Crónicas de la piratería caribeña en los siglos XVI y XVII : Los corsarios (2)

Por Elena Bargues

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Una presencia casi desconocida por ser hoy día un país pequeño y sin el dominio mediático de los ingleses o norteamericanos en el cine y en la literatura, fue la de Holanda. En el siglo XVII se convirtió en una potencia marítima superior a la española y a la inglesa a causa de un sistema político democrático y una economía mercantil libre. Los holandeses, en ocasiones denominados bátavos (bien porque fueran originarios de allí o por extensión), necesitaban de un bien en el que España era rica: la sal. (Curiosamente no fue el oro, aunque no le hicieron ascos). La sal era un bien precioso para la conservación de los alimentos.

Crearon la “Compañía Privilegiada de las Indias Occidentales” con capacidad para fundar colonias, nombrar gobernador y firmar tratados. Tenían potestad para comerciar y atacar al enemigo. Guillermo Ussilinex fue el impulsor con la intención de incorporar la empresa privada a la acción contra los dominios españoles en ultramar. A lo largo del siglo XVI, mantuvieron una lucha contra las colonias caribeñas para explotar las salinas de la zona y es que, en cuanto se asentaban en una salina, los hacendados y poblaciones cercanas sufrían sus desmanes, por lo que las autoridades locales procedían a desalojarlos y en ocasiones anegaban las salinas para que no regresaran. En Araya fueron recalcitrantes, ya que los expulsaron en varias ocasiones y regresaron. Otras explotaciones tuvieron lugar en las islas de Tortuga ( en Venezuela, no en Haití, de la que más adelante hablaré), Curaçao, Aruba, Bonaire…

 

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El corsario que apresó una flota de Indias.

Pero en lugar de sal, les llovió oro. ¿Alguna vez escucharon que la Flota de Indias estaba tan bien protegida que los piratas no se atrevían a atacarla? Los piratas, no sé; pero los corsarios sí que lo hicieron. Pieter Piet Heyn era un marino holandés que estuvo preso por los españoles de 1619 a 1623. Una vez liberado, participó en el ataque de San Salvador en Brasil y regresó al Caribe al mando de una flota. Durante un año, 1627, estuvo observando a las Flotas de Indias. En el verano de 1628 se presentó en las costas cubanas con veinticuatro naves, tres mil hombres y seiscientos cañones. ¿Piratas? A mí me parece más una acción de guerra. Zarpó la flota de Nueva España de Veracruz y llegó a La Habana. En cuanto divisaron la flota holandesa desistieron de entrar en el puerto, pasaron por delante del Morro y continuaron la navegación. Los holandeses levaron anclas y se lanzaron a la zaga, la flota buscó refugio en la bahía de Matanzas (Cuba), donde no había entonces población, para desembarcar a los pasajeros y el oro. No contaré los detalles, pero tras una sangrienta lucha, los holandeses se hicieron con cuatro millones de ducados y Piet Heyn fue considerado un héroe nacional.

No fue la única empresa corsaria premiada en su país. La reina Isabel I, ante la relación de fechorías de Drake que le presentó el embajador español, lo nombró “sir”. Al propio Raleigh se le atribuye la siguiente respuesta cuando fue acusado de piratería por un tribunal: “¿Ha conocido Su Señoría persona a quien se acuse de piratería viniendo con millones?”.

 

¿Por qué resultaba tan difícil robar el oro?

Y ahora que mencionamos el apresamiento de una flota, debo puntualizar sobre otra idea errónea: el oro. Es una imagen muy extendida la de que capturar un galeón y hacerse con el botín de oro es muy sencillo, incluso he leído disparates como que el capitán lo llevaba en su camarote.

El arqueólogo y submarinista belga Robert Stenuit en su libro “Tesoros y Galeones hundidos” en el que relata la búsqueda de los restos de la flota de 1702 en la ría de Vigo, describe: “a causa de su peso, los metales preciosos se ponían siempre en el fondo de la cala, como lastre; por lo tanto para efectuar la maniobra de descarga, hubieran tenido que sacarse primero cientos de toneladas de mercancías diversas”. “En poco más de ocho días se desembarcó la parte real (del Rey), en lingotes y moneda, que transportaban exclusivamente la capitana y los dos galeones almirantes. (….) A razón de cuatro cofres por carreta (….) Para esta operación reunieron más de mil doscientas carretas”.

Esta relación deja claro que el asunto de apresar un galeón de la Carrera de Indias tiene su miga. Sólo puedes disparar a la arboladura (mástiles y velas) para no hundirlo, una vez desarbolado hay que abordarlo y en ese tema los españoles imponían respeto, en el cuerpo a cuerpo eran invencibles. En el caso de rendir el galeón, se lo tienen que llevar entero porque no se puede trasladar el oro en altamar, obviamente.

Así que la única posibilidad de hacerse con una flota española era arrinconarla en un puerto como sucedió en el caso de Matanzas por Piet Heyn; en Cádiz en 1656 que fue destruida por el almirante Blake, quien logró apresar un sólo galeón; o en 1702 en Rande, Vigo, por Rooke. Aunque, a excepción del holandés, los demás poco obtuvieron, se limitaron a destruirlas, y la única pirática fue la de Piet Heyn, ya que las otras dos tuvieron lugar en medio de guerras declaradas. O bien, asaltar las ciudades donde se almacenaba a la espera de la flota, tal como hicieron muchos corsarios ingleses.

 

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