempla el castillo.

   Hemos subido al castillo por un sendero de cabras entre las hojas muertas y los olores a setas y desembocamos en la plataforma donde se concentran los turistas y los japoneses que subieron por los cientos de escalones. Lo mejor del castillo es su emplazamiento colgando encima del lago y con los torreones recortados contra el cielo. No vamos a entrar porque ya hemos visto muchas armaduras y cenadores en otros sitios. Pero nadie nos quita contemplar todo el lago confidencial desde lo alto.

   Al pie del castillo está la iglesia de san Martín con hechuras góticas. Es el día de Navidad y han comenzado a sonar las campanas. Las campanas se extienden como una buena noticia por todo el valle preservado entre las montañas y parece que todos nos aligeráramos un poco. Nos asomamos un momento a la misa pero nos vamos para no molestar.

   Le digo a Consuelo que recorramos un poco el lago por la otra orilla, para disfrutar el agua de sueño y el trazo del castillo desde el otro lado. Empezamos a caminar tranquilamente y a saborear cada instante. Pasamos la zona de hoteles, las casas hermosas que tienen barcas dormidas en la orilla, los retiros con los bancos para olvidarse de todo. Es un lago para olvidarse de todo, para conectar con nuestro fondo de calma más indestructible. Avanzamos misteriosamente sintiendo como se desplazan los árboles delante del agua. Y allá a lo lejos, solitario entre otras cumbres, se ve el monte Triglav nevado, en los Alpes del Sur, el más alto de Eslovenia.

     Hay un túnel que atraviesa la roca, hay una carretera que orilla las casas de cuento que duermen junto al agua, hay hoteles y restaurantes que están cerrados esa mañana. Y vamos avanzando y a lo lejos se ve la isla diminuta con la iglesia barroca de Santa María. Y entonces le digo sin creerlo del todo : tal vez podríamos intentar darle la vuelta entera al lago. Ella dice: ¿por qué no?, muchas veces se muestra más intrépida que yo, no le asustan los esfuerzos. Pero es que esta belleza que nos inunda nos da fuerzas para realizar cualquier cosa. Diría exagerando que los ojos se apoderan de nosotros y casi no notamos los pies.

   Y entonces nos decidimos, volver atrás ahora quizá requiera el mismo esfuerzo que volver adelante. Circundar el lago supone bastantes kilómetros para ir andando, pero estamos borrachos con la visión. Y entonces nos vamos acercando a la islita. En las orillas alquilan barcas con remos para ir a ella. Cada vez la vemos más nítidamente. Es mágico ver como se van concretando los detalles, las casas que casi flotan en la orilla, la iglesia que se dibuja cada vez mejor con su torre, las escaleras del embarcadero. Es todo un mundo secreto e íntimo el que se anuncia como una ofrenda. Ya estamos muy cerca, ya empezamos a rodear la isla. Vemos la escalinata que sube hasta la iglesia, las casonas de la derecha, otras que se adivinan detrás hacia la anchura del lago. Pensamos quien vivirá ahí, si serán solo los curas y los allegados, cómo será su vida a cada instante, cómo serán sus noches. Y entonces empiezan a sonar las campanas de la iglesia en la isla. Son campanas mucho más susurrantes, más interiores, al principio casi no se distinguen del susurrar del paisaje, parece que suenen en nuestra memoria o en nuestro interior. Son un asombro tan etéreo que casi nos transfigura, nos convierte en secretos ángeles.

   Y le damos la vuelta a la isla lentamente. Entonces empezamos a bordear la finca que perteneció al mariscal Tito cuando existía Yugoslavia. Allí se retiraba a descansar de todo, allí recibía a sus amigos artistas, allí conectaba con el silencio y el paisaje. El edificio es ahora un hotel muy exclusivo y todo el terreno muy grande está rodeado con vallas. Bastante lejos del edificio principal hay pabellones secretos, construcciones ligeras que se asoman al agua. Y uno se imagina como podrían desconectar allí de la política plúmbea los dirigentes de un estado que, pese a todo, fue muy abierto y tolerante. También recuerdo que en aquellas inmediaciones se refugiaba Ivo Andric y que escribía :”Sobre el lago Bled el menor viento, desde la brisa ligera hasta el viento del norte de alientos mordientes, confiere su color al cielo y al paisaje, mientras que no produce casi ningún sonido”(“Signos al borde del camino”).

   Estamos regresando por el otro lado. Vemos hoteles, albergues perdidos entre los árboles, áreas de recreo, senderos con borde de madera que se apartan de la carretera, restaurantes, construcciones que se tienden en mitad del monte. Está prohibido casi todo en el lago, pero es la manera de mantenerlo con esa belleza sublime que enriquece a todo el mundo. Por eso se ven las aguas limpísimas, casi se puede tocar con los ojos el fondo. Está prohibido bañarse pero un grupo de jovenzuelos se quitan la ropa y se tiran. Ya empiezo a imaginarme sus orines y lo que trasuden sus culos en el agua. Qué le vamos a hacer.

   Nos acercamos a la base del castillo por el otro extremo del lago y ya casi hemos regresado. Hemos hecho el recorrido completo, que está lleno de rodeos, de pequeñas bahías, de recodos sorprendentes. Y estamos cansados pero también nos sentimos héroes. “Lo hemos hecho como si no fuera nada”, nos mentimos. No creí que pudiera hacerlo, digo, no me planteaba esto de ningún modo. No me puedo creer que lo hayamos hecho. Etc. Y estamos ahora debajo del castillo que se levanta potente encima de nosotros y nos acercamos de nuevo a san Martín. Y suenan las campanas de Navidad otra vez, abiertas, prodigiosas, increíbles. Su sonido misterioso y alegre al mismo tiempo se extiende por todo el paisaje, lo enciende, lo hace nacer, nos despierta a todos, nos sacude con gracia. Nos sentimos afortunados de encontrarnos aquí en esta Navidad sin pensarlo.

   Y entonces decidimos tomarnos unas cervezas con mucha calma en el café Preseren, desde el cual se ve todo el lago. Delante se ven ramas de árboles que todavía lo hacen más refrescante. Y reverberan las cervezas doradas en la otra mesa como si mi vida hubiera conectado con la mitología. Hay algo que se rompe en mi mirada, que me deslumbra suavemente. Los minutos son dorados mientras miramos el lago que no hace ningún ruido para nosotros y se confiesa de modo prístino.

   Más tarde nos vamos a la parada del autobús que nos llevará a Liubliana. El bar Tiger tiene las paredes de madera y en él hay fotos antiguas de Bled y del mariscal Tito con sus amigos. He visto en toda Yugoslavia que recuerdan con nostalgia a Tito y los artistas se llevaban muy bien con él. Algo debía de tener. Una chica desenfadada nos sirve unas cervezas enormes y después nos pone raciones inmensas de kevavcici de Sarajevo. Las tomamos con el sabor de la comida de verdad que no diseñó ningún pijo pedante y nos disponemos a regresar a Liubliana.

 

 

 

 

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