La cava IV : La palabra

Por Julieta Katherina Destefani
Reseña histórica documental
En 1901, Domingo Tomba presidió la primera comisión directiva de la Sociedad Italia Unita de Mendoza. Lo acompañaron Damián De Pascale como vicepresidente primero, Domingo Barberini como vicepresidente segundo y Emilio Zara como secretario. Entre sus vocales estaban José Marzari y Carlos Ceriotto. La institución nació de la fusión de la Società Italiana, existente desde 1881, y la Società Operaia Italiana, establecida en 1886. [1]
La presidencia de Domingo tenía antecedentes. Fernando Devoto lo identifica, con el nombre de Domenico Tomba, entre los principales dirigentes de la sociedad italiana de socorro mutuo fundada en 1881, antes de su unión con la Operaia en 1901. El dato permite reconocer una trayectoria asociativa previa, aunque no precisa sus cargos ni las fechas en que los desempeñó. Su elección para presidir la nueva institución puede interpretarse, por lo tanto, como parte de un reconocimiento construido anteriormente. [7, p. 176]
El programa de Italia Unita reunía instrucción, protección del trabajo y socorro mutuo durante la enfermedad. Buscaba fortalecer la fraternidad entre los inmigrantes y los vínculos ítalo-argentinos. La reseña institucional publicada por Los Andes sitúa su primera sede en 9 de Julio 1043 y menciona una biblioteca y un salón para conferencias, veladas artísticas y encuentros sociales, sin precisar las fechas de establecimiento de esos servicios. [1]
La educación ocupó un lugar concreto en esa vida institucional. Alejandro E. Fernández señala que la escuela de Italia Unita reunió, apenas constituida, alrededor de cien alumnos, mayoritariamente varones. Existe además una referencia bibliográfica a un programa escolar impreso en Mendoza en 1901: Nel primo anno di fondazione delle scuole italiane. Programma della festa nella ricorrenza del 31 anniversario della presa di Roma. La descripción del ejemplar anuncia poesías recitadas por alumnos y una breve pieza teatral. El programa coincide con el año de la primera comisión presidida por Domingo, pero todavía no permite atribuirle personalmente la fundación o financiación de la escuela. Su interior no ha sido consultado en esta investigación. [8, pp. 257–258; 9]
La sociedad tuvo también una publicación mensual. Jorge Enrique Oviedo registra el Bolletino Ufficiale de Italia Unita desde el 27 de enero de 1903. Aún no se ha localizado un ejemplar que permita conocer a sus redactores, leer sus balances o precisar la duración del mandato de Domingo. El registro acredita la existencia de esa voz institucional y deja abierta una vía documental para reconstruir su gestión. [10]
Esta participación permite situar a Domingo en una comunidad organizada alrededor de responsabilidades compartidas. Cuando años después su conducta quedó bajo discusión judicial, su nombre ya circulaba entre personas que lo habían conocido en la vida pública, los negocios y las relaciones familiares. Ese mundo de vínculos es el punto de partida de esta entrega.
De Pascale y los espacios de encuentro
El vínculo institucional documentado entre Domingo y De Pascale es Italia Unita. Paul Rus, en su investigación sobre la masonería mendocina, identifica además a De Pascale como presidente de esa sociedad y del Círculo Dante Alighieri, cuyo nombre aparece en el libro como «Círculo D. Aligheri». La entrada biográfica no precisa las fechas de ambas presidencias. [3]
Rus lo registra como italiano, nacido en 1860 y llegado a la Argentina en 1888, empleado del ferrocarril Trasandino y del Gran Oeste. Consigna su iniciación en la logia Luz el 2 de octubre de 1891. En el cuadro de autoridades de Luz de Hiram de 1904–1905 aparecen Emilio Zara como venerable maestro, De Pascale como orador y José Marzari como secretario. [3]
Estos cruces permiten reconocer espacios de sociabilidad compartidos por algunos integrantes de Italia Unita. No documentan, por sí mismos, la pertenencia de Domingo a la masonería o al Círculo Dante Alighieri. Tampoco permiten establecer que aquel círculo fuera la misma entidad jurídica que la actual sociedad mendocina.
