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Cardiff, la densidad aérea


CARDIFF, LA DENSIDAD AÉREA
Nadie habla de ellas. Cardiff está lleno de arcadas, de calles de cristal de la época victoriana. La gente se metía en ellas para comprar pero también para tomar cerveza en pubs mágicos y hablar de literatura.
Es una ciudad llena de secretos. También hay muchos túneles y hay calles que antes eran canales. En ella hay casas deliciosas como la de Norman y Keith. Con sus mesas cubiertas de visillos, su cerámica exquisita, sus espejos Arnolfini. Con su entrada sombreada de setos, sus lamparitas sinuosas, sus molduras en los techos.
Es la capital de Gales, pero nadie habla de ella. No quiere convertirse en industria para turistas, en objeto de consumo para masas. No coquetea con ellas, mantiene su personalidad y su fuerza. Puedes charlar con ella, no consumirla como una hamburguesa turística. Es una chica con carácter, no una prostituta. Llegamos a ella los que amamos Gales, que tampoco se publicita, y vamos detrás de Dylan Thomas.
Está el castillo, con su congreso de animales de piedra y su fiesta en lo alto. Esta el ayuntamiento con su torre del tiempo. Esta el Museo de Gales con sus dinosaurios danzantes y la lluvia de Van Gogh. Está la calle de la Reina con su tiovivo con globos. Está la Marina con su aduana espigada y su iglesia noruega como un lápiz. Está el antiguo barrio de marinos de Bute.
Pero sobre todo están sus arcadas. Uno se mete en ellas y se convierte en otra cosa. Se convierte en un fantasma denso, en alguien con cosas que contar. Uno puede soltar magias en los pubs, pasear bajo los techos de cristal.
En eso se parece a París. Porque llovía mucho las personas querían estar a gusto charlando o comprando. Rebuscando objetos con alma. Como hace el protagonista de “La piel de zapa” de Balzac cuando encuentra su piel metafísica.
Charlamos con un hombre maduro en un pub. Dice que no habla la lengua celta, pero que ama a Gales tanto como aquellos que lo hacen. Corren las cervezas de Gales, fuertes y ásperas. Todo mucho más barato que en Londres.
Las principales avenidas del centro están conectadas por arcadas. Y así uno tiene la intimidad del pasaje y la ligereza de la arcada. La luz entra de todos modos, pero uno puede caminar con calma.
Pocos conocen ese encanto intenso de Cardif, esa densidad aérea. Pocos conocen a Cardiff y sin embargo es una chica encantadora. De esas que no gritan al mundo pero descubres charlando en un pub. Como toda Gales. Mantiene una elegancia increíble pero no llama de manera estridente. A ella no van multitudes de turistas, solo amantes o hijos, como decía H.D. Lawrence.
Nosotros vivíamos en la calle Catedral. No he visto calle más elegante. Se suceden como hermanas las casas con los vestíbulos salientes. Con sus cortinas delicadas detrás de las ventanas. Se reúnen de dos en dos, hay dos arcos que dan entrada a dos casas Eso le da una musicalidad intensa Y te dirigen hacia la catedral medieval de Llandaff, en las afueras, que no visitamos.
Y al lado está el parque Sofía. Y en sus esquinas las posadas campesinas, los pubs con infinidad de espacios. Los jardines donde se colocan las mesas. Cardiff es una especie de fiesta, sin aspavientos. Una fiesta de celtas que se conocen a sí mismos.
Uno empieza a amar Gales al llegar a Cardiff. No tiene la fama apabullante de Escocia. Más bien nadie habla de ella, ni siquiera hay guías de ella. Yo tuve que ir con unas fotocopias. Ojalá siga así, que no la machaquen hordas de turistas y pongan los precios por las nubes. Que no la manoseen y la prostituyan.
Nos íbamos de ella y se destacaban las casas esbeltas dándonos nostalgia. Se nos metían en los ojos, nos decían: no te vayas.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO: CONSUELO DE ARCO