«Ocupación», de Margaryta Yakovenko
Posted on 16 agosto, 2026 By José Luis Muñoz Creación, Dársena, Letras, Reseñas
CARLOS MANZANO
Probablemente Ocupación no aparezca en las listas de las «mejores» novelas publicadas en 2026 ni su autora, Margaryta Yakovenko, reciba ningún reconocimiento especial por esta obra, pero he de decir, remarcando que se trata de un punto de vista personal, que Ocupación, publicada por Seix Barral en 2026, es una de las lecturas que más grata impresión me ha causado en lo que llevamos de año.
Podría apuntar varias razones: una de ellas, el estilo sencillo, casi elemental, pero enormemente efectivo, de trazo firme, de la escritora hispanoucraniana para contar una historia que, aunque centrada en una época y un espacio concretos, no deja de abordar un hecho que viene repitiéndose en este mundo desde que el homo sapiens se organizó en clanes y se expandió por el planeta: la lucha (las guerras) por el territorio. Asimismo, sin que sienta una especial predilección por las biografías o las vidas noveladas (aunque tampoco soy reacio a ellas), sí me interesan esas obras menores, que no alcanzan la categoría de grandes dramas épicos ni memorables biografías, que parten de lo individual, diría incluso que de lo anecdótico (la vida de un ciudadano sin especial relevancia en un pequeño pueblo ucraniano a lo largo de la época soviética), para alcanzar una dimensión global, un significado colectivo (todos somos individuos viviendo diferentes procesos identitarios) con el que también nosotros podemos identificarnos. Y por añadir otro motivo más, podría decir que porque la mirada desprejuiciada de Yakovenko me resulta enormemente simpática, una mirada que si adopta el punto de vista de la víctima (Tokmak, la población donde se ubica el relato, está actualmente ocupada por las tropas invasoras rusas y la antigua vivienda de su abuelo ha pasado a estar habitada por la familia de un médico ruso), lo hace no desde una valoración moral ni como una forma de crítica enrabietada por la violencia ejercida por las fuerzas de ocupación, sino que sitúa el punto de referencia en las consecuencias que todo eso implica desde un punto de vista evocador-afectivo para quien asume la posición de víctima, es decir, desde la pérdida personal, mucho más interesante que la colectiva.
La propia Yakovenko huye conscientemente de cualquier alarde patriotero y evita el lamento por la patria robada. La Ucrania invadida es para ella un territorio emocional, un mundo que existe sobre todo en sus recuerdos, en su mundo interior, incluso un espacio imaginado y deseado; lo que los soldados rusos le niegan no es una nación inmemorial, no son unas líneas trazadas en un papel, en el fondo una abstracción sin densidad real, sino la posibilidad de recuperar esa parte de su vida que apenas pudo entrever en su niñez, la oportunidad de regresar a la casa de sus abuelos, la opción de ejercer su derecho a la memoria.

«No me gusta hablar de patrias. El mundo se ha llenado de patriotas profesionales que vocean consignas chovinistas y no me puedo colocar a su lado. A mí no me han robado una patria. Lo que a mí me han robado es la infancia, las tumbas de mis muertos, los muros entre los que están mis recuerdos, los objetos que fueron de ellos y que debían ser míos por el orden natural de las cosas, por el orden natural de la familia, la herencia y la evolución. Y yo lo único que he heredado es un apellido, la forma de las orejas, el hoyuelo de la barbilla y un idioma que cada vez utilizo menos porque cada vez tengo menos personas con las que hablarlo. Tengo todos estos recuerdos que me esfuerzo en dejar plasmados porque mi herencia está hecha de aire, de momentos que me pueden ser arrebatados con un solo soplo de viento. Que morirán por el paso del tiempo. Que morirán».
Ocupación no es un canto a ninguna clase de nacionalismo (no olvidemos que los ocupantes también son nacionalistas), sino una mirada afligida al único territorio que merece la pena ser habitado: la demarcación del recuerdo, la naturaleza de la memoria. Margaryta Yakovenko ha construido una novela que, en ese aspecto, aborda la figura de su abuelo. recientemente fallecido, como un ejercicio de recuperación de su propia memoria como ser humano, dentro del juego de construcción de las múltiples identidades que nos conforman. Y lo ha hecho, aun siendo víctima real, aunque indirecta, de una guerra salvaje, con el temple preciso para que el lector transite con ella su pérdida emocional y con el pulso calmo que toda buena novela exige.
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