La relación entre Antonio Tomba y Giuseppe Garibaldi remite, por su parte, al horizonte político del Risorgimento. Garibaldi había adherido en 1833 a la Giovine Italia, la asociación fundada por Giuseppe Mazzini en Marsella en 1831 para impulsar una Italia unificada, independiente y republicana. Giambattista Cuneo intervino en su adhesión, y Garibaldi participó en la preparación del intento insurreccional de Génova de 1834. [11, 12]
Su trayectoria masónica fue posterior. El Gran Oriente de Italia sitúa su ingreso en la masonería en 1844 y su ejercicio como Gran Maestro entre el 24 de mayo y el 8 de agosto de 1864. Esta referencia ayuda a comprender la amplitud de su figura política y fraternal; no establece una continuidad institucional entre la Giovine Italia y la sociedad Italia Unita que presidió Domingo en Mendoza. [13]
Una mirada contemporánea sobre las asociaciones
En 1914, el cónsul Paolo Brenna describió a Italia Unita en su informe sobre la emigración italiana en Cuyo. Recordó la fusión de 1901 y señaló tanto sus recursos materiales como las divisiones regionales y personales que dificultaban su vida asociativa. Las páginas consultadas no identifican a Domingo como presidente ni vinculan esas tensiones con el pleito familiar. Su testimonio ayuda a comprender que la comunidad organizada alrededor del socorro y la fraternidad también atravesaba desacuerdos. [14, pp. 21–22]
Los acuerdos entre los hermanos
El documento central de esta investigación es el volumen que Domingo publicó en Buenos Aires en 1915: Pleito de Tomba con Tomba. Exposición de Domingo Tomba a sus amigos y al público y escritos de recursos ante la Corte Suprema. Allí reunió su explicación de los hechos, documentos y adhesiones recibidas después de una sentencia adversa. Es su intervención pública en un conflicto que comprometía tanto su patrimonio como su reputación. [4]
Para comprenderlo hay que volver a 1899. Antonio y Domingo eran hermanos y socios. El contrato del 11 de mayo de ese año ya contemplaba qué ocurriría si Antonio moría: Domingo continuaría con determinados bienes de la explotación y debía reconocer a los herederos el valor correspondiente conforme a las cuentas de la sociedad. La continuidad del negocio en manos del hermano sobreviviente, por lo tanto, estaba prevista antes del documento que luego sería impugnado. [4, pp. 14–16]
El 18 de octubre de 1899 se otorgó una aclaración del contrato que precisaba la distribución de bienes en caso de fallecimiento de Antonio. A sus sucesores se les asignaban propiedades determinadas; Domingo quedaría con el resto del activo y asumiría el pasivo, con un plazo de cuatro años y un interés del seis por ciento para pagar el saldo que correspondiera. La autenticidad de la firma de Antonio en este instrumento sería el centro del pleito. [4, pp. 16–17]
Diez días después, el 28 de octubre, se otorgó otra escritura, vinculada con una operación sobre tierras de Olaya Pescara de Tomba. El instrumento incluía una ratificación de lo convenido el día 18. En su cierre figuran Olaya, Antonio y Domingo Tomba; Jacinto Álvarez y Julio Prati aparecen como testigos, y Pompeyo Lemos como escribano. [4, pp. 17–18]
Las dos fechas corresponden, entonces, a actos diferentes. La firma discutida era la atribuida a Antonio el 18 de octubre. El documento del 28 adquiría importancia para la defensa porque, según Domingo, demostraba que Antonio había ratificado posteriormente aquel acuerdo. La presencia de Jacinto como testigo se refiere a este segundo acto; no debe trasladarse al primero.
La herencia y el pleito
Después de la muerte de Antonio, los acuerdos se proyectaron sobre la división del patrimonio. El libro reproduce la escritura de disolución y adjudicación del 22 de febrero de 1900. Años después, Luis Tomba, hijo de Antonio, cuestionó judicialmente a su tío Domingo por la autenticidad del instrumento de octubre de 1899 y por sus consecuencias sobre los bienes familiares. [4, pp. 20–21]
En términos sencillos, Luis sostenía que el reparto se había apoyado en un documento que su padre no había firmado. Domingo afirmaba que ese reparto respondía a los acuerdos de los hermanos y a la voluntad de Antonio. La discusión sobre una firma afectaba la validez de operaciones patrimoniales realizadas muchos años antes.
