Henryk Skolimowski: pasajes hacia la autoconciencia

Desesperan algunos filósofos contemporáneos de la unilateralidad excesivamente racional de nuestra cultura occidental, así como de la manera en que nos hemos separado de la naturaleza. Rechazan, sobre todo, el materialismo y la pérdida de individualidad en un mundo centrado en la división mente-cuerpo, en la sexualidad basada en acercamientos mecánicos al sexo, en la pérdida general de un sentido del propósito y el significado existencial y/o espiritual. Al unir verdades racionales e irracionales, a través de un lenguaje de arquetipos y símbolos que aluden al lector común, algunos eruditos abren pasajes hacia la autoconciencia, mucho más profundos que el tanteo del que es capaz la conciencia por sí misma. Armados con esta convicción, emprendemos viajes a nuestras profundidades inexploradas.

Leemos la obra del filósofo Henryk Skolimowski (1930, Varsovia) como el que visita un lugar de culto. Requiere soledad, silencio, esfuerzo concentrado. Redescubre el polaco su espíritu y el nuestro mientras escribe y nos describe, alienados como estábamos, hasta ese momento, por los prejuicios. Su integridad ilustrada nos anima a asumir que todas las cosmologías, todos los mitos y religiones participan de un impulso colectivo, más profundo que uno personal, un reino hacia el cual podemos dirigirnos para descubrir todo lo que somos capaces de contener, haciendo accesible a nuestro yo consciente la belleza, los terrores y la sabiduría de nuestro inconsciente.

 

 

La mente participativa

 

¿Y si el amor fuera sólo fruto de nuestra imaginación? O Dios. O la felicidad. Los medios de comunicación, e incluso algunos científicos, parecen empeñados en invocar las bases neuronales del comportamiento humano para explicarlo todo, del imparable ascenso del populismo a la devoción servil por nuestros iPhones. Como si de un artefacto cultural de nuevo cuño se tratase, el cerebro es retratado en multitud de pinturas y esculturas, exhibido en museos y galerías. La perspectiva de resolver los enigmas más profundos de la humanidad, a través de su estudio, ha cautivado a los eruditos durante siglos, pero nunca antes había atrapado, como ahora, la imaginación del gran público.

La promesa implícita de decodificar su funcionamiento parece conllevar la amenaza de controlar las vidas mentales ajenas. ¿Es acaso con la esperanza de manipular las actitudes de los votantes que nuestros políticos invierten en I + D? ¿Sueñan los agentes de la ley con infalibles detectores de mentiras? ¿No desean los algoritmos de Facebook seguir descifrando lo que queremos comprar, cuestionando así nuestras secretas intenciones e incluso nuestro libre albedrío? Nadie puede descifrar el intricado laberinto de la mente, al menos por ahora.

“En las grandes tradiciones espirituales del pasado, para seguir el camino correcto era indispensable entender la naturaleza de la mente”, sostiene Skolimowski. En su ensayo La mente participativa (1994; Atalanta, Memoria Mundi, 2016. Traducción de Juan Arnau y Su Lleó), se defiende que “un conocimiento más profundo de la mente significa un conocimiento más hondo de uno mismo”. El padre de la eco-filosofía avanza a contracorriente de las principales visiones filosóficas del mundo, especialmente las mecanicistas, que se originaron en el siglo XVII.

En la teoría de Newton, el funcionamiento de la naturaleza era similar al mecanismo de un reloj, dentro del cual somos pequeños engranajes y ruedas. Esto ha permitido, según el profesor de filosofía ecológica de la Universidad de Michigan, que la humanidad abuse del planeta hasta destruirlo: “Si no cambiamos la orientación y la estructura de la mente mecanicista de hoy, nos quedaremos estancados en los predicamentos del presente”. El enfoque analítico-lingüístico de la filosofía, añade, demasiado abstracto e insuficiente para responder a los desafíos de nuestro tiempo, también colabora en la destrucción del medio ambiente. “Nuestra nueva espiral del conocimiento debe ser, sobre todo, evolutiva”.

