Delincuento

Por Francisco de Paula Pestaña Parras


Que quede claro que lo que voy a contar no es por arrepentimiento. No todo lo que admitimos los criminales tiene por qué ser una confesión. Lo que sí es cierto es que yo no elegí acabar así. Al principio eran apenas travesuras, escribía frases en los márgenes de la libreta o en la pizarra, entre clase y clase, antes que el profesor la borrara. Otra veces no me quedaba más remedio, llegaba el cumpleaños de un amigo y debía hacerle algún regalo, como yo no tenía dinero para comprarlo, tenía que escribirlo. Así poco a poco seguí delinquiendo hasta convertirme en un relatero de poca monta.

Ahora tengo un socio aunque no trabajamos de la misma forma, él está especializado en cometer poesía. Yo no sirvo para eso, no tengo aptitudes, mis dedos son muy torpes y no sería capaz de hacer lo que él hace. Se acerca a alguien y sin que se dé cuenta le mete la mano en el pecho y se hace con lo que lleve. El tipo sigue caminando y cuando comienza a palparse el corazón sintiendo que le falta algo, mi amigo ya está muy lejos.

Yo actúo de manera distinta, con más bajeza. Me apoyo como distraído en la pared y observo. Entonces reparo en alguien, aunque mejor si es una pareja –el botín acostumbra a ser mayor-, y les sigo. Hay que saber elegir, si empiezan a andar por avenidas o por sitios iluminados me doy la vuelta. Esos no suelen llevar gran cosa, lo he comprobado. Prefiero los que caminan por calles estrechas, los habituales de callejón. Voy tras ellos con cuidado de que no sospechen porque entonces se inquietan, se apresuran, comienzan a actuar cautelosos y ya no hay nada que hacer. Pero con suerte y si los has estado observando lo suficiente, hay veces que consigues desvalijarles una historia con la que ir tirando unos días.

Cuando un trabajo se te ha dado bien puedes esconderte un tiempo y descansar en ese frío familiar de las guaridas. Si vives con alguien le dices entonces que te ha salido bien una inversión o que os ha tocado un pellizco en algún sitio. Es mejor si no sabe que te dedicas a esto. Así si alguna vez aparecen buscándote y la interrogan, cuenta lo que cree que es cierto sin dudar y resulta más convincente. Nosotros no tenemos amantes, tenemos coartadas.

Más tarde me levanto mientras duerme y voy al salón. Paso allí casi toda la madrugada. Llevo años urdiendo un golpe importante. En una libreta apaleada de garabatos lo tengo casi todo: quiénes participarán, el lugar y cómo debería desarrollarse el delito. Si lo he retrasado tanto es porque no tenía valor para el final planeado. Ahora sí, este oficio me ha envilecido tanto que sé que ya no vacilaré cuando tenga que traicionarlos. Yo escaparé por una página entreabierta, pero ellos no podrán salir de allí. Se quedarán dentro, desesperados, mientras afuera los rodean y los observan por siempre. A alguno incluso tendré que eliminarlo por la espalda con un navajazo cobarde de bolígrafo. Sólo espero tener el pulso necesario para que no sufra y que se desangre en apenas un párrafo.

Aunque este plan todavía no está terminado. Me faltan varios detalles, pero es que últimamente me obligan a dedicarle menos tiempo y regresar antes a la cama. Cada vez más, ella se da cuenta que no estoy a su lado y me llama entre sueños. Me llama con un gemido triste. Un gemido que no es muy distinto a los que a esas horas se oyen, como confesiones, en las noches sin luna de las cárceles.

 

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