«El ejército ciego», de David Toscana

CARLOS MANZANO

Que el ser humano es capaz de cometer las mayores atrocidades no es secreto para nadie. Ni tampoco su solvencia para llevar a cabo actos de extrema crueldad por puro placer. Ha sucedido numerosas veces en el pasado y sigue pasando en la actualidad. De uno de esos hechos terribles se nutre el escritor mexicano David Toscana para cimentar su novela El ejército ciego, publicada por Alfaguara en 2026. Y aunque bien es cierto que la circunstancia que se narra en la novela (el castigo aplicado a un ejército derrotado condenando a sus miembros a la ceguera) es algo que sucedía con relativa frecuencia en tiempos pasados, no por ello puede dejar de considerarse a ojos actuales como un acto bárbaro y salvaje, por más que su pretensión fuese causarle un doble daño al enemigo: impedir que vuelvan a actuar como soldados y generar un coste añadido al gobernante derrotado, que debía hacerse cargo de su manutención sin obtener nada a cambio.

El ejército ciego parte de un hecho veraz: la derrota y posterior enucleación de 15 000 soldados (esa cifra dan las crónicas, aunque parecen algo exageradas) pertenecientes al ejército búlgaro tras su derrota en la batalla de Klyuch, allá por el año 1014. Pero Toscana huye de cualquier amago de historicismo y prefiere centrarse en lo que les sucede a esos soldados a su regreso a sus hogares. En contra de lo que pudiera pensarse, el escritor mexicano no afronta el relato privilegiando una mirada victimista, e incluso evita caer en un exceso de emoción; por el contrario elige un tono narrativo en el que prima la distancia, la ironía, el humor y la desdramatización, no con el ánimo de restar gravedad a un hecho tan cruel, sino para revestir de cierta épica el comportamiento de unos personajes que, aunque privados de visión, siguen formando parte del mundo y han de aprender a reencontrar su lugar en un entorno que sigue siendo igual al que dejaron antes de partir a la batalla y que espera de ellos que se reintegren a sus actividades habituales.

Toscana no escribe una novela realista, ni siquiera se pierde en descripciones detalladas sobre cómo los soldados derrotados tienen que readaptar sus aptitudes para poder desenvolverse en su nueva situación. Para Toscana resulta mucho más importante acercarse a las diferentes experiencias que atraviesan varios de ellos y recrearse en las diferentes vicisitudes que han de afrontar. Es clara también su intención de dotar de cierta condición heroica a unos hombres que, lejos de lamentarse por el terrible destino que les espera, aceptan su nueva condición como una contingencia más de la vida, sin que ni siquiera se dejen arrastrar por ninguna clase de resentimiento contra el zar que los envió a la guerra. De hecho, cuando vuelvan a ser llamados para la batalla, responderán con igual solicitud. Al final, parecen decirnos los ciegos de Toscana, la vida viene como viene, y ser enucleados tras perder una batalla no deja de ser, de acuerdo con las prácticas de la época, un incidente más. El autor, en cualquier caso, prefiere resaltar la dignidad de estos hombres a la hora de afrontar su nueva situación a subrayar la dimensión de su desgracia.

Y es aquí donde la novela alcanza sus cotas más elevadas: sin que pueda llegar a considerarse realismo mágico, los soldados de los que se da cuenta en el libro, en un ardid literario que no busca tanto describir como representar, recuperan su apego por la vida convirtiéndose en seres alados que cuidan del campo, en arqueros que todavía se sienten capaces de atravesar una manzana en la distancia o en herreros capaces de bruñir la espada del arcángel San Miguel, o lo que es lo mismo, en individuos cuya ceguera apenas merma su autoconfianza y su autoestima. Hay un párrafo en la novela muy significativo respecto al tono en alguna medida caricaturesco, en alguna medida triunfante, que emplea Toscana para referir los hechos narrados y que no me resisto a copiar aquí:

«El judío Moskono llegó a su puesto, instaló la mesa y puso doce pares de ojos en exhibición. Había alcanzado lo que creyó imposible. Cada par era único. Cada par mostraba un temperamento, un estado de ánimo distinto, y Moskono lo había logrado con apenas cambiar un trazo, con ampliar levemente la pupila y reducir el iris, con dar un toque brillante o uno mate, con ovalar los círculos. Sobre todo lo había logrado porque dejó de esmerarse en que sus ojos parecieran de verdad».

De alguna manera, es lo que David Toscana consigue en esta fábula titulada El ejército ciego: alejarse de lo real para adentrarse en lo verdadero, como es propio de la ficción y por regla general de la literatura.