En noviembre de 1912, el juez federal identificado por Patricia Barrio de Villanueva como el doctor Pedro Lucero rechazó la demanda de Luis e impuso a este las costas. Luis apeló. En noviembre de 1914, la Cámara Federal de Apelaciones de la Capital Federal resolvió en sentido adverso a Domingo. La firma atribuida a Antonio en el instrumento del 18 de octubre fue declarada falsa. [2, p. 560; 4]
La decisión disponía volver a la situación anterior a los efectos del instrumento cuestionado y revisar las adjudicaciones posteriores. También ordenaba la restitución recíproca de los frutos e intereses de los bienes recibidos por la escritura de febrero de 1900, computados desde el 31 de diciembre de 1908, fecha de interposición de la demanda. Esto suponía rehacer cuentas sobre bienes y rendimientos acumulados durante años. [4]
El resultado civil adverso no debe convertirse en una afirmación de que una condena penal hubiera identificado a Domingo como autor material de la firma. En la página 25 de su libro, la defensa reproduce precisamente la distinción entre impugnar civilmente un instrumento y establecer quién lo había firmado. Domingo también objetaba el cotejo de reproducciones fotográficas de firmas. Esa objeción debe leerse como un argumento de su defensa, sin deducir de ella que no hubieran intervenido peritos. [4, pp. 24–25 y exposición]
El propio título del volumen de 1915 anuncia recursos ante la Corte Suprema: el fallo de 1914 no se presentaba allí como una controversia aceptada y concluida.
Jacinto Álvarez y el valor de su testimonio
El 27 de noviembre de 1914, Jacinto Álvarez escribió a Domingo desde Mendoza. La carta, reproducida en las páginas 7 y 8 del libro, regresaba a los acontecimientos de octubre de 1899: quince años antes de ese respaldo escrito, en los últimos tiempos de la vida de Antonio. [4]
Jacinto había nacido en Mendoza el 15 de julio de 1857. Médico y hermano gemelo de Agustín Álvarez, participó en la atención de la epidemia de cólera de 1886, integró la Cruz Roja mendocina y fue director del Hospital El Carmen. También tuvo una extensa actuación pública: integró la fórmula de Emilio Civit para el período 1898–1901 y ejerció la gobernación provincial. [5, 6]
Su apoyo reunía varias condiciones. Había conocido a Antonio como médico y amigo; conocía el trato entre los hermanos; había intervenido como testigo en la escritura del 28 de octubre; y, después del fallo adverso, estaba dispuesto a sostener por escrito su confianza en Domingo. [4, pp. 7–8]
En su carta, Jacinto defendía la conducta de Domingo y cuestionaba el resultado judicial. El afecto y la confianza entre los hermanos formaban parte de su explicación de lo ocurrido. Su testimonio conserva así una dimensión que las cuentas y adjudicaciones no agotan: cómo recordaba esa relación alguien que había estado cerca de ambos.
Su firma tenía peso por su trayectoria pública, pero también por esa proximidad concreta. No era solamente una adhesión de prestigio: incluía el recuerdo de un acto en el que había participado.
Los nombres al lado de Domingo
El 1.º de diciembre de 1914, pocos días después de la carta de Jacinto, se fechó una declaración colectiva que el volumen reproduce bajo el título «Manifestación de la sociedad y del comercio de Mendoza». Entre los nombres identificados están Jacinto Álvarez, Enrique González, Rafael Guevara, Luis J. Mariani, Alberto A. Day, Jorge Bombal, Joaquín Guerra —hijo—, Julio C. Mayorga, Julio Balmaceda y Arturo Cubillos. La enumeración es parcial. [4, pp. 9–10]
El documento muestra que Domingo recibió un respaldo público de confianza después de la sentencia adversa. Esos nombres permiten abrir una investigación sobre relaciones comerciales, institucionales y personales; la firma de cada uno no basta para atribuir a todos una misma fraternidad o una experiencia idéntica junto a los hermanos.
Por ahora, el soporte documental comprobado de esta declaración es su reproducción en el libro de 1915. Su encabezamiento no permite presentarla como un acuerdo institucional de la Cámara de Comercio, ni como una noticia publicada el mismo 1.º de diciembre en un diario.
La pregunta que dejan esas páginas permanece abierta: ¿quiénes pusieron su nombre al lado de Domingo cuando su honor estaba en discusión, y qué habían compartido con él para hacerlo?
Lo que llegó a los diarios
El pleito tuvo repercusión periodística anterior a la publicación del libro. Patricia Barrio de Villanueva localizó en Los Andes del 19 de enero de 1912, página 5, el anuncio de un arreglo entre tío y sobrino. La continuidad de la causa mostró que aquel anuncio no significó su resolución. La misma investigadora remite a La Industria del 17 de noviembre de 1912, página 5, para la sentencia de Lucero, y señala que durante ese mes se publicaron otras notas sobre el juicio. [2, p. 560, notas 125–126]
Estas referencias se conocen aquí a través de la investigación de Barrio; no equivalen a una consulta directa de esas ediciones. Tampoco establecen que Los Andes o La Industria hayan publicado la carta de Jacinto o la declaración de diciembre de 1914.
