AUVERS SUR OISE, LOS CUERVOS DE VAN GOGH

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Arco

 

Los trigales destacaban con fuerza en la tarde de verano, con toda intensidad, con todo dramatismo, como cuando los pintó van Gogh. Era lógico que se apasionara con aquella intensidad de amarillo, con aquel viento que agitaba las espigas, con aquel cielo que se agitaba lleno de vida sobre él. Los que no estaban eran los cuervos que el pintó en su ultimo cuadro , esos cuervos que venían a por él, que le decían que se acababa su vida, que lo encerraban bajo el cielo que también para Baudelaire era un ataúd y en el que van Gogh siempre se sintió atrapado y por eso quiso salvarse y salvar a todo el mundo con el clamor de su pintura y con el gritar de las estrellas. Pero nosotros, con la mirada loca sobre aquellas espigas, nos imaginábamos aquella última tarde de desesperación en que todo a su alrededor parecía precipitarse, en que parecía no haber salvación para su vida, en que decidió matarse.

Fuimos al albergue Ravoux, en la calle principal, donde pasó sus últimos meses. Vimos el comedor con las ventanas de cortinas donde enloquecía su pan. Subimos a la habitación desnuda donde se retorcía y se sentía como un gato encerrado en un armario, tal como le contaba a su hermano Theo. Mirando aquellas paredes desoladas y desnudas, sombrías y apretadas, nos imaginábamos toda la lucha interior que tuvo aquel profeta condenado, donde se gestó toda la convulsión del arte moderno, la llamada de auxilio de todo el expresionismo. Y pensar que Rilke, el gran Rilke, consideró que lo de van Gogh era jugar con los colores , y en cambio admiraba tanto al intelectualista Cezanne, que con cabezonería intelectualista se esforzaba por trazar mejor las líneas de sus cuadros…

Nos acercamos al cementerio donde está enterrado, un lugar humilde para ese santo convulso de la pintura, para ese San Francisco atormentado del arte mundial, que quiso atrapar el espíritu con los pinceles, que quiso agarrar el secreto del cosmos y recoger el alma honda de los comedores de patatas y reconocer el espíritu de todo en sus lienzos apasionados. La tumba de Vincent, junto a la de su hermano Theo, que tanto creyó en él, están al final de un sendero, junto a un muro desnudo, y tienen losas muy sencillas con mirtos delante, y simplemente sus nombres y sus fechas, como si sus nombres lo dijeran todo. Porque en el fondo no hay nada más que hacerse un nombre, poner todo el espíritu del mundo en un nombre.

Avanzamos caminando por la rue Gachet, flanqueada de casas pintorescas y líricas con evocaciones del pasado, hasta llegar a la casa del doctor Gachet, el hombre que en los últimos tiempos lo comprendió y trató de aliviar su vida, y al que el pintor captó tan profundamente en su retrato, en toda su melancolía, en todo su deseo de ayudar, en toda su simpatía humana, envuelto en esos azules de paz y de esperanza. Por allí, por aquellos encierros, andaba Vincent llenando los senderos y las plantas con toda la infinitud de sus pasiones, con toda la densidad de su visión, con toda la vitalidad de su drama.

Vimos la deliciosa iglesia, que no se ve trastornada y expresionista como la pintó van Gogh, pero que está en un alto con todo su entusiasmo gótico, con sus contrafuertes que la levantan a lo alto, con sus ventanales alargados que filtran la luz como alquimistas. Paseamos por dentro y revivimos el fervor de van Gogh y sentimos como él desearía también coger aquel gótico apasionado y convertirlo en expresionismo (yo no sé cómo los manuales académicos pueden clasificar a van Gogh como impresionista, es una de esas tonterías clasificatorias que todo el mundo repite sin mirar por sí mismo) y en exaltación. Vimos la gravitación del triforio, las figuras vegetales que casi saltan en los capiteles, la cabeza bigotuda que mira apasionada en un capitel. Y por fuera admiramos las torrecillas cónicas, los arbotantes que vuelan, el campanario con las pizarras inclinadas. Y nos parecimos un poco a esa campesina que caminaba junto a la iglesia llameante bajo el cielo revelador con su azul desmedido que promete una paz exasperada. Salimos por unas escaleras que llevaban a una puertecita con un farol modesto junto a unas ventanas verdes.

Y nos acercamos al río Oise y atravesamos un puente para cruzar a Mery sur Oise donde se veían casas rústicas cubiertas de vegetación con contraventanas verdes y un lago con un pequeño castillo y un parque con canales. Y vagábamos por callejuelas perdidas mirando a veces de reojo en medio de nuestras preocupaciones, y a veces cuando se miran así las cosas de lado, sin agobiarlas, es cuando mejor se perciben, y admirábamos balcones con buganvillas, y pequeños bares con mesas redondas, y cenadores secretos en las cercanías del agua.

Estaba sentado en una mesa solitaria en la terraza del albergue Ravoux, y yo también tenía la mirada solitaria, y pensaba en aquellos desbordamientos trágicos de van Gogh, en que fracasó en su vida para darnos visiones a todos nosotros, en que quiso captar los secretos de la vida con sus pinceles, convertir el arte en profecía o en salvación, encontrar la dignidad profunda de todos los seres humanos, encontrar el espíritu escondido en todas las cosas, encontrar que todas temblaban para nosotros y estaban dispuestas a darnos todo si les entregábamos todo. Y había que apagar todos los conceptos, todas las filosofías, todas las arrogancias con que creemos comprenderlo todo, y reconocer que no comprendemos nada, y que es esa vibración de las pinceladas de van Gogh la que nos puede acercar a los secretos de la vida, la que nos puede hacer temblar de vida, igual que van Gogh, como un gato en un almacén vacío.

 

 

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