Santa Sangre. Alejandro Jodorowsy, La redención por el amor.

 

Acercarse a una obra como “Santa Sangre” obliga al espectador a despojarse de las vestiduras del cine al uso. Huir del adocenamiento y (por supuesto) del último blockbuster en el que ha disfrutado como un enano, viendo volar superhéroes enfundados en mallas. “Santa Sangre” es territorio Jodorowsky y hay que pagar tributo a la razón. Trufado de simbolismos, atmósferas ajenas, de instantes oníricos (cuando no homenajes nada ocultos) y habitado de metáforas, sin renunciar a las influencias del “giallo” en la paleta de colores o el salvajismo conceptual. La imaginería del autor nos introduce en un mundo de simbolismos malsanos, de tarología encubierta, de resucitados que surgen de la tierra, efigies que sangran… sin ocultar las referencias a todo un abanico de la historia del cine con instantes fellinianos, guiños a James Whale, o la sombra permanente de Buñuel sobre el tablero. Sin olvidar el claro referente de la formidable “Garras Humanas” del ínclito Tod Browning. Bebiendo directamente de un clásico como “Las Manos de Orlac” (1924), que ya tuviera varias versiones. Conrad Veird interpretó la expresionista, y pese a su austeridad, mejor versión del músico mutilado al que le implantan las manos de un asesino. Esta obra capital, siempre ha sido solapada por las “grandes” producciones de la época como “Metrópolis”, “Nosferatu” o “El Gabinete del Doctor Caligari” y merece una revisitación para disfrute de cinéfilos. Frente a la parafernalia del resto del expresionismo, Orlac ofrece un profundo estudio psicológico; sin olvidar la vertiente fantástica; con sobriedad en la puesta en escena y querencia por el primer plano para resaltar la gestualidad de Veird. El hálito de terror que suponemos a todas estas obras nos oculta la freudiana vertiente de la falta de sexualidad en la pareja debido a las manos ajenas que se apoderan del protagonista.

La versión de Peter Lorre (Mad Love. 1935), de perspectiva gótica, cuenta con una interpretación notable (como era habitual en el húngaro) pero no ofrece demasiados alicientes cinematográficos y tiene menos latido en las arterias que su referente, a pesar de haber sido dirigida por Karl Freund, el creador de “La Momia” y el mejor operador de cámara de la época de UFA. Las influencias del Expresionismo Alemán están presentes (como en todo el Cine Negro y de terror de la Universal) con planos oscuros y juegos con la silueta de Lorre, planos eficaces con espejos y un Lorre levemente sobreactuado al final del metraje, para esta versión ¿fetichista? de Pigmalión, en la que el protagonista encarga una versión en cera de una actriz admirada. Como curiosidad añadir que las manos que se le implantan a este Orlac son las de un lanzador de cuchillos, la profesión del padre de Fénix, protagonista de “Santa Sangre”.

 

La versión no despega pese a que el director de fotografía era Gregg Toland (Las uvas de la Ira, Ciudadano Kane). La otra adaptación; rodada por un casi debutante Oliver Stone; titulada “La Mano” (1981) no tiene otro aliciente que la celebrada interpretación de un alucinado Michael Caine, o la curiosidad de que los storyboard del dibujante protagonista, están realizados por Barry Windsor-Smith. Los amantes del género conocen de sobra al mejor dibujante de “Conan el Bárbaro”, con perdón de los adoradores de John Buscema. Buscema es el culpable de la imagen “swarzenegeriana” del personaje, que guardaba escasa relación con el original literario de Howard o las primeras representaciones del personaje en ediciones “pulp”.

La aportación de Sir Barry Windsor-Smith: los rasgos prerrafaelitas, los entornos abigarrados y arquitecturas imaginarias, son de lo mejor de la primera aparición de este mito en el cómic. La aportación de Edmond T. Gréville (1961), destila una caligrafía fílmica bastante pedestre. Con un esperpéntico vendaje de las manos de Mel Ferrer, con raccords descuidados y la autoparodia vergonzante de Christopher Lee. En cuanto a la incursión del norteamericano Newt Arnold con una burda interpretación del mito en “Hand of a Stranger” (1962) es directamente olvidable.  El hilo argumental de “Santa Sangre” es un tortuoso camino iniciático, que parte de la perdida de la inocencia. De la muerte de la madre, suma sacerdotisa de la secta del mismo nombre, y el internamiento en un frenopático del protagonista. De su descenso a los infiernos y de su redención. Aunque en este caso es la chica-mimo; trasunto de Eurídice y claro homenaje a Marcel Marceau; quien acude a rescatar a Orfeo, en una inversión jodorowskiana del mito clásico.

