«Los lobos en el bosque de la eternidad», de Karl Ove Knausgård
CARLOS MANZANO
No sabría explicar muy bien qué es, cuál es el mecanismo específico que lo genera, pero encuentro algo adictivo en la prosa del escritor noruego Karl Ove Knausgård que me hace volver a él cada cierto tiempo. El flechazo surgió cuando cayó en mis manos el sexteto que le ha dado prestigio mundial y que lleva el lamentable título de Mi lucha (seis volúmenes en los que da cuenta de lo que ha sido su vida hasta ese momento). Tal vez sea su manera de abordar la abúlica cotidianidad con que transcurren nuestras existencias, la sutileza con que hace avanzar la narración sin necesidad de inventar grandes historias ni dramas desbordantes que perturban las vidas de los personajes, es decir, la sencillez con que relata las diferentes experiencias de los protagonistas y también la naturalidad con que pone en palabras ese mundo complejo y esquivo, a menudo inabordable por extenso, que nos construye interiormente como individuos.
Con Los lobos del bosque de la eternidad, su hasta ahora última novela, publicada por Anagrama en 2025 y traducida por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, me ha sucedido más o menos lo mismo. Aunque sus casi 1000 páginas dan para varias tramas y complejas ilaciones argumentales, me ha resultado especialmente estimulante el retrato que hace de los dos personajes principales, Syvert y Alevtina, hermanos sin saberlo pero con personalidades no solo diferentes, sino que podría decirse que contrapuestas. Knausgård se mueve con especial brillantez a la hora de abordar la confusa red de relaciones que da forma al entorno existencial de los personajes, los diversos sentidos que alberga cualquier pequeña acción y las múltiples derivaciones que puede tener un simple gesto. En ese sentido, podría decirse que el noruego navega con maestría cuando insiste en la idea de lo desconocidos que somos para nosotros mismos y saca a la luz las confusas señales que delimitan nuestras inquietudes más vulgares. Pero siempre ―tal vez su mayor mérito― con un lenguaje sencillo, fluido, directo y hasta cierto punto elemental: la mejor manera de convertir lo impreciso en accesible. Tal vez sea aventurar demasiado, pero Knausgård da la sensación de ser un escritor honesto, que juega limpio con sus lectores, que no les pone trampas argumentales para mantenerlos pegados a las páginas ni se inventa retorcidos juegos malabares con el simple afán de sorprender, sino que construye historias limpias que penetran, desde la sinceridad que puede ofrecer la ficción, en la verdad más incómoda de lo que acaso somos.
Lo que ya dejo para otra clase de lectores más amigos que yo de lo paranormal es la estrella nocturna y su reaparición en las últimas páginas del libro (la estrella nació por primera vez en su anterior novela, La estrella de la mañana), que, en mi opinión, más que desequilibrar el conjunto, acaba por resultar algo artificial y establece una línea tangencial de la que se puede prescindir perfectamente, lo que por cierto no sucede con otro de los capítulos del libro que, en forma de ensayo, aborda el complejo asunto de la muerte y la pretensión humana de inmortalidad, con el que supuestamente la estrella guarda relación. Pero en una novela de casi 1000 páginas hay cabida para numerosas transgresiones sin que por ello se resienta la necesaria coherencia argumental.