…En tiempo de miseria (II) – La imagen de España

Por Luis Martínez-Falero.

 LuisMartinez-Falero

 

En unos tiempos donde se habla mucho (quizá demasiado) de la marca España, es decir, de aquello de nuestro país que debe de servir como acicate para atraer inversiones y turistas (es decir, atraer dinero, de un modo u otro), me gustaría considerar aquí cómo la literatura nos ha ido reflejando a lo largo del último siglo y medio.

No se trata de establecer las bases de un presumible estudio de imagología (o estudio de la imagen del otro en la literatura), ni siquiera de intentar caracterizarnos ideológica o antropológicamente. Mejores mentes que la mía están más capacitadas para ello e incluso con un corpus más exhaustivo de materiales de diversa naturaleza. Sólo pretendo, con unos pocos mimbres, ver en qué ha consistido y en qué puede consistir esa imagen, que tenemos que vender al exterior, sea como un anuncio de loción para evitar la caída del euro, sea como agencia de viajes, que nos evite este camino hacia la ruina definitiva (o, parafraseando a Fernán Gómez, el viaje a ninguna parte).

Asegura el hispanista británico Edgar Allison Peers, en su Historia del movimiento romántico español (1940), que el Romanticismo comienza en España en la Edad Media, porque nuestra patria siempre fue un lugar romántico, con figuras como los Amantes de Teruel, e incluso con la figura señera del Cid, que pasa de antihéroe (o héroe sufriente) a héroe victorioso, en una trayectoria luego copiada por tantos y tantos personajes de obras literarias decimonónicas en Europa, como el Conde de Montecristo. La España medieval, por tanto, debería habernos dado un plus de exotismo, una identidad parecida a una mezcla de Verona y del París de Alejandro Dumas (hijo) o Victor Hugo, de un solo vistazo. La verdad es que, para los españoles de los primeros pasos del Renacimiento, lo realmente exótico se hallaba, por ejemplo, en las Islas Británicas, como esa Gaula, patria de Amadís (tal como nos cuenta hacia 1508 Garci Rodríguez de Montalvo) y que nos remite a Gales. Vamos, que lo exótico es lo desconocido e imaginado desde casa o desde la taberna de la esquina, tanto da. Pero la imagen de una España exótica e ideal se fue perpetuando en virtud de los viajeros románticos ingleses por Andalucía –principalmente por Granada y Sevilla–, como Washington Irving o Richard Ford, hasta desembocar (en el primer cuarto del siglo XX) en Gerald Brenan. Leyéndolos, uno tiene  la impresión de que habían descubierto un paraíso perdido, como si hubieran encontrado un resto de aquellas sociedades de cazadores-recolectores que se fueron estableciendo en el área del Mediterráneo desde finales del Paleolítico y a lo largo del Neolítico. Su visión de España está muy idealizada, sin duda, porque en realidad lo que encontraban era una España muy poco industrializada y sometida al atavismo del mundo religioso y caciquil. Claro que  tendríamos que preguntarnos –llegados a este punto– si esta marca España de la que hablan nuestros próceres políticos, padres de la patria y mesías autóctonos de la Escuela de Chicago no sigue siendo algo parecido: la influencia de la Conferencia Episcopal aspira a la perpetuación y hemos dejado lo caciquil para que los partidos cobijen a expertos en paraísos (fiscales), en nepotismo y en otras soluciones de urgencia para salvar la economía (la propia, que para eso el neoliberalismo apoya la iniciativa individual). O quizá el paraíso ahora se llame Eurovegas. Y, al resto, les queda el paraíso en forma de playa en las costas del Sur y del Este de la Península o en forma de discoteca en Benidorm o en Ibiza. En definitiva, el paraíso al alcance de la mano o del bonohotel. Pero lo exótico sólo se puede percibir, en estos casos, bajo el efecto de sustancias estupefacientes, lo que supone ya un alejamiento muy marcado de los modelos románticos, en cuanto a visión de España se refiere.