El libro permite escuchar la defensa que Domingo quiso dejar y reconocer a quienes la acompañaron. La sentencia forma parte de esta historia, y también forman parte de ella la palabra empeñada, las relaciones de confianza y el recuerdo del cariño entre los hermanos. Comprender qué ocurrió con aquel patrimonio exige leer los documentos; comprender qué sintieron sus protagonistas exige, además, reconocer las preguntas que esos documentos todavía dejan.
Fuentes y bibliografía
[1] «La fuerza de la Italia unida». Los Andes, 29 de marzo de 2015. Nota sin firma en su versión digital.
https://www.losandes.com.ar/la-fuerza-de-la-italia-unida
[2] Barrio de Villanueva, Patricia. «Entre el poder y el infortunio. Tomba: historia de la empresa vitivinícola más poderosa de la República Argentina (1900–1912)». Mediterranea. Ricerche storiche, año III, n.º 8, diciembre de 2006, pp. 539–562. Para los fallos y las referencias periodísticas: p. 560, notas 125–126.
https://www.storiamediterranea.it/wp-content/uploads/mediterranea/p2487/r615.pdf
[3] Rus, Paul. La masonería en Mendoza, Argentina (1870–1903). Desarrollo de la masonería a través de sus documentos inéditos con un anexo bibliográfico de sus miembros. 2017. ISBN 978-1-5136-1455-7. Cuadro de Luz de Hiram de 1904–1905, pp. 85–86; entrada «De Pascale, Damián», p. 147. Copia digital consultada:
https://es.scribd.com/document/705553205/La-Masoneri-a-en-Mendoza
[4] Tomba, Domingo. Pleito de Tomba con Tomba. Exposición de Domingo Tomba a sus amigos y al público y escritos de recursos ante la Corte Suprema. Buenos Aires, Imprenta French, 1915. Ejemplar de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno; fotografías aportadas por Julieta Destefani. Carta de Jacinto Álvarez: pp. 7–8; manifestación colectiva: pp. 9–10; instrumentos y argumentación jurídica: pp. 14–25. La página 6 contiene, además, parte de la exposición de Domingo.
[5] Fernández, Sebastián. «Nuevos módulos y más camas en el Hospital El Carmen». OSEP Mendoza, 9 de octubre de 2020. Apartado «Pabellón Dr. Jacinto Álvarez».
https://osepmendoza.com.ar/web/nuevos-modulos-y-mas-camas-en-el-hospital-el-carmen/
[6] Dirección General de Escuelas de Mendoza. Centenario de la Constitución de Mendoza. Material para nivel secundario. Nómina de gobernadores, período de Jacinto Álvarez 1898–1901.
https://www.mendoza.edu.ar/download/centenario-de-la-constitucion-de-mendoza-nivel-secundario/
[7] Devoto, Fernando. Historia de los italianos en la Argentina. Buenos Aires, Biblos, 2006, p. 176. ISBN 9789507865510. Copia digital:
https://pdfcoffee.com/devoto-historia-de-los-italianos-en-argentina-pdf-free.html
[8] Fernández, Alejandro E. «L’associazionismo italiano nella provincia di Mendoza». En Gianfausto Rosoli, editor, Identità degli italiani in Argentina: reti sociali/famiglia/lavoro. Roma, CSER, 1993, pp. 241–270; especialmente pp. 256–258. La nota 34 remite a Ignazio Martignetti, «Le società italiane di mutuo soccorso», pp. 236–242: referencia pendiente de consulta directa.
https://www.cser.it/identita-degli-italiani-in-argentina-reti-sociali-famiglia-lavoro/
[9] Nel primo anno di fondazione delle scuole italiane. Programma della festa nella ricorrenza del 31 anniversario della presa di Roma. Mendoza, Tip. E. Rossi, 1901, 19 + 1 pp. Referencia y descripción comercial de Coenobium Libreria antiquaria; no se consultó el interior del ejemplar.
https://www.abebooks.it/servlet/BookDetailsPL?bi=30543910650
[10] Oviedo, Jorge Enrique. El periodismo en Mendoza. Buenos Aires, Academia Nacional de Periodismo, 2010. Historia del periodismo argentino, vol. V. ISBN 9789871107186. Registro del «Bolletino Ufficiale», publicación mensual de Italia Unita, 27 de enero de 1903.
https://pdfcoffee.com/el-periodismo-en-mendoza-jorge-enrique-oviedo-pdf-pdf-free.html
[11] Senato della Repubblica. «I padri della Patria: Giuseppe Garibaldi». MinervaWeb, edición digital.
https://www.senato.it/relazioni-con-i-cittadini/biblioteca/pubblicazioni-testi/minervaweb/i-padri-della-patria-giuseppe
[12] 150 anni dell’Unità d’Italia. «La Giovine Italia». Recurso histórico digital.
