Comer a la fuerza

Por Alcaraván

 

De todas las acciones  perentorias, apremiantes, obligatorias y necesarias que por humanos tenemos que hacer todos los días de nuestra existencia seguramente sea la de comer la que más nos agrade. Si fuésemos capaces de perder unos pocos minutos en elaborar una lista priorizada de todos, absolutamente de todos, los hechos que nos vemos obligados a repetir periódicamente ―el que está Uds. pensando no es perentorio además de que solo es repetitivo en una época determinada de nuestra trayectoria vital― coincidiríamos casi todos en que los tres primeros serían respirar, beber y comer. El hecho fortuito de respirar lo automatizamos e interiorizamos desde muy pequeños hasta el punto de que perdemos la consciencia de si lo estamos haciendo o no. Los hechos de comer y beber somos capaces de programarlos, de temporizarlos, de eventualizarlos, de variarlos, incluso de olvidarnos de ellos durante algún tiempo; pero nunca de automatizarlos.

Cuando comemos o bebemos somos conscientes de que comemos y bebemos. Si observamos todos los demás elementos de la lista vemos que por el simple hecho de ser preceptivos y de no habernos sido consultados en ningún momento sobre si deseamos o no su ejecución, solo por eso se nos hacen incómodos y casi desagradables ―además de los consabidos fisiológicos―. El caso es que, normalmente, siempre consideramos  el hecho de comer como un hecho   agradable, beneficioso, positivo, lúdico, provechoso, fructuoso y como una actividad deseada y esperada a lo largo del día.

Dirá el lector que a fin de qué viene semejante planteamiento y concuerdo con él; pero esta reflexión viene motivada por la visión, en una revista de diseño industrial,  de la fotografía de una jarra de aluminio que me ha perseguido y acosado durante  cuarentaitantos años y que ya creía enterrada en la noche de los tiempos.

A raíz de la visión de la jarra ―otra vez en mi vida ¡qué horror! ―, rememoré los momentos en los que había estado presente en situaciones de mi vida cotidiana. Constaté y asocié  la jarra con momentos obligados de mi vida en los cuales siempre había mucha gente a mí alrededor. Actividades obligatorias y programadas por otras personas en las que siempre me encontraba fuera de mi casa. Esto me hizo pensar que no siempre el hecho de comer está asociado con la satisfacción y la positividad anteriormente reseñadas; sino, más bien, todo lo contrario.

Yo, que ya supero los cincuenta, asocio automáticamente la susodicha jarra, con épocas más o menos largas de mi vida ―seguramente que las personas coetáneas hayan padecido algo parecido―. Simplificando se pueden dividir en cuatro grupos, que llevan implícitos y asociados automáticamente un material específico y determinado; a saber:

 

Campamentos de verano. Material asociado: aluminio. Para incipientes adolescentes, en mi época había dos opciones o bien la OJE (organización juvenil española de falange) o bien asociaciones scouts vinculadas a alguna parroquia con menos pretensiones paramilitares que la anterior; pero también con algunas.

Recuerdo que en estos campamentos plenos de aventuras anodinas e imbéciles lo peor de todo, para mí, era la utilización de un único plato de aluminio para todas las comidas. Por descontado que las largas mesas de troncos estaban coronadas por las susodichas jarras. Era la época en que siempre se llevaba un abrelatas explorador en el bolsillo y los más pudientes una navaja multiusos Suiza ―no sé por qué; pero siempre se recalcaba lo de Suiza― que nunca se utilizaba para nada y que el noventa por ciento de las herramientas no se llegaban ni a desenfundar.

Nunca olvidaré el olor del calducho ―sucedáneo de cacao disuelto en muchísima agua― que tomábamos para desayunar en aquellos cuencos que se acoplaban a las cantimploras. Por supuesto que también eran de aluminio y estaban dotados de dos sonoros asas sin utilidad ninguna.

