TASQUIÑA CUNNILINGUS

Por Ramón J. Soria Breña

 

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Pensaba que era una broma de las tuyas, que nadie en su sano juicio o con un mínimo de experiencia comercial se atrevería a utilizar ese nombre para un restaurante serio, el marketing pone límites a lo políticamente correcto. Te reíste con la boca abierta, dejando que tu risa inundase la estrecha calle de la parte vieja de esta ciudad acunada por el mar más bronco que conozco. Y repusiste: ¿Qué pasa, es que la almeja feliz, el mejillón caliente, la chirla en salsa o la vieira de Venus serían mejor nombre para una tasca en la que solo guisan unos bivalvos? No pensaba que fueras tan puritano, precisamente tú. A mi me gusta mucho el nombre, ¿es que a ti no?. Y hasta me recitaste al volver la esquina un verso sagrado del Cantar de los Cantares 7:2 Tu vulva es un cántaro, donde no falta el vino aromático.

 

Pero no se trata de eso. Nada hay de erótico festivo en el lugar más allá de los guiños inocentones de las fotos de la carta y el nombre grabado y rotulado con dorada sencillez en una tabla de madera de raíz de nogal en la que también hay tallada una turística vieira. Tampoco los parroquianos que ocupan la barra y atiborran el pequeño comedor del fondo que da al puerto parecen muy aficionados a los versos de Salomón o a degustaciones equinocciales en el fin del mundo o en su principio, que diría Courbet. La tasca ofrece mejillones, ostras de varias calidades, zamburiñas, berberechos, almejones de carril, vieiras, carísimas orejas de mar, navajas, pechinas y otros ricos moluscos de la mismas familia lamelibranquia, guisados en su punto y a precios razonables que pueden acompañarse con vinos de la tierra: Monterrei, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro o Valdeorras. Su dueño, un cocinero cincuentón y simpático, se encarga de nomadear por los puertos cercanos de la Costa de la Muerte para comprar su fresquísima y deliciosa oferta de golosinas saladas. Indago en el porqué del nombre y no me dice nada, me guiña un ojo y se escapa a la cocina a por más comandas.

 

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Pedimos una botella de Albariño, unos mejillones al aroma de albahaca, unas vieiras apenas marcadas en la plancha y unas almejas del carril abiertas con un punto de vapor y casi crudas. Todo el mundo anda chupando y rechupando almejas, sorbiendo sus caldillos, practicando golosos y castos cunnilingus entre ruidosas conversaciones, brindis y carcajadas, estamos aún en España.

Una mulata con el cuerpo de un dibujo de Manara y la piel templada por el trópico sale de la cocina con nuestro último guisote, una fuente generosa de berberechos humeantes. Es Marina, su mujer, ¿qué miras tanto? Se burla mi amigota.

 

Pompeya

Pompeya

Hay a quienes no les gustan las almejas. Se intentan defender diciendo que saben demasiado a mar o a naufragio, que no les gusta ese tacto medio gelatinoso y medio vivo en la lengua o que esos bichos se alimentan de detritus y miasmas, planctomes infames y limos sospechosos. Tonterías. Son los mismos que rechazan beber el citado vino aromático alabado en el cantar de los cantares por el mismísimo rey Salomón, suponemos que en honor a la reina de Saba. Yo ya tengo en mi imaginación su mítica estampa, imagino que era de la misma estirpe africana que la guapa cocinera de este restaurante.

 

Hay quien tiene miedo a las palabras distintas, las almejas jugosas, los sabores profundos, la piel mestiza, chupar los caldos marinos o beber en exceso los vinos de esta tierra. Buscan extraños argumentos, patrañas elegantes, discursos agrietados, ñoños y puritanos. Si no sois de esos o de esas visitad esta sencilla tasca, podréis comer delicias escondidas y beber el elixir que guardaron los dioses en este lugar cerca del fin del mundo o de su origen.

 

 

 

 

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