https://www.150anni.it/webi/stampa.php?stampa=1&wid=29
[13] Grande Oriente d’Italia. «Giuseppe Garibaldi, 24-05-1864/08-08-1864». Historia institucional, sección Grandes Maestros.
https://www.grandeoriente.it/chi-siamo/la-storia/gran-maestri/giuseppe-garibaldi-24-05-1864-08-08-1864/
[14] Brenna, Paolo. «L’emigrazione italiana nelle provincie di Cuyo (Argentina)». Bollettino dell’Emigrazione, año XIII, n.º 6, 15 de mayo de 1914, pp. 15–41; especialmente pp. 21–22. Reproducción digital en Fondazione Paolo Cresci.
https://www.fondazionepaolocresci.it/wp-content/uploads/bollettini/1914/1914.6.II.P.%20Brenna.L%27emigrazione%20italiana%20nelle%20provincie%20di%20Cuyo%20-%20Argentina.pdf
Referencias hemerográficas de época citadas indirectamente en [2]: Los Andes, Mendoza, 19 de enero de 1912, p. 5; La Industria, Mendoza, 17 de noviembre de 1912, p. 5.

La Cava IV: La palabra
Tiempo no olvida y Silencio no calla.
—Tanto para decirte y me olvidé cuando te vi. Siento como si te hubiera extrañado… Qué raro, ¿no?
—Hola, Domi. Estoy inexplicablemente igual de contento por verte. Empiezo a preguntarme por qué te sigo.
—Aún es por la venta del terreno. Busco convencerte de que accedas. O… ¿por qué estás acá?
—Me trajeron tus ojos…
—Tus’ojo… Qué bonito hablás cuando te distraés. Buenos Aires te envuelve en un halo romántico, hay que tener cuidado.
Servando sonrió.
—¿Entramos?
Miré hacia la entrada.
—¿Vos conocés?
—No. ¿Vos?
Negué con la cabeza.
Entramos juntos.
Nos detuvimos apenas cruzamos la puerta, leyendo los carteles y mirando por dónde avanzaban los demás. En el ingreso nos pidieron los documentos y nos entregaron una tarjeta a cada uno. Con ellas pudimos continuar hacia el quinto piso, donde estaba el sector de investigadores.
Mientras esperábamos el ascensor, descubrimos que en el primero había una cafetería y en el segundo una obra de Borges.
—Podemos tomar algo después —dije.
—Si te acordás de que estoy.
Lo miré. Todavía sonreía cuando se abrieron las puertas.
Subimos al quinto. Yo llevaba los datos del libro anotados en el teléfono. Al presentar la solicitud, comprobé una vez más el título y el año, como si un error pudiera devolverme a Mendoza sin haberlo encontrado.
Después nos sentamos a esperar.
Dejé la tarjeta junto al teléfono. Servando miró alrededor y se volvió hacia mí.
—Bueno, Domi. ¿Qué pasaría con el terreno si yo aceptara venderlo?
Me acomodé en la silla.
—Primero tendría que conseguir que aceptaras.
—Supongamos que ya lo hiciste.
Sonreí. Me estaba concediendo unos minutos en un mundo donde mi principal dificultad había desaparecido.
—Querría que lo que estoy encontrando tuviera un lugar ahí.
—¿La historia de los Tomba?
—Sí. Pero todavía no sé de qué manera.
—¿Y por qué necesitás comprarlo para hacer eso?
Abrí la boca y volví a cerrarla.
Servando esperó.
—Hasta ahora me parecía el primer paso —dije.
—¿Y este libro?
Miré el teléfono. La ficha seguía abierta en la pantalla.
—Este libro no sabía que existía cuando empecé.
Él asintió, como si esa respuesta le sirviera más que las anteriores.
—¿Qué esperás encontrar?
—A Domingo, supongo. Algo de él que no esté contado por otros.
Se quedó mirándome un momento. Después bajó los ojos hacia mi tarjeta.
—¿Cuánto tiempo te quedás en Buenos Aires? —le pregunté.
—Poquitos días.
—¿Qué te trae?
—Algunos temas personales. También tengo familia acá. Voy a aprovechar para visitarla.
—Y te hice pasar la tarde en una biblioteca.
—Yo vine.
Lo dijo con tanta sencillez que me quedé sin respuesta.
Había una intimidad extraña en estar sentados así, esperando. Ninguno conocía el lugar ni sabía cuánto tardarían en traer el ejemplar. Cada vez que alguien se acercaba, yo levantaba la cabeza. Servando empezó a hacerlo también.
Cuando por fin nos avisaron, me puse de pie demasiado rápido.