 

Internados en los colegios. Material asociado: vidrio templado.  Con sus correspondientes retiros obligatorios de 4 o 5 días para los ejercicios espirituales. Yo solo fui mediopensionista pues nada más hacía la comida y la merienda. Allí conocí los famosos platos y vasos transparentes y multicolores de un material vítreo que se llamaba Duralex. Estas vajillas tenían la virtud de que incorporaban al contenido del plato el estampado o los cuadraditos del mantel. Quién no conoce estos platos duros, durísimos, en sus tres modalidades: transparentes, verdes y ámbar. ¡Nunca soporté la presencia en la mesa de semejante vajilla! Su simple contemplación me produce todavía cierto recelo ―máxime cuando me es impuesta―. No obstante he aprovechado para dar un pequeño paseo por la historia de estas vajillas pues, me guste o no, fueron importantes en las mesas de las familias españolas y colaboraron en su medida a liberar y facilitar las tareas domésticas por aquella época tan femeninas ―bueno, vale, ahora también―.

El nombre proviene de la cita latina “Dura lex, sed lex” ―La ley es dura, pero es la ley―. Se fundó en 1934. Dicen que la casa Saint-Gobain la adquirió para, en un principio, su utilización en las lunas de los incipientes automóviles. La clave de su estrellato fue su dureza y resistencia lo que le permitía ser lavado en los primeros lavavajillas e introducirlo en los primeros microondas, lo cual era debido a que estaban constituidos por vidrio templado ―se calienta a temperaturas superiores a los 600º y después se enfría bruscamente―.

Desde entonces 133 millones de artículos se vendían en 120 países, solo en Francia llegó a tener 1.600 trabajadores. Hasta la década de los 60 no llegó a nuestro país y cuentan que, incluso, procedía de Andorra a través del contrabando. Un plato Duralex tardaba en romperse, y cuando sucedía estallaba en mil pedazos.

 

Servicio militar. Materiales asociados: acero inoxidable y policarbonato. Allí las estrellas eran las bandejas de acero inoxidable troqueladas elegidas por su fácil limpieza y por no permitir el alojamiento de gérmenes y bacterias que diesen al traste con la salud de la tropa y con sus puntos débiles. Se deslizaban estupendamente por el circuito de acero inoxidable también, por el que había que progresar para que te fuesen echando ―nunca mejor dicho― con cazos y espumaderas, de acero inoxidable también, los humeantes caldos y las suculentas viandas en su cuenco correspondiente. Ni qué decir que había uno apropiado para cada cosa incluso para las natillas con palos de canela. Ah, se me olvidaba además eran apilables, cuando estaban vacías lógicamente, y era impresionante el espacio que se ahorraba cuando ya lucían resplandecientes.

Me han dicho que ahora las han sustituido por unas idénticas; pero de policarbonato que para eso van avanzando las tecnologías y los nuevos materiales. Estas últimas tiene la ventaja de que se pueden fabricar de colorines y por supuesto de que son muchísimos más baratas con lo que al tiempo que se decora la comida con un poco de color se economiza un poco en el ministerio de defensa que tan necesitado está siempre de euros para comprar carísimos aviones que jamás ―afortunadamente― disparan un tiro.

 

 Hospitales. Materiales asociados: polipropileno y poliuretano. Si algo caracteriza a las bandejas hospitalarias que las diferencia de todas las demás es que tienen tapa y además vienen personalizadas con tu nombre y número de expediente clínico. Es un detalle.

Con gran pomposidad se llaman bandejas isotérmicas de polipropileno con interior aislante de poliuretano. Claro, por eso llevan tapa; para que no se escape el calor desde que salen de las cocinas abisales hasta que llegan a tu  habitación. Tampoco se escapan los aromas porque en cuanto la destapas salen unos efluvios de pollo hervido sin piel mezclados con el aroma de los champiñones de la sopa y con el de las dos mandarinas que como les inspires puedes optar por comerte un par de galletas, de las que tienes en el cajón de la mesita.

Esa es la ventaja de tener en una misma pieza un plato llano, un plato hondo, un  bol, una panera, un cubertero y un pedestal para el vaso de agua. Por supuesto que de Duralex; menos mal que, por lo menos es incoloro.

Para que luego digan que comer es un deleite y un placer.

 

 

Alcaraván

 

 

 

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