¿Quién mató a la ‘Intelligentsia’?

Por Santiago Sánchez-Migallón
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Tengo problemas para encontrar a gente que quiera venir conmigo al cine a ver películas de cine independiente. Tanto más si pretendo ir al teatro, la ópera o el ballet. Razonan que no les apetece demasiado tener que pensar, tener que esforzarse en comprender sutilezas o, peor aún, arriesgarse a aburrirse. Prefieren disfrutar de algo más ligero, superficial y divertido. Quieren ocio. Lo otro, el esfuerzo, el pensamiento concienzudo, es para el negocio (de negotium, negación del ocio), para la ardua e insoportable jornada laboral. No quieren cultura, quieren un eficaz producto de entretenimiento, y en eso el cine comercial hollywoodiense no conoce rival. Contemplar Tristán e Isolda puede significar un acto de apariencia (pertenezco a la élite intelectual al realizar un ritual de alta cultura), pero es algo deficiente como acto de puro entretenimiento. Es por eso que la ópera solo sobrevive malamente gracias a las subvenciones públicas.

Lo que suele llamarse cultura de masas no coincide absolutamente en nada con lo que la sociedad burguesa del XIX entendía como cultura (ni tampoco el resto de todas las sociedades a lo largo de la historia: estamos ante algo realmente nuevo). El desajuste consiste en que hemos heredado esta idea decimonónica, mientras que vivimos rodeados por un concepto completamente diferente. Al igual que una dama de alta sociedad del 1800, pensamos que estudiar, comprender y contemplar Tristán e Isolda es, sin duda, cultura. Sin embargo, ir a ver X-Men al cine, no nos lo parece. Leer a Proust es cultura, leer a Dan Brown no. Escuchar a Wagner sí, a Pablo Alborán no.

 

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Cuando Internet y su infinita red de hipervínculos hizo acto de presencia y, con él, todas las tesis de Walter Benjamin cobraron una actualidad inusitada, los empresarios de la industria cultural pusieron a todos sus lobbies en marcha para parar el invento. No era posible que cualquier obra pudiera ser copiada y compartida infinidad de veces de forma totalmente gratuita. Por el momento, Internet ha demostrado ser más fuerte. A pesar del cierre de Napster o de Megaupload, podemos seguir visualizando cualquier película o serie, prácticamente, el mismo día de su estreno sin pagar un euro. Y, sinceramente, yo lo aplaudo. No solo porque como consumidor me viene bien no gastarme un duro, sino porque la industria que sale dañada no es la de la alta cultura decimonónica, sino, simplemente, la cultura del entretenimiento. Me preocupa mucho más que no se produzcan más tristanes e isoldas que que no se produzcan más X-Men. Es más, hasta casi me gustaría que la sección de música, películas y libros de las grandes superficies se cerrara. No habríamos perdido nada. No obstante, lo malo es que, a pesar de la ciberpiratería, la industria del entretenimiento sigue manteniendo su buena salud (Miren las cifras de la industria del videojuego), mientras que la alta cultura sigue estando igual de maltrecha que casi siempre. Esto es una muestra de que dejar todo en manos del mercado no es, para nada, deseable. Con toda evidencia, rentable y mejor no son dos conceptos equivalentes. El caso del estado del arte contemporáneo ejemplifica excelentemente la situación. El siglo XX se caracterizó por las vanguardias, las cuales acertaron en su crítica a un arte clásico que ya no representaba, ni podía decir nada, de los cambios sociales que estaban modificando radicalmente nuestra forma de ver, vivir y pensar. Sin embargo, nacieron muertas, ya que fueron totalmente incapaces de generar algo nuevo que, al menos, igualara en calidad a lo que dejaban atrás. El bigote de la Mona Lisa de Duchamp no dio para mucho más que certificar la muerte de la pintura de caballete. El lienzo falleció sustituido por la fotografía, y de la fotografía nació el gran género artístico del siglo XX: el cine. Aquí fue donde la cultura dominante en la época, la norteamericana, ofreció sus frutos más valiosos y originales, a la vez que cine y mercado establecían la lucrativa alianza que los caracteriza.

 

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Hoy, cualquier artista, que pretenda ser coherente, confesará que está creando productos de mercado. Perfectas para la oferta y la demanda, y para un individuo narcisista y hedonista, emergieron egregias artes antes ni siquiera consideradas tales: la alta costura o la alta cocina. Son disciplinas que han sabido muy bien utilizar la retórica de los tiempos: mucho más importante que el contenido (a mi juicio, bastante menos interesante que el de las antiguas artes) es el continente, el envoltorio, el impacto, la personalidad del creador, la campaña publicitaria. La música, de la misma forma, ha sabido cambiarse a sí misma, pero sus resultados han sido similares: productos de consumo de una calidad intelectual muy inferior a sus predecesores. No es comparable una canción de rock a una sinfonía, al menos en la pericia, el ingenio, el trabajo, los conocimientos necesarios y la inteligencia que hay detrás de su elaboración. Es así de contundente con todas las matizaciones que quieran hacerse: el arte actual es peor que el arte del pasado. Y además, y no menos triste, ha perdido todo su poder contestatario. Hoy en día no hay nada más conservador, más retrógrado, que crear una obra de arte que sea pura provocación. El escándalo, por repetido y poco ingenioso, ya no escandaliza a nadie. ¿Alguien se queda boquiabierto ya ante las fotografías de desnudos masivos de Spencer Tunick? El arte ha perdido el papel, si es que algún día lo tuvo, de cambiar el mundo.