Reconocí el título antes de acercarme del todo.
Lo había escrito, buscado y pronunciado tantas veces que me sorprendió verlo ocupando un espacio tan pequeño. Toda aquella espera cabía en un libro que alguien acababa de poner delante de mí.
Dejé las manos a sus lados.
—Siento que tendría que ponerme guantes —murmuré.
Escuché las indicaciones para manipularlo. De pronto me parecían torpes los dedos con los que hacía un rato había revisado el teléfono.
Servando acercó su silla.
Abrí el libro con cuidado.
El papel tenía un color que conocía de otros libros viejos. Sin embargo, me quedé mirando la primera página como si nunca hubiera visto uno.
Mil novecientos quince.
Mientras subíamos, Buenos Aires había seguido allá abajo, con sus colectivos, sus teléfonos y la gente mirando la hora. Ahora yo intentaba acomodarme a la velocidad de esas páginas.
Busqué el comienzo y leí unas líneas. Tuve que volver atrás.
Domingo decía yo.
Hasta entonces había sido un nombre que aparecía en documentos, un hermano, un socio, alguien sobre quien otros habían decidido qué recordar. Ahora ordenaba sus razones delante de mí. Había elegido esas palabras para explicar lo que le había pasado.
Apoyé una mano junto al margen.
Tuve el impulso de acercarme el libro al pecho. Me quedé quieta, conmovida por esa posibilidad absurda: tenerlo en las manos se parecía a poder abrazar a quien lo había escrito.
—¿Estás bien? —preguntó Servando.
Asentí.
—Es él. Acá está hablando él.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Intenté seguir leyendo para disimularlo, pero las letras se volvieron borrosas.
Servando apartó el teléfono que había dejado entre nosotros. No dijo nada más.
Esperó.
Avancé despacio, deteniéndome en los encabezamientos, las fechas, los nombres. A veces le mostraba una frase y él se inclinaba para leerla. Otras, me pedía que volviera unas líneas atrás.
Entonces encontré la carta.
—Acá hay una carta de Jacinto Álvarez.
Servando levantó la vista.
—A ver, leémela en voz alta.
Me acomodé en la silla y busqué el comienzo.
La carta de Jacinto Alvarez.
—«Mendoza, 27 de noviembre de 1914.
»Señor D. Domingo Tomba.
»Mi distinguido amigo:
»Conociendo desde tan largos años las nobles cualidades de su espíritu generoso y caballeresco y su ejemplar honorabilidad y corrección de conducta en todos sus actos, que tanta estimación y tan alto concepto le han conquistado en nuestro país y al tanto de algunos antecedentes que se relacionan con el origen de su asunto con su sobrino don Luis Tomba, ya se puede imaginar con qué sorpresa me he informado del inesperado fallo de la Cámara Federal, sobre dicho asunto y cuánto lamento el tremendo error judicial y la injusticia tan propia de las cosas humanas de que, a mi juicio, acaba Vd. de ser víctima.
»Fui médico y amigo de don Antonio Tomba que me honró siempre con su confianza, y como tal, me fue dado conocer muchas intimidades de familia, el entrañable cariño que a Vd. le profesaba y el vehemente deseo que tenía de asegurar la perduración del grandioso establecimiento vitivinícola que él fundara con su inteligente y perseverante esfuerzo».
Mi voz había ido creciendo. Al llegar a aquellas palabras, levanté los ojos para mirarlo.
Servando se acercó un poco más.
—Domi, estamos en una biblioteca, en voz baja.
Miré alrededor y bajé la voz hasta encontrar la suya.
—«Ya enfermo de gravedad, más de una vez me pidió mi opinión sobre la naturaleza y eventualidad de su enfermedad, y comprendiéndola incurable y deseando ver a salvo a su muerte, su preocupación de organizar sus asuntos, y recuerdo que el 28 de octubre de 1899, en una de mis visitas médicas, me manifestó que quería dejar todos sus asuntos arreglados para evitar enojosas y desagradables situaciones a su muerte, agregándome que estando edificada su bodega en un terreno de propiedad de su señora doña Olaya P. de Tomba, había convenido con ésta, que vendiese dicho terreno a la sociedad Antonio y Domingo Tomba, y me pidió quisiese firmar como testigo la correspondiente escritura de transferencia a lo que accedí gustoso.
