«Los miserables. El origen», de Éric Besnard
JOSÉ LUIS MUÑOZ
Lleva décadas el cine francés reivindicando sus clásicos literarios y ahí tenemos la última, y espléndida, versión de El conde de Montecristo o la trilogía impecable de Los tres mosqueteros. El turno pasa ahora de Alejandro Dumas a Víctor Hugo en esta austera versión de una de sus obras capitales, Los miserables, dirigida por Éric Besnard que sigue los pasos de Jean Valjean (un brutal Grégory Gadebois), un presidiario que acaba de recuperar su libertad después de quince años de brutal reclusión por haber robado una hogaza de pan para su hambrienta familia y que vuelve a la sociedad resentido contra ella por semejante injusticia.
Como un apestado, el caminante Valjean, se rechazado en posadas y casas de los pueblos por donde pasa que no quieren darle alojamiento hasta que un clérigo, Monseñor Myriel (Bernard Campan), y su hermana enferma Baptistine (Alexandra Lamy) lo acogen, lo alojan y le dan de comer simplemente porque es un ser humano y deben darle una oportunidad de redención contra el criterio, precisamente, de la criada Madame Magloria (Alexandra Lamy) que lo rechaza.
La película de Éric Besnard (Janzé, 1964) pone en relieve al carácter de escritor humanista de Víctor Hugo. A veces un simple gesto de generosidad, como el de ese clérigo, es suficiente para enderezar a una persona que, por el hecho de haber visto arruinada su vida por una sentencia injusta y desproporcionada, sale en libertad con deseos de venganza y de convertirse en encarnación del mal. En ese aspecto una de las mejores secuencias del film de Éric Besnard es cuando Jean Valjean se levanta por la noche con el deseo de robar la rica cubertería de plata de su benefactor, la secuencia de actos brutales que pasa por su mente y finalmente no hace.
Drama de época sobre la pobreza y la injusticia social, monumento literario bien llevado al cine, película didáctica que huye del maniqueísmo (resulta difícil empatizar con el carácter agresivo y tosco y los pésimos modales de ese Jean Valjean). Unos flash backs nos trasladan a la cantera de mármol en la que ha pasado buena parte de su vida Jean Valdejan respirando el polvillo blanco de la piedra, soportando las palizas y humillaciones de sus guardianes y viviendo en condiciones inhumanas. Planos cenitales con dron nos acerca al personaje caminando por el paisaje rocoso y agreste de Vaucluse y el Parque Natural de Luberon, escenario perfecto para este drama descarnado.
Hay esperanza en el film, en la recuperación para la sociedad de ese elemento maltratado a conciencia y en sus posibilidades de inserción si da con la persona adecuada, el clérigo ejemplar que le hace ver que no toda la humanidad se comporta como un verdugo implacable con él y del valor de la bondad. Esperamos los próximos capítulos de la serie.