«Las jaurías», de Kamal Lazraq

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Desde el primer momento sabemos cuál va a ser el tono de Las jaurías. ¿Jaurías de perros o de hombres? La película empieza como Amores perros de Alejandro Gonzaléz Iñarritu. Hay un dejà vu. Pero luego la película va por otros derroteros. Hassan es un desheredado, un muerto de hambre, que trabaja para un narco de Casablanca. Cuando el perro de lucha de su jefe muere, recibe el encargo de secuestrar al dueño del can asesino como venganza y convence, para ello a su hijo Issam, que se pliega a su padre a regañadientes. Pero el secuestrado se les muere en el maletero del coche en donde lo han encerrado y quien les ha ordenado esa acción se desentiende por completo de ellos. La película se circunscribe en el ir y venir de ese padre hijo, unidos por el delito, con el cadáver a cuestas del que no saben desembarazarse, una road movie nocturna que pasa por los ambientes más sórdidos de la ciudad marroquí, los que no salen en ningún video turístico.

Las jaurías es buen cine negro que nos llega del otro lado del Mediterráneo con una trama simple y sórdida que tiene mucho de mal sueño, y a ello contribuye también la excelente fotografía expresiva. Al dúo protagonista se le van cerrando todas las puertas en esa larga noche febril, ningún conocido ni colega quiere hacerse cargo de ese muerto accidental que transportan en el coche.

El debut cinematográfico de Kamal Lazraq es sencillamente espectacular por el realismo de los ambientes que retrata y a ello contribuye un casting de actores, tanto los principales como los secundarios, con los que a nadie en su sano juicio les gustaría encontrarse en medio de la noche.