»Acto continuo penetró a la pieza del enfermo el notario público don Pompeyo Lemos y en presencia de don Antonio Tomba, de la señora Olaya P. de Tomba, de Vd., de don Julio Prati y de mí, dio lectura a la escritura que llevó fecha de ese día y que fue firmada de perfecto acuerdo por la señora Olaya, su esposo don Antonio, el señor Prati, Vd. y yo; el escribano autorizante, escritura que se refería en su texto a otra del 18 del mismo mes ratificando en todo su contenido y aclaratoria esta segunda de otra anterior de constitución de la sociedad de Antonio y Domingo Tomba».
Pasé la hoja despacio. Servando esperó a que encontrara el renglón.
—«Conocedor íntimo, pues, de la integridad y nobleza de carácter y de la proverbial honorabilidad y corrección de conducta de Vd. y de su finado hermano y de los especiales vínculos de cariño que los unían como hermanos y como socios, y con la conciencia íntima del acto de que fui testigo presencial y de los términos de la escritura que firmé como testigo, tengo la más absoluta y sincera convicción de que Vd. acaba de ser víctima de uno de los errores judiciales más atroces, cuya inmediata rectificación clama al cielo por tratar una víctima inocente a la vez que el honor y el prestigio de la humana justicia, tan imperfecta aún y tan expuesta todavía a cometer errores funestos y dolorosas injusticias como esta».
Había vuelto a levantar la voz sin advertirlo. Miré a Servando, buscando en él la misma conmoción, y lo vi llevarse su propia mano a la boca.
Comprendí.
Me detuve apenas, tomé aire y adopté el silencio de su gesto. Cuando continué, las palabras apenas alcanzaban el espacio entre los dos.
—«Con esta convicción y estos sentimientos, lo acompaño de todo corazón en el amargo trance, reiterándole las seguridades de mi invariable estima y respeto.
»Jacinto Álvarez».
Servando bajó la mano.
Dejé los ojos sobre la firma. Durante un momento escuché el movimiento de la sala: unas hojas, una silla, pasos que se alejaban. Todo había seguido sucediendo mientras yo estaba en aquella habitación de octubre, junto a una cama y a unos hombres que todavía podían escucharse.
—Los vínculos de cariño —murmuré.
Servando volvió la mirada hacia el párrafo.
—Como hermanos y como socios —dijo.
Asentí.
—Eso es lo que quiero encontrar.
—¿En el libro?
—En lo que haga con esta historia.
Me costaba explicarlo. Había llegado con tantas preguntas sobre los bienes, las firmas y el terreno que ahora sentía que debía volver a ordenarlas.
—Quiero que el amor sea la premisa —dije—. Quiero empezar por cómo se querían. Por qué confiaban el uno en el otro. Cuando hicieron las cosas juntos, todavía tenían algo por delante. No podían saber que años después alguien iba a leer todo desde un pleito.
Servando permaneció mirando la página.
—No —dijo al fin—. No podían saberlo.
Su voz me hizo levantar la vista. Tardó un momento en advertirlo.
—¿Qué? —preguntó.
Negué con la cabeza.
Volví al libro, pero no pasé la hoja.
—Me da tristeza pensar que una persona pueda hacer tanto y después quedar reducida a lo que otros cuentan de ella. Yo llegué hasta acá sin saber cuánto había dejado escrito.
—Ahora lo encontraste.
—Sí. Y él ya había hecho todo este esfuerzo por explicarse.
Servando miró la carta otra vez.
—¿Qué habrías querido preguntarle?
Me quedé pensando.
—Si todavía confiaba.
Él se volvió hacia mí.
—¿Después de todo esto?
Asentí.
Servando no respondió. Se quedó cerca, con los antebrazos apoyados en la mesa.
Pasé la página.
Debajo de un nuevo encabezamiento aparecía una declaración y, al final, las firmas.
—Hay más.
—¿Otra carta?
—Una manifestación de la sociedad y del comercio de Mendoza. Primero de diciembre de mil novecientos catorce.
Busqué a Jacinto entre los nombres. Estaba ahí también.
Los fui leyendo en voz baja. Algunos apellidos me resultaban familiares; otros me obligaban a acercarme al papel.
—Jacinto Álvarez… Enrique González… Rafael Guevara…
—¿Guevara?
—Sí.
Servando se inclinó un poco más.
—¿Dice algo más?
—Rafael Guevara, nada más. ¿Lo conocés?
—Conozco el nombre.
—¿De dónde?
—De unas lecturas de hace años.
Esperé, pero él seguía mirando la lista.
Anoté los nombres que podía leer con certeza.
—Todos estos pusieron su firma —dijo.
—Después del fallo.
Se quedó quieto.
—¿Qué podían perder por hacerlo?
La pregunta me hizo volver al encabezamiento.
—No sé. Tendría que conocer mejor a cada uno.
Servando asintió.
—Podrían haberlo acompañado sin que nadie más se enterara.