Uno de los principales atributos del cosmos es la creatividad, sostiene el autor de Eco-Yoga (1994): avanzamos hacia la auto-realización. El cosmos es físico y, al mismo tiempo, trascendente; está gobernado por leyes tanto físicas como trans-físicas, que “invita(n) a la mente a cualquier nueva forma de bailar. La danza no se puede separar del bailarín”. Skolimowski se refiere a los seres humanos como seres cósmicos. A medida que desarrollamos “las sensibilidades, incluidas la sabiduría y la compasión”, nos rehacemos junto a las formas del universo. En común con algunas filosofías orientales, el afán de incorporar todas las etapas de la evolución del Cosmos dentro de nuestro cerebro, adentrándonos en “la verdad participativa, como aventura hacia la completitud universal (…) un puente hacia las antiguas tradiciones espirituales”.

Denuncia el erudito de la Universidad de Lodz, Polonia, formado en Varsovia y Oxford, la gran paradoja del mundo occidental: cuanta más tecnología y desarrollo, más se degrada la cultura, convirtiéndola en mero anacronismo de una era pre-moderna. “Los adictos al poder recorren una ruta delirante y se encuentran atrapados en un remolino autodestructivo”. La tradición proporciona un conjunto de estructuras dinámicas que nos ayudan a vivir más y mejor: no son meros vestigios del pasado, sino parte inherente de las estrategias del ser humano para salvaguardar su supervivencia y bienestar. “La filosofía participativa (…) es una filosofía en proceso (…) esboza un marco y una estrategia, libera a la mente para que vuele alto y explore honduras”, concluye.

Una neurociencia sin sentido nos lleva a sobreestimar su capacidad de mejorar las prácticas legales, de marketing y política social. Hoy en día, a pesar de que tenemos más comodidades y habilidades, gracias a las máquinas que hemos construido, seguimos sin conocer el significado de la vida. No encontramos sentido en el consumo, el entretenimiento o la tecnología. De ahí lo oportuno de la dimensión trascendente que nos propone Skolimowski, a menudo, no siempre, conectada a las religiones. El dominio neurobiológico es esencial para una comprensión completa de por qué actuamos, aunque sólo si nos conduce a la plenitud. El cerebro y la mente son diferentes marcos para explicar la experiencia humana, no una mera cuestión académica: su estudio conlleva el conocimiento no sólo de la forma en que pensamos, sino también acerca de cómo aliviamos el sufrimiento que nos provocan la ausencia de amor. O Dios. O la felicidad.

 

 

Filosofía viva

 

Es precisamente en momentos de crisis, estrés o turbulencia emocional que la historia del pensamiento pasa de ser un mero juego intelectual para convertirse en una tarea existencial que, como Aristóteles supo ver, requiere de una práctica metódica. O para decirlo al modo del pensador británico Bertrand Russell (Trellech, 1872 – Penrhyndeudraeth, 1970), “para aprender de todas las virtudes hay una disciplina y para el aprendizaje del sentido común la mejor es la filosofía”.

Es precisamente en el libro Filosofía viva. La ecofilosofía como un árbol de la vida (1992; Atalanta ediciones, 2017. Traducción de Francisco López Martín), donde Skolimowski discute la naturaleza, el propósito y la importancia de la ideología. Para ello, aborda un conjunto de preguntas que pertenecen a la mejor tradición erudita: ¿Puede la mente dominar la materia, o es la materia la que domina a la mente? ¿Tiene el universo un propósito, o lo impulsa una necesidad ciega? La naturaleza, ¿es un mero caos en el que las leyes que creemos encontrar son sólo una fantasía? Si hay un esquema cósmico, ¿tiene la vida más importancia de lo que la ecología nos lleva a suponer, o es nuestro énfasis mera auto-importancia?

No sorprende que el polaco se centre aquí en las cuestiones más “cósmicas” de la teoría intelectual, preguntas que muchos reconocerían como típicamente religiosas. Con característico agnosticismo, Skolimowski declara que él no puede contestar a tales cuestiones y no cree que nadie pueda contestarlas tampoco. Sin embargo, continúa: “Somos víctimas del invisible corsé cosmológico que manipula nuestro pensamiento, subvierte nuestros valores y rebaja nuestra vida. Volvemos a la cosmología, cuyas invisibles manos coreografían la danza invisible de la vida”. Un propósito importante de la tradición ilustrada, a la que pertenece el propio autor, es mantener vivo el interés en estas cuestiones y escudriñar nuevas respuestas.

