Monumento de amor en Luxor

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Por Antonio Costa

Estaba en Luxor y pasé al otro lado del Nilo para visitar el Valle de los Reyes, donde están las tumbas con pinturas alucinantes de los faraones. Pero antes pasé por los Colosos de Memnon, donde están las enormes estatuas maltrechas que quedan del templo de Amenofis III. Por no sé qué causas físicas emitían un sonido y los griegos creían que Mennon llamaba a su madre, la diosa del Amanecer. Y luego pasé por el grandioso templo de Ramsés II, donde se ve su estatua grandilocuente tirada en trozos en el suelo. Y luego vi el grandioso templo de la reina Hatshesupt y eso fue lo que me impresionó para siempre.

Había varias escalinatas y terrazas gigantescas hasta llegar al templo excavado en la montaña, que se llama El esplendor de los esplendores. Parecía como si fuera una escalera gigantesca para llegar a la Reina. La montaña se levantaba a pico detrás creando una sombra gigantesca en mitad del desierto. Y la reina estaba enterrada allí, como metida en las entrañas de la tierra. Resultaba algo increíble entre la desolación del desierto. En la segunda terraza había pinturas y relieves.

Hatshesupt reinó a partir de 1490 antes de Cristo. Primero compartió el poder con su sobrino Tutmosis III, pero luego se proclamó faraona. Y no solo eso, sino que declaró la Teogamia y se proclamó hija del dios Amón. Es decir una diosa. Pero reinó en paz y no molestó a su sobrino. Hizo una expedición al país del Punt (Somalia) para buscar incienso y mirra. Pero a su muerte Tutmosis III maltrató el santuario, mutiló estatuas, borró relieves. Y aún así sigue maravilloso.

Pero en la antigüedad debía de ser increíble. Estaba rodeado de jardines y de árboles de mirra. Y se llegaba por una avenida de Esfinges. Es decir, se entraba en medio de preguntas y animales de sueño. Más tarde los cristianos debieron de encontrar el lugar muy sugerente, porque instalaron allí un monasterio, Deir el Bahari, que significa El convento del Norte. Y le llamaron El sublime de los sublimes.

Pero Hatseshupt atraviesa los siglos y las religiones hasta nosotros. Y nos enamoramos de ella. Se habla de la reina Nefertiti y de su expresión lánguida en el Museo de Berlín (“Quisiera llevarle a Nefertiti/ en una troika a Pushkin”, escribió el ruso Evgeni Evtuchenko) , pero si nos fijamos en una cabeza que hay en el Museo de El Cairo veremos una belleza increíble. Unos ojos enormes y ovalados, unos labios sensuales, unas orejas como caracolas marinas. Y una nariz que parece acariciarnos la piel. Seguimos estando fascinados por ella.

Deir el Bahari lo construyó su arquitecto Senenmut. Se supone que fueron amantes y hay bastantes indicios que lo indican. Una estatua de basalto representa a Senenmut protegiendo entre sus brazos a la hija de Hatseshupt , Neferura. En una cámara secreta del santuario se encontró un relieve que representa a la reina teniendo relaciones sexuales con un hombre al que se identifica como Senenmut. Y se construyó una tumba junto a ella en Deir el Bahari (aunque tiene otra en el Valle de los Nobles, es un misterio). En todo caso fue el director de sus obras reales durante muchos años. Y el protector de su hija. La gente siempre cree que las historias más bellas y apasionadas son falsas, porque la vida real siempre tiene que ser más rutinaria y vulgar. Pero la vida no siempre es vulgar y a veces se muestra arrebatadora y sublime. Tanto ahora como en el antiguo Egipto. Y la pasión ha atravesado siempre barreras sociales y reglamentos absolutos. Aunque tuviera que mantenerse en secreto, porque lo secreto es siempre lo más auténtico.

Hatshesupt significa “la dama de las damas”. Debió de ser decidida, apasionada y con fuerte personalidad. Su propio padre Tutmosis I debió de verlo, porque la nombró Heredera. Pero tuvo que aceptar a su hermanastro Tutmosis II antes de convertirse en reina. Pero luego su reinado fue benigno. Mandó construir el templo de Safet en Elefantina, la capilla roja en Karnak, y unos obeliscos nunca vistos en Asuán. Y quería inaugurar una dinastía femenina y nombró heredera a su hija Neferura. Pero al final su sobrino tomó el poder y ella quedó en la sombra. En sus últimos años meditaría con nostalgia en las posibilidades perdidas y tendría encuentros secretos con Senenmut.

También era viajera y quiso contar a todo el mundo su viaje al país del Punt. Fue allí para buscar mirra, ébano, marfil, cinamomo, incienso, pintura de ojos, monos, perros, pieles de pantera. En los relieves pintados se ven caravanas de personajes, algunos muy poco estilizados y con personalidad propia. Se ven árboles de incienso llenos de nervaduras y cestas que recogen su resina. Se ven camellos y palmeras y gente moviéndose intensamente. Todo está lleno de agitación y de vida, se siente una especie de entusiasmo y una inmersión en la naturaleza. Lo cual es propio de esa reina que en parte seguía las inclinaciones secretas de su naturaleza. Y que quiso ir a lo exótico para enriquecer lo cercano. Y como decía Novalis en su definición de romanticismo: dar a lo conocido la dimensión de lo desconocido.

Senemut construyó seguramente Deir el Bahari como un monumento de amor hacia ella. Realizó un diseño como nunca se había concebido antes. Trazó una serie de escaleras para llegar a su secreto. Dice la poeta japonesa Akiko Yosano: “De las innumerables escaleras/ que suben hacia corazón/ tú subiste solo dos o tres”. Pero Senenmut las subió todas.

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