Miré otra vez aquellas líneas. Hasta ese momento había estado buscando quiénes eran; él me había hecho pensar en lo que habían decidido hacer.
—Domingo quiso conservar sus nombres —dije—. Los puso en su libro.
—Habrá vuelto muchas veces a esta página.
Lo miré. Tenía los ojos sobre las firmas.
Continuamos leyendo. Yo anotaba y fotografiaba algunas páginas. Servando acercaba la silla cuando quería ver algo y después permanecía ahí. En algún momento dejó de preguntarme solamente por las fechas. Quería saber qué había ocurrido antes de un acuerdo, quién había estado presente, cuánto tiempo separaba una decisión de otra.
La conversación sobre el terreno regresó mientras copiaba un nombre.
—Ya no sé si quiero comprarlo —dije.
—¿El terreno?
Asentí.
—Hace un rato estabas tratando de convencerme.
Sonreí.
—Ya sé.
—¿Qué cambió?
Miré el libro. No podía señalar una frase y decirle: acá.
—Una cosa me lleva a la otra. Empiezo buscando algo y, en el camino, se me van modificando los intereses. Todavía me importa la cava. Pero ahora siento que, aunque la comprara, seguiría teniendo algo pendiente.
Servando guardó silencio.
—¿A vos te pasa? —pregunté.
—Sí.
—¿Y qué hacés?
Se recostó apenas en la silla.
—A veces sigo un poco más. Para ver.
—Es una respuesta muy cómoda.
—No te dije que me saliera bien.
Nos reímos en voz baja.
Miró el ejemplar, mis anotaciones, las dos tarjetas sobre la mesa.
—Cuando empezamos a hablar, yo entendí bastante bien lo que querías —dijo—. Había un terreno, una posible venta. Yo podía intervenir.
—Y cobrar una comisión.
—También.
Lo dijo sin incomodidad.
—¿Y ahora? —pregunté.
Sus ojos se quedaron un momento en los míos.
—Ahora estoy leyendo con vos.
Bajé la mirada. Había algo en la sencillez de esa respuesta que me impedía hacer la siguiente pregunta sin mostrar demasiado.
Volví a la carta.
—¿Querés seguir?
Servando acercó su silla apenas.
—Sí.
El libro nos llevó más tiempo del que habíamos programado. No más del que yo quería. Me hubiera quedado un rato más.
Antes de devolverlo, revisé las fotografías en el teléfono. Algunas estaban torcidas; en otras, las letras se perdían hacia el pliegue de las páginas. Pensé que tendría que volver por ellas. Me pregunté si las habría tomado apurada a propósito, para dejarme una excusa.
Servando se puso a mi lado y caminamos hacia el ascensor.
—En el primero estaba la cafetería, ¿no? —pregunté.
—Sí.
Entramos. Yo seguía pasando las fotografías con el dedo cuando su teléfono vibró.
Servando lo sacó del bolsillo.
«Nos vemos en el Café de Marco».
Leyó el mensaje y guardó el teléfono. Yo acababa de encontrar la carta.
—Mirá esta. Justo acá no se entiende bien.
Se acercó a la pantalla, pero enseguida levantó la vista.
—Me vas a tener que perdonar, Domi, pero no me puedo quedar a ese café. Me están esperando.
Dejé de pasar las fotos.
—Ah, bueno. Entonces voy a volver por el libro.
—¿Te quedás?
—Sí. Un rato más.
El ascensor se detuvo. Servando sostuvo la puerta mientras alguien entraba y volvimos a quedar uno al lado del otro.
Todavía tenía cosas para decirle. Un momento antes había contado con toda una taza de café para encontrarlas.
Cuando llegamos al ingreso, nos apartamos para dejar salir a los demás.
—Gracias por venir —le dije.
—Gracias por leerme.
Nos abrazamos. Esta vez fui yo la que se separó primero.
Lo vi caminar hacia la salida. Tuve la impresión de que se había ido de golpe, aunque acababa de acompañarme durante horas. Miré la fotografía que seguía abierta en mi teléfono. Tal vez había dicho algo que lo incomodó.
No quise detenerme en eso.
Volví al quinto piso y pregunté si todavía podía consultar el ejemplar.
Cuando lo tuve otra vez delante, busqué la página donde había quedado algo por leer. Dejé el teléfono a un lado y acerqué la silla.
Esta vez no había nadie a quien leerle en voz alta.
Pasé la mano junto al margen y busqué el renglón donde me había detenido.
Ahora éramos Domingo y yo.
—Eccomi, Domenico, amico mio. Sono qui per ascoltarti.
Continuará…