Superando la prueba

Por Luis Borrás

 

img913Hay libros que despiertan cierto morbo. Para qué negarlo. Cuando el autor es alguien conocido que presenta su primer libro hay muchos que se asoman a sus páginas por curiosidad y otros que lo hacen con el deseo de verle tropezar. Y caer. Y luego hacer una buena hoguera con esa leña. Y a veces creo que tienen razón y otras no. Y creo que esta vez va a ser una de esas en las que se van a quedar con las ganas.

Sergi Bellver es alguien conocido sí, pero en su caso estoy hablando de otro tipo de fama. Él no es uno de esos “famosos que salen en la tele” y que una tarde nos lo presentan como “un inquieto artista polifacético”: actor, cantante, presentador, pintor abstracto y colorista, originalísimo diseñador de moda, creador de una colonia con su nombre o lo que es peor: escritor por publicar un libro (novela u otra cosa) que podemos meter en el carrito de la compra junto a las verduras, la fruta de temporada, la carne picada, un aspirador y un pack de calcetines. No, Bellver no es una cara conocida que sirva como reclamo para vender algo o con la que una “gran editorial” pueda hacer caja. Bellver es un nombre muy conocido (y un currante) en este parque temático de la literatura: guionista, editor, librero, periodista cultural y lo que más importa en este caso: profesor de narrativa y crítico literario. Por eso hablo de morbo. Porque una cosa es opinar de lo que escriben los demás y otra escribir y además atreverse a publicar; salir a la plaza del pueblo y exponerse a las bofetadas o a los aplausos. Para que un crítico se decida a dar ese paso hay –creo- tres opciones: Una.- Porque tiene las mejillas de kevlar y unos buenos padrinos y amigos que le cubrirán las espaldas si hace falta. Dos.- Porque está loco o es un insensato o un inocente o un mindundi. (Es decir no eres nadie y por lo tanto no te harán ni caso. Poco importa lo que escribas). Y tres.- Porque se está muy seguro de que lo que se publica es bueno y merece la pena arriesgarse.

Y creo que este último caso es el de Bellver, porque “Agua dura” además de ser su primer libro es una excelente colección de relatos. Y esa suma no es un resultado habitual. Bellver ha conseguido desactivar el morbo -lógico en un caso especial como el suyo- con doce relatos en los que no hay ninguno que enviaría a una misión a Plutón sin retorno o que lanzaría a esa piscina vacía que no tengo. Bellver no va a necesitar recurrir a padrinos o amigos que le defiendan. Yo, que soy un loco inocente, le diría que salga a la plaza solo a recoger los aplausos, aunque tampoco espere que todos lo vean guapo y polifacético.

Que Bellver haya sido capaz de escribir un libro así no me ha sorprendido. Ya había tenido oportunidad de leer dos extraordinarios cuentos suyos incluidos en dos libros colectivos: “El nudo de Koen”, incluido en “Doppelgänger”, publicado por Jekyll&Jill en 2011, y “La manada”, incluido en “Desahuciados. Crónicas de la crisis”, publicado por “Vagamundos. Libros ilustrados” en 2013. Habiendo leído esos dos relatos lo que de verdad me hubiera sorprendido ahora es encontrarme con un libro regular o malo.

Si es por cuestión de gustos hay dos que –para mí- destacan sobre los demás: “Pájaros que llegan a Moscú” e “Islandia”. Dos relatos que siguiendo mi criterio particular los incluyo en esa selección de cuentos que “salvaría de un incendio”, dos opciones para emborracharse con lo superlativo y sus sinónimos. Y si tuviera que citar los que menos me han gustado diría que “La muerte de Edmun Blackadder” y “Deseo de ser Dimitri” porque me parecen opinión o reportaje periodístico disfrazados de literatura. Tampoco termino de ver esa pretendida unidad –o como dice Bellver en su “Carta de agradecimiento”: “espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura”– en todos los relatos. Yo la veo en algunos –sobre todo en “Islandia”-, pero en otros no la encuentro por ningún lado. Aunque no creo que lo necesite, utilizar la ausencia de ese pretendido elemento en común para descalificar el conjunto sería recurrir a un argumento débil o ridículo. Lo que se muestra, oculta o insinúa en todos (ese mensaje latente o argumento subyacente a la acción principal, el “saber mirar más allá del lienzo de las cosas”) es mucho mejor que ponerse a buscar las conexiones entre agua dulce, salada, con gas, helada o con cal cuando de lo que se trata es de si es potable o no.

Precisamente si por algo creo que destacan los relatos de Bellver es por su variedad dentro de dos argumentos que se repiten: las relaciones familiares (especialmente la de los padres y hermanos) y la muerte con sus secuelas o efectos secundarios en el mundo de los vivos: “Propiedad privada”, “El nudo de Koen”, “Los ojos de Sarah”, “En la boca de otro” e “Islandia”. Y otros efectos y situaciones en la “complejidad” de las relaciones personales, humanas: “La manada”; sentimentales: “Pájaros que llegan de Moscú”  o de amistad-rivalidad: “Mala hierba”. Con sitio para la imaginación y la sorpresa: “Banana Dream” y el original planteamiento: “Señales de vida”.

Hubiera preferido no tener que recurrir al tópico y no hablar de la versatilidad; pero es sabido que esa es una condición que se les pide a los escritores de relatos, y Bellver la cumple. Y esa capacidad no quiere decir que el escritor tenga que ser un atleta de heptatlón sino que sea capaz de narrar con diferentes estilos o tonos. Creo que esa es la mejor virtud de sus cuentos porque si quieres terror irracional e imágenes impactantes tienes “Propiedad privada”; si quieres una historia de fantasmas de serie A y un singular caligrama tienes “El nudo de Koen”; si quieres escenografía y ambientación asfixiante tienes el primero y si la quieres húmeda, pegajosa, terrible y con cicatriz imposible de cerrar tienes “Los ojos de Sarah”; si quieres un tono canalla, directo, sincero, macarra, violento y romántico sin almíbar tienes “Pájaros que llegan de Moscú”; si quieres algo salvaje, brutal, violento, metafórico e irónico tienes “En la boca de otro”; si quieres situaciones absurdamente posibles y personajes excéntricos y reales, antagónicos y complementarios tienes “Mala hierba”;  y si quieres lirismo y un relato conmovedor, profundo y absolutamente redondo tienes “Islandia”.

 

Sergi Bellver. “Agua dura”. 121 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2013.

 

 

 

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