“Rambo: Last Blood”: el “trumpismo” según Stallone

En 1972, David Morrell veía publicada su primera novela, “First Blood”, en la que en clave de thriller el autor denunciaba sin sutiliza alguna el brutal recibimiento que se le daba a los que había combatido en Vietnam cuando regresaban a sus hogares. Los veteranos ya no era héroes, habían pasado a ser apestados y, tanto en la novela como en la versión cinematográfica, eran calificados, de un modo bastante desconcertante, como hippies, a los que había que despreciar sin paliativo alguno. Es de suponer que poco podía imaginar que creación, nada más adaptarse al cine, acabaría convertido en un icono que solventaría de modo tajante sus problemas con los grandes enemigos de Estados Unidos. Con un arco y sin sentir las piernas, se paseó a su antojo por Vietnam, le zurró la badana a los rusos en Afganistán (glorificando a los talibanes de paso, los cuales acabarían siendo el peor enemigo del país) y hasta puso algo de orden en los desmanes que se cometen en Tailandia.
Y así, el que acabara por alzarse como un símbolo de la era Reagan (“Rambo III”  se estrenaba justo un año antes de que dejara la presidencia) , se anexiona ahora al inquietante, repugnante y aterrador ideario de Donald Trump.
Ya no hay que adentrarse en selvas perdidas, ni en inexpugnables montañas. El enemigo está en la frontera y, por tanto, toca matar mexicanos a mansalva.
Realmente no se puede hablar de este macabro festín sin denunciar su miserable y rastrera búsqueda de una complicidad enfermiza. Si alguien lo duda que trate de discernir algo, si es posible, de su entramado argumental.
Ya el comienzo desconcierta. El bueno de John podía haberse ahorrado cuatro largometrajes y cientos de asesinatos. Huía por gusto. Porque tiene un rancho, y tierras, y ayuda a la comunidad en sus momentos más desesperados, y hasta saca a relucir una “familia” de origen hispano porque Rambo es capaz de suturar sus heridas con hilo dental y derribar helicópteros a base de salivazos, pero por lo visto se le da fatal limpiar la casa. Aquí los mexicanos que cruzan la frontera o bien son abyectos o directos a la cocina. Tras un prólogo superfluo e innecesario (de hecho se podría quitar del montaje más de un hora de película y el argumento ni se resentiría), descubrimos que Rambo pasa sus últimos días en la paz de sus tierras, mareando a un caballo en pos de algarabías cenitales en la cámara. También conoceremos a su “sobrina”, Gabrielle, una joven que decide ir a México a preguntarle a su padre (de una inmoralidad legendaria para todo el mundo, excepto para su hija) por las razones que le hicieron abandonarla años atrás. Y va y se lo pregunta, y al tipo le da exactamente igual, otro que asume su papel de relleno, y ahí se cierra este empujón argumental. Que la abandonara o no, que aparezca o no, no afecta en lo más mínimo a la historia. Hay que ser aun más rastrero, por lo que el infortunio aparece y Gabrielle es secuestrada por un grupo de violentos delincuentes que se dedican a la trata de mujeres para abarrotar los prostíbulos. Y aunque ya es preocupante que el tema se trate con tanta ligereza, sólo es un preámbulo de esta exégesis de lo gratuito. Porque la joven sufrirá toda clase de vejaciones con el único propósito de incendiar los ánimos del espectador, y a la que se le concede el dudoso beneficio de morir en su casa, a donde llegan solo sus despojos.  En esos momentos, el dislate atrona por lo que ya son sus fueros. El soldado mejor preparado y más letal de la historia del cine se planta en México y, con paso firme y seguro, se enfrenta a cuarenta o cincuenta desalmados en una sublime estrategia con la que (¡ay!) consigue recibir una paliza que en un desopilante ejercicio de clonación le deja con la cara cubierta por un calco del rostro tumefacto con el que Rocky suele terminar sus peleas. Pero, y a falta de guionistas las razones brillan por su ausencia, deciden dejarlo con vida.
Una hora de insufrible acoso al espectador para finalmente dejarle en lo que se supone es la secuencia cumbre de esta quinta entrega. Un numero indeterminado y en apariencia ilimitado grupo de asesinos se pasan la frontera por el forro de sus intenciones y atacan a Rambo en el rancho donde este vive, y donde, claro, ya se ha preparado para darles tanto su bienvenida como su merecido. Lo que sigue se enclava directamente en lo más hediondo jamás mostrado en una pantalla, o al menos este cronista no tiene recuerdo de nada parecido, a menos que se traiga a colación algún ejercicio de gore hilarante de película de serie Z (el problema es que aquí no hay lugar para las bromas). Rambo los mata después de muertos. Que una trampa te revienta las entrañas, Rambo llega y te vuela la cabeza.  Que te ensartan un docena de barras de acero, no importa, Rambo llega y te vuela la cabeza. Que tu cuerpo estalla en mil pedazos, qué mas da, Rambo llega y te vuela la cabeza.
En el transcurso de la carnicería, el protagonista es herido.
Y nos lega la insultante y descarada perversión de esta propuesta. Cual anciano de manual, Rambo se queda en el porche de su casa (inexplicablemente intacto, sobre todo teniendo en cuenta que incluso hasta la tierra está cubierta de tremendas grietas a resultas de las explosiones) sentado, cómo no, en una apacible mecedora, en cuyo vaivén queda flotando la pregunta final de Stallone: ¿ha muerto Rambo o sólo dormita un rato antes de invadir Corea del Norte?
Si el engendro reporta dividendos, se multiplicarán los finales, como ya le ocurrió a Rocky y como le pasa a “Los mercenarios” de la que ya se rueda la cuarta entrega.
Queda, y no es precisamente un consuelo, el privilegio de poder escuchar de nuevo en una sala de cine parte del asombroso score que Jerry Goldsmith compuso para el personaje. Pero también eso es un insulto, con el uso torticero de una genialidad que se queda en nada. Una flor de loto que no flota en este cenagal de inmundicia que algunos pretender hacer pasar por cine.

 

 

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