 

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La cultura, tal y como se entendía en el XIX, y tal como se sigue enseñando en las universidades y se sigue manejando por el común del stablishment intelectual, no genera buenos productos de ocio, entretenimiento o consumo, por lo que se abre una brecha, de difícil salvación, entre lo que hace el intelectual y lo que hace la masa de la población. Ello provoca, si no un antiintelectualismo directo, como mínimo una indiferencia generalizada hacia el trabajo intelectual, que lo hace minoritario y de escasa influencia social. Y aquí está el quid que pretendo mostrar en este artículo: en una época de crisis a todos los niveles se da la terrible paradoja de que los más listos y cultos, al menos en teoría, pintan muy poco a la hora de liderar un cambio que salve la situación. Si exceptuamos a Noam Chomsky o a Richard Dawkins, en su feroz cruzada contra las religiones, apenas hay intelectuales de influencia internacional con un sólido compromiso por alguna causa política o social.

Me resulta muy curioso cuando contemplo en Facebook o en Twitter críticas muy feroces a nuestra lamentable realidad política. Pero cuando hay que ir a una manifestación o cuando, de algún otro modo, hay que actuar, esa ferocidad se torna patéticamente dócil. Cuando hay que realizar algún esfuerzo más allá del clic del ratón, cuando hay que arriesgarse enfrentándose a algún peligro que te saque del ocioso confort cotidiano, los agresivos cibermanifiestos se violan con facilidad. Criticar en Internet o en la barra de un bar es divertido, esforzarse por cambiar la realidad no. Por eso creo que Internet, a no ser que cambien muchas cosas, no supondrá ese instrumento de emancipación política que muchos han profetizado. Internet es un mundo virtual, no es el mundo real. Tener 1.000 amigos en Facebook no es, realmente, tener ninguno, y poner en él muro una frase de Bertrand Russell o del Che Guevara no es, realmente, hacer la revolución. Asimismo, estas abundantes soflamas antisistémicas son, en su inmensa mayoría, ingenuas y superficiales. De hecho, una de las críticas más repetidas contra movimientos surgidos de la red como lo era el 15-M fue, precisamente, que parecía representar únicamente un mero sentimiento colectivo de indignación muy ingenuo a la hora de proponer alternativas realistas a lo que pretendían atacar. Además, la red tiene otro grave defecto: el 99% de lo que en ella se publica es basura, ruido (y porno). El 1% restante de contenidos de calidad se diluye en esa nube de porquería, de modo que si el intelectual pretende decir algo, no se le suele escuchar entre tal cantidad de verborrea.
Fue significativo cuando, a partir del crack del 29, la mayor parte de los intelectuales occidentales eran marxistas. Daba la impresión de que la caída del capitalismo era inminente y la URSS, que permanecía inmune a la crisis, era el modelo a seguir. La economía debía planificarse e intelectuales venidos desde todas las ramas del saber mantenían un compromiso político y una influencia pública encomiables. Pero el capitalismo demostró ser más fuerte, sobrevivió y sus detractores se debilitaron. Al comparar esa época con la actual, tenemos razones para el pesimismo. Si durante varias décadas del siglo XX existía una alternativa real al sistema y una legión de prestigiosos intelectuales defendiéndola, y aún así, el sistema perduró, con más fuerza todavía después de la caída del muro de Berlín, ¿cómo vamos a cambiar ahora el mundo si no hay alternativas teóricas sólidas al estado liberal capitalista y los intelectuales parecen haber renunciado a todo compromiso e influencias políticas? A principios del XXI, parece haber una triste falta de alternativas ante las dos grandes, y fracasadas, ideologías del XX. ¿No hay nada diferente al marxismo y al liberalismo? ¿No hay más formas posibles de pensar y organizar el futuro?

 

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¿Pero cuál es la causa? ¿Por qué, quizá cuando más los necesitamos, los intelectuales han desaparecido? ¿Por qué han renunciado al activismo político o social? Una razón, que es la que venimos analizando en este artículo, es que la fractura entre el trabajo intelectual (hacer cultura en el sentido decimonónico del término) y la cultura de masas, ha mermado significativamente la influencia social del intelectual. Otra, puede ser que el intelectual también está inmerso en el sistema de valores hedonista del entretenimiento, y se contenta con la ventajosa posición económica que le otorga su condición. Los intelectuales son seres humanos que no son invulnerables a las condiciones históricas en las que viven, y la despolitización de la ciudadanía provocada por el dominio de la sociedad de consumo también les afectó. El físico es muy competente en su trabajo de hacer física, pero el resto de su tiempo lo dedica al ocio, quizá temiendo que, dado el academicismo hiperespecializado imperante, lo acusen de intrusismo de aficionado por opinar un poco de política. Y una tercera razón es que la corriente dominante en las facultades de humanidades en las últimas décadas es la posmodernidad. Este variopinto movimiento mantiene en casi todas sus vertientes posturas relativistas, escépticas, incluso nihilistas, muy críticas con el racionalismo científico fruto de la razón ilustrada. Esta desconfianza en la razón lleva necesariamente a la misma desconfianza hacia la posibilidad de cambiar la realidad, finalizando en posturas políticas bastante reaccionarias.

La caída del comunismo se postula como un hecho empírico que demuestra la imposibilidad de cualquier utopía social. No se puede mejorar la realidad pues no se sabe hacia dónde llevarla, y si utilizamos la razón para ello estaremos siendo dictatoriales y dogmáticos. Curioso como un pensamiento surgido como rebeldía ante toda autoridad nos deje indefensos ante cualquiera de sus manifestaciones (pues incluso la crítica es criticada) e incapaces de cualquier posición constructiva que posibilitara algún avance social o político. ¿Quién mato la intelligentsia? Intelectuales alejados de la masa social, inmersos en la sociedad del entretenimiento y, para más INRI, conservadores sin ni siquiera saberlo.

 

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[Hipérbole]

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