Otra perspectiva nos la ofrecen los críticos idealistas y sus seguidores en el siglo XX: España está representada por D. Quijote, el caballero idealista, pobre pero orgulloso; y, frente a él, Sancho, materialista y corto de miras. Esta interpretación de la obra de Cervantes (mantenida y repetida hasta la saciedad, aún en nuestros días), nos muestra a ese español quijotesco, como estereotipo exportado al extranjero. Todos somos quijotes luchando contra molinos de viento (llegados a este punto, no puedo por menos que emocionarme). Ello convierte a D. Quijote en el paradigma del español y la obra de Cervantes en el centro de nuestro canon literario. Poco importa aquí lo dicho por Mijail Bajtin sobre la fundación de la novela moderna por parte de Rabelais y Cervantes: no estamos ahora mismo para analizar formas y temas, ya que dentro de poco la narratología va a pasar a formar parte del repertorio de enfermedades mortales de necesidad (en cuanto que Wert se entere de que se enseña en las universidades públicas). Este estereotipo ha tenido sus víctimas: ahí tienen a Walter Benjamin (judío y marxista, aunque poco materialista, según Horckheimer) huyendo de la Gestapo en 1940. Consiguió llegar a Portbou con un grupo de judíos, pero, tras ser interceptados por unos falangistas, se suicidó en su hotel ante el temor de ser entregado a las autoridades nazis en Francia. Aquí no encontró quijotes, sino simplemente encontró lo que había: tipos embrutecidos por el dogmatismo tras la Guerra Civil. E incluso hay biógrafos de Benjamin que aseguran que estos chicos del Invicto le ofrecieron la posibilidad de dejarle pasar hacia Portugal a cambio de dinero. Tras entregarles todo lo que le quedaba, luego se negaron a tal posibilidad, lo que habría provocado su suicidio. En tal caso, Benjamin no se habría encontrado con D. Quijote, sino con el Lazarillo, verdadero paradigma del espíritu español.

Porque es esto lo que muestran nuestros compatriotas en sus obras: el español irracional reflejado por Antonio Machado en sus “Proverbios y cantares” o en “La tierra de Alvargonzález” (Campos de Castilla, 1912) o esa capacidad de admirar al sinvergüenza (de El Dioni a Carlos Fabra, condecorado por el PP, incluso Luis Bárcenas, al que de pronto nadie conoce en el número 13 de la Calle Génova) y despreciar –con el peor de los desprecios: la ignorancia– al sabio o al trabajador. Esto último ya nos lo cuenta Valle-Inclán al final de Luces de Bohemia (1920/1924), cuando uno de los sepultureros, durante el entierro de Max Estrella, afirma: “En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo”. En el colegio, el instituto o en la universidad (quienes estudiamos Letras) nos decían que los autores del 98’ reflexionaron sobre el problema de España, pero no nos dijeron que, además, eran profetas. O quizá sea porque España no ha cambiado en cien años o más. En cualquier caso, esto de Valle deberíamos tenerlo muy presente a la hora de orientar hacia el éxito profesional a nuestros hijos. Sin embargo, lo del esperpento ya lo asumimos como decorado de fondo desde hace tiempo, según parece.

Por tanto, ¿qué marca España vendemos? ¿La estereotipada del paraíso perdido o reencontrado? ¿La de quijotes que se estrellan contra los molinos de viento transformados en decretos y recortes, para seguir estampándonos con ellos una y otra vez? ¿La de nuestros autores del 98’, poco idealistas aunque lúcidos? ¿La de los moralistas franquistas y tardofranquistas, con aquel “no destaques ni te quejes, que no se sepa que estás”, que nos enseñaban en la escuela y la catequesis, y que algunos han rescatado ante las cargas de los antidistubios, para “proteger” la imagen exterior de España? Ante tal abanico de posibilidades, la verdad es que no lo sé. Quizá me quede con el cartel de Aidez l’Espagne!, pintado por Miró, como única imagen de una España eternamente doliente y combativa.

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