México de agua, por Antonio Costa Gómez

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MÉXICO DE AGUA
Hay un México de agua, de sueño y nostalgia. Los aztecas montaron imperios aplastantes pero levantaron ciudades acuáticas en Tenochtitlán, Tlatelolco, Xochimilco. El tolteca Topiltzin se fue por el mar, y los mejicanos lo añoran, y volverá algún día, como el rey Arturo.
No estuvimos en Michoacán, llena de lagos oníricos. Cualquiera se aventura ahora por allí entre las guerras macabras de los narcos. No estuvimos en el lago Patzcuaro, donde André Breton instaló su surrealismo.
No estuvimos en Jalisco, donde surgieron las rancheras. las rancheras. Consuelo relaciona las rancheras con la saudade, la falta de una plenitud imposible. Y curiosamente Jalisco se llamó una vez Nueva Galicia. Señal de que la colonizaron los gallegos con su saudade.
No estuvimos en Guadalajara, la capital de Jalisco, llena de fuentes y de reflejos. No vimos el quiosco de la Plaza de Armas, que parece dibujado en el agua, que según algunos es el más bello del mundo. No pisamos donde pisó Juan Rulfo, con sus historias de soledad y saudade. No vimos a los mariachis en la Plaza de los Mariachis. Allí donde Vicente Fernández decía : “Lástima que llego tarde y no tengo la llave para abrir tu cuerpo”. Y Alejandro Fernández cantaba: “¿Dónde estás, qué cielo cruzas, sin extrañarme, nube perdida?”.
No estuvimos en el lago Chapala, donde David Herbert Lawrence escribió “La serpiente emplumada” y quiso resucitar un vitalismo imposible. No estuvimos en Tequila, donde se inventó el tequila, el agua llena de fuego. No estuvimos en Puerto Vallarta, con la que tanto soñé al mirar en “La noche de la iguana” de John Huston como Richard Burton se apasionaba febrilmente y soñaba con llegar en una barca hasta China.
México es una mezcla de muchas culturas. Las culturas indígenas infinitamente variadas. Algunos creen que solo existieron los aztecas. La cultura española, con el barroco y el castellano. Incluso hay algo de cultura francesa, algunos creen que la palabra mariachi es francesa, de la época del emperador Maximiliano. México es algo indefinible e inagotable como el agua.
Pero sí estuvimos en la Ciudad de México y pisamos la antigua Tenochtitlán que era una ciudad en un lago y miramos allí las ruinas del Templo Mayor. Caminamos por el Zócalo enorme como una laguna. Fuimos por la calle Madero hasta el Palacio de Bellas Artes casi flotante y la Alameda.
En la colonia Roma nos asombramos con las fuentes, vimos al David de Miguel Ángel en mitad del agua, y casi nos gustó tanto la fuente de Cibeles como la de Madrid. Seguimos a los artistas bohemios, a Jack Kerouac s que e enamoró de Tristessa, a Allen Ginsberg que se deshizo en alucinaciones como reflejos en el agua. En Coyoacán visitamos a Frida Kahlo, que pintó su vitalidad rota en Lo que el agua me dio, más allá de la Fuente de los Coyotes.
En Xochimilco paseamos por los canales silenciosos, llenos de turistas y de músicos tópicos, y vimos muñecas solitarias colgando de los árboles. Nuestra vida fue casi tan secreta y laberíntica como los canales imprevisibles y los árboles inclinándose sobre el agua. En un tiempo se intercambiaron allí todas las mercancías, se soñó con estar libres de la tierra y los imperios. Ahora las trajineras de colores se fragmentaban líricamente en el agua.
En Oaxaca atravesamos las rebeldías que surcan la ciudad en todas direcciones como el agua. Había una lluvia de pinturas callejeras y de fantasías y de reminiscencias artísticas. Llovían los talleres de artistas por todas partes. Y las iglesias barrocas parecían llover sus ocurrencias. Estaba en medio del desierto pero se desmelenaba como el agua.
En Chiapas vagamos por las calles y los patios interiores llenos de vegetación que transforma en vitalidad desatada cantidades de agua. Vimos una fuente asombrosa hecha por los españoles en el siglo XV que es la única fuente gótica de América. Nos aventuramos por el cañón del Sumidero, con unas pendientes casi tan altas como el cañón del Colorado, vimos una virgen solitaria colgando del acantilado rodeada de musgos, naufragamos en las cantidades incalculables de agua. Pensamos en los indígenas que se arrojaban desde lo alto para no entregarse a los conquistadores españoles o indígenas.
Vimos Palenque, las ruinas mayas más románticas, las menos convencionales y turística, las más misteriosas y apartadas en la jungla. En mitad de la vegetación desbordante las empapaba la lluvia y la niebla. El agua deshacía sus bordes, limaba sus ángulos, le daba saudade. Un río pasaba en mitad de la ciudad refinada que era como la París de los mayas. Vimos la cascada donde se bañaba la reina, donde entregaba su cuerpo a mil bocas, era como una bañera de piedra, como un jacuzzi cósmico.
Sí, conocimos un México de agua, de sueño y de nostalgia. El México que soñó Quetzacoatl cuando se fue por el mar y prometió que volvería. Un México que no está hecho de matanzas ni de dominaciones ni de dioses terroríficos.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO: CONSUELO DE ARCO

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