María Valeria de Habsburgo, la hija amada

Por Sandra Ferrer

Cuando aquel 22 de abril de 1868 nacía la archiduquesa María Valeria Matilda Amalia de Habsburgo-Lorena y Wittelsbach , su madre, la desdichada emperatriz Elizabeth de Baviera, recibía un tímido soplo de aire fresco. María Valeria fue uno de los pocos miembros de su familia que la hizo feliz, que estuvo siempre a su lado, que consoló su traumatizado corazón hasta el final de su vida.

 

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María Valeria nacía en el castillo húngaro de Gödollo, lejos del estricto protocolo de la corte vienesa; lejos de la archiduquesa Sofía, su rígida abuela; rodeada de sus padres, quienes se encontraban en Budapest donde habían sido coronados un año antes como reyes de Hungría. Y es que fue la persona de la emperatriz, su acercamiento al pueblo y a las ideas liberales del coronel rebelde Gyula Andrássy los elementos claves para que el emperador Francisco José consiguiera dominar el conocido a partir de entonces como Imperio Austro-Húngaro.

La última hija de Elizabeth llegaba tras una traumática experiencia con la maternidad. Primero la separación de sus hijas pequeñas Sofía y Gisela de sus propios brazos por orden de la todopoderosa suegra, la archiduquesa Sofía, turbaron sus sentimientos de madre primeriza. Pero la muerte de su hija primogénita en parte por su culpa al haberse empeñado en llevarse a las pequeñas de viaje, hundieron a Sissí en una profunda y terrible depresión.

Gisela volvió a los aposentos de su abuela y el pequeño Rodolfo, nacido en 1858, sufrió una estricta educación militar hasta que su madre, por fin, reaccionó y decidió volver a tomar, en parte, las riendas de su vida personal.

Pero no sería hasta la llegada de su hija húngara, como en Viena se la llamaba peyorativamente, que la emperatriz volviera a sentirse capaz de ser madre y ejercer como tal hasta el fin de sus días. María Valeria estuvo al lado de su madre estableciendo un estrecho vínculo que duró toda su vida. Estuvo a su lado en muchos de los viajes que la emperatriz necesitaba para sentirse libre y, sobre todo, en el insufrible dolor que ambas soportaron con la dramática y misteriosa muerte del heredero, hijo, hermano Rodolfo en aquel fatídico 30 de enero de 1889 en Mayerling cuando él y su amante fueron descubiertos brutalmente asesinados. La sombra del suicidio terminó de ahondar en la imborrable herida de la madre Elizabeth.

 

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Aquel mismo día en que su hermano fue encontrado muerto, María Valeria iba a celebrar su fiesta de compromiso. Iba a casarse por amor, algo que su madre siempre quiso para ella y el resto de sus hijos. Pero la princesa esperó al lado de su madre, una sombra de lo que fue, quien solamente consintió en abandonar por unas horas el luto cuando vio a su amada hija María Valeria casarse con su primo, el Archiduque Francisco de Austria unos meses después.

Convertida en esposa, María Valeria dejó de acompañar a su madre en su largo peregrinar por el mundo pero su relación continuó siendo un vínculo eterno. Se visitaron mutuamente en varias ocasiones. La última, el 15 de julio de 1898. Nadie podía imaginar el triste final de la Emperatriz Elizabeth en Ginebra escasos dos meses después, a manos de un anarquista que terminó con su vida apuñalándola con un estilete cuando se disponía a subir a un barco en el lago Lemans.

María Valeria sobrevivió a su madre, de quien, además de ser una buena hija, fue una gran amiga y compañera en el triste viaje de su vida como emperatriz. Fue ella quien la animó a recopilar los hermosos versos escritos desde el fondo de su corazón y quien intentó en vano cumplir el último deseo de su amada madre. Elizabeth quería descansar eternamente en Corfú pero su rango imperial la condenó a reposar para siempre en la fría cripta de los capuchinos de Viena.

Elizabeth de Baviera y María Valeria fueron emperatriz y princesa imperial, pero, por encima de todo, fueron madre e hija. Establecieron uno de los vínculos más fuertes que dos seres humanos pueden forjar.

 

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