Rescata el doctor por la Universidad de Oxford una antigua concepción del pensamiento como forma de vida al insistir en que las cuestiones de significado y valor cósmico tienen una urgencia existencial, ética y espiritual. En la antigua tradición griega, nos recuerda, la filosofía no era un mero ejercicio teórico, y los filósofos no eran simplemente, o no eran en absoluto, pensadores profesionales. “La sabiduría es el fruto del sufrimiento, de la compasión, del amor”, escribe, para concluir que “la sabiduría es la posesión del conocimiento adecuado para cierto estado del mundo, para ciertas condiciones de la sociedad, para cierta articulación de la condición humana”.

El erudito de Eco-Yoga considera al autoritarismo la esencia de toda creencia, y sobre esta base su lógica es enfáticamente liberal. Un escepticismo ético orientado mora en el corazón de su concepción de un modo de vida necesariamente ético. Para el erudito, la filosofía, o más exactamente la ecofilosofía, debe conducir a la virtud, a la serenidad personal, y a la paz en el mundo. “La calidad de vida tiene como fundamento los espacios existenciales, los espacios sociales y los espacios sagrados. Necesitamos crear esos espacios, o al menos recrearlos”, argumenta. Incluso un mínimo de formación filosófica, añade, nos enseñaría a trascender el “relativismo moral” predicado en nombre de los intereses nacionalistas sectarios, y también, debería añadirse aquí, en nombre de la democracia.

Sócrates argumentaba en la República que la búsqueda de la verdad por parte del filósofo implica reorientar toda su alma hacia el bien, así como la clarificación teórica de lo que es el alma y en qué consiste su naturaleza. El autor de Eco-Philosophy (1981) continúa esta tradición con una ética cósmica que conduce a nuestra felicidad y plenitud como seres humanos, argumentando que “abrazar la esperanza es una forma de sabiduría. Abandonar la esperanza es una forma de infierno. En un sentido esencial, la esperanza permea toda la estructura de la conciencia ecológica”. Identifica así las principales diferencias entre los enfoques filosóficos y religiosos, mientras rechaza cualquier apelación a la autoridad de una tradición o un libro sagrado, precepto que no dudaría en incluir, estamos seguros, al libro que nos ocupa.

 

 La importancia de la introspección

 

Terapeuta transcultural e intercultural rabiosamente actual, sus ideas lo convierten en un inspirador maestro de aquellos que luchamos por vivir en una sociedad multicultural. Su tendencia a las combinaciones o conjuntos de cuestiones y dinámicas emocionales, extraídas del pasado, del presente e incluso del futuro, se resiste a los diagnósticos rigurosos, que casi nunca son los más apropiados. Para Skolimoswki, diríase que la filosofía es fuente de creatividad, de espiritualidad y de capacidad para relacionarnos.

No sólo nos recuerda la importancia de la introspección, sino que nos ofrece una guía para separar a nuestro yo del espíritu de nuestro tiempo y sus interminables distracciones triviales, sus blogs y tweets y teléfonos móviles. Escritas por uno de los verdaderos visionarios de la historia moderna, La mente participativa y Filosofía viva suponen una investigación sobre lo que significa ser humano, una que trasciende la historia de la filosofía y subraya el lugar del polaco entre pensadores revolucionarios como Marx, Orwell o Freud.

Mapeo de las relaciones entre individuo y grupo o colectivo, sus libros ponen en evidencia lo que todos los seres humanos tenemos en común, al mismo tiempo que revelan nuestras diferencias. Precisamente ahora que se impone un agonizante precepto sobre lo que implica ser occidental, un concepto demasiado fácil de definir en contraposición a un islam supuestamente fanático (en sí mismo una mezcla política y mediática), nuestro filósofo subraya y defiende que la civilización es un concepto mucho más complejo. Si el siglo pasado fue llamado “el siglo freudiano”, hay razones para pensar que éste podría ser el de Skolimowski. Su tiempo parece haber llegado.

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