 

La banda sonora destaca como un elemento más de extrañamiento en el contexto surrealista del film. De una eficacia notable y prácticamente diegética durante todo el metraje. Las canciones se suceden a tiempo real, ya sea interpretadas por la orquesta del circo, mariachis en las calles, o las interpretaciones al piano del protagonista con su madre. Jodorowsky es un hombre del Renacimiento que se ha aproximado a múltiples facetas del ser humano. Desde su fabulosa colaboración con Moebius para esa joya de la metáfora teológica y cosmos beligerantes, autentico derroche de creatividad y diseño, que es “El Incal”, su trabajo como marionetista, poeta, compositor, director de teatro. Hasta llegar a la psicomagia, abstracto concepto solo para acérrimos seguidores. Sus cauces vitales siempre han estado alejados de la “normalidad” para arribar en lo “anormal”. Siempre condicionados por la huida del adocenamiento y la standardización. Creador de otra dimensión no interpretable por la razón, poblada de frikis, seres marginales, tarados. Habitada de una fauna esplendorosamente outsider, maravillosamente grotesca, de pulsiones misteriosas, pero no exenta de sensibilidad.

 

 

Esta parada de monstruos tiene siempre su lado humano, mucho más humano que lo culturalmente establecido. El “anticine” de Jodorowsky nos sumerge en películas tan herméticas como”El Topo” o casi insufribles para un determinado sector como “La Montaña Mágica”, que precisan de un Manual de Instrucciones para la interpretación de su críptica simbología, a recoger en taquilla. Jodorowsky utiliza el flash-back para desarrollar la historia de Fénix y el antinatural vínculo con su madre, mutilada por el lanzador de cuchillos. Cercano al espíritu de “La Parada de los Monstruos”, el autor nos sumerge en un cuento de hadas pervertido donde habitan mimos que no se lavan nunca la cara (como el payaso de “El Mayor Espectáculo del Mundo”. 1952), donde es posible una “troupe” de luchadores mexicanos, bailarinas tatuadas, travestidos, enanos, proxenetas arrastrados, junto a prostitutas fellinianas. Un grotesco imaginario donde es amo y señor, un bestiario que causaría las envidias del Lynch más desmesurado por su dominio del exceso, de lo abigarrado, de la bizarría más extrema. Impagable el desfile de policías deformes (síquica y físicamente) que deambulan como una “Santa Compaña” hacia el aberrante burdel.

El director consigue el equilibrio entre lo grotesco, el trazo grueso y la imaginería más rebuscada. Es capaz de filmar el refocile sexual más aberrante o una mutilación con querencia gore, junto a imágenes de una intensidad compositiva apreciable. Planos de una poesía visual y cromática, que redimen sus momentos desasosegantes y bizarros. Fénix es interpretado por Axel Jodorowsky, uno de los hijos de Alejandro que extrae del personaje toda la tortura interior de alguien cuya pureza ha sido pervertida. El humor negro es servido en dosis controladas, siempre mixturado con ese sentido malsano de la poesía visual y los habituales estilemas del autor. Hay escenas de una belleza terrible como el momento de la redención frente la chica-mimo, la canción de la madre en el piano (excelente Blanca Guerra) utilizando las manos del hijo como propias, el vuelo de las palomas, la impactante muerte del elefante y los marginados de la cañada que se alimentan de su carne.  Plena de alegorías que chocan con instantes de la más extrema y aberrante realidad. Ofrecida a Jodorowsky por Claudio Argento (hermano de Darío) y Roberto Leoni, sirvió para crear una de las obras más desconcertantes y rompedora; después de varios años en dique seco; de la historia del cine. No se puede dejar de lado la crítica al fanatismo, al absurdo machismo, al desamparo de los más débiles (escalofriante la escena en que el proxeneta Teo Jodorowsky, engaña a los niños disminuidos). Hay una turbia belleza en este poema corrompido sobre la subcultura mexicana, en ese desfile a aberraciones que derrocha Jodorowsky por todos los poros. No era fácil sacar adelante esta tragedia clásica arquetípica donde la madre es una Hécate castradora y fanática religiosa, donde el padre es un Zeus depravado machista y fornicador. Convertir esa cofradía de rarezas y bizarrías en poema visual conllevaba un peligroso equilibrio. Hacerlo a ritmo de mariachi, es para nota.

 

 

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