Día 4 de Octubre. San Francisco de Asís. Juglar de Dios

Por Teresa Hage

Francesco, Cimabue, Basílica de San Francisco

Retrato de San Francisco de Asís, 1278, Cimabue, Basílica de San Francisco, Asís.

 

“Conozco a Cristo pobre y crucificado, y eso me basta”, decía San Francisco de Asís, cuya fiesta se celebra cada 4 de octubre y a quien el Papa, que lleva el nombre de Francisco por este Santo, lo definió como hombre de armonía y de paz.

Nació en Asís (Italia) hacia 1182, hijo de un rico mercader de tejidos. De joven ayudó a su padre en el comercio y fue el rey de la juventud gastando el dinero con ostentación. Sólo le interesaba “gozar de la vida”. Participó en la guerra de su ciudad contra Perusa; la cárcel que sufrió y la enfermedad que contrajo le iniciaron en un nuevo camino, por el que Dios lo fue conduciendo hasta su plena conversión. Renunció a su herencia, abrazó la vida evangélica, se desposó con Dama Pobreza, atendió a pobres, enfermos y a leprosos.

Cierto día, mientras oraba en la iglesia de San Damián, le pareció que el crucifijo le decía: “Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas”. Entonces, creyendo que se le pedía que reparase el templo físico, fue y vendió telas de la tienda de su padre, llevó el dinero al sacerdote del templo y le pidió vivir allí. El presbítero aceptó que se quedara pero no el dinero. Su padre lo buscó, lo golpeó furiosamente y, al ver que su hijo no quería regresar a casa, le exigió el dinero. Francisco, ante el consejo del obispo, le devolvió hasta la ropa que llevaba encima, quedándose desnudo.

 

San francisco, Giotto,

Renuncia a los bienes, escena de la vida de San Francisco, 1290, Giotto, Basílica de San Francisco, Asís.

 

Más adelante ayuda a reconstruir la iglesia de San Damián y de San Pedro. Con el tiempo se traslada a una capillita llamada Porciúncula, la cual reparó y se quedó allí a vivir. Por los caminos solía saludar diciendo: “La paz del Señor sea contigo”. Su radicalidad de vida fue atrayendo a algunos que querían hacerse sus discípulos y se le fueron uniendo compañeros que querían vivir como él. En 1210 Francisco redactó una breve Regla y junto a sus amigos se fue a Roma y se presentó al Papa: Inocencio III aprobó su forma de vida, que consistía en seguir las huellas de Cristo que adora al Padre, ama todo y a todos, predica incansablemente la penitencia y conversión y vive en la pobreza. El Santo hizo de la pobreza el fundamento de su orden y a pesar de ello, siempre se le veía alegre y agradecido. Su humildad no era un desprecio sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que “ante los ojos de Dios el hombre vale por lo que es y no más”.

“Hay muchos que tienen por costumbre multiplicar plegarias y prácticas devotas, afligiendo sus cuerpos con numerosos ayunos y abstinencias; pero con una sola palabrita que les suena injuriosa a su persona o por cualquier cosa que se les quita, enseguida se ofenden e irritan. Estos no son pobres de espíritu, porque el que es verdaderamente pobre de espíritu, se aborrece a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla”, decía.

Junto a santa Clara fundó la Segunda Orden, la de las Clarisas, y a los seglares les dio directrices para vivir el Evangelio en su estado y condición, la Tercera Orden. En 1223, Honorio III aprobó su Regla definitiva. En septiembre de 1224, sobre el monte Alverna, las Llagas de Cristo quedaron impresas en el cuerpo de Francisco, quien murió en la Porciúncula al atardecer del 3 de octubre de 1226.

 

 

 MENSAJE DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

Benedicto XVI, Ángelus, Asís.

 

Basílica de Asís

Interior de la Basílica de San Francisco, Asís (Italia).

«Hace ocho siglos, la ciudad de Asís difícilmente habría podido imaginar el papel que la Providencia le asignaba, un papel que hoy la convierte en una ciudad tan famosa en el mundo, un verdadero «lugar del alma». Le dio este carácter el acontecimiento que tuvo lugar aquí y que le imprimió un signo indeleble. Me refiero a la conversión del joven Francisco, que después de veinticinco años de vida mediocre y soñadora, centrada en la búsqueda de alegrías y éxitos mundanos, se abrió a la gracia, volvió a entrar en sí mismo y gradualmente reconoció en Cristo el ideal de su vida. Mi peregrinación de hoy a Asís quiere recordar aquel acontecimiento, para revivir su significado y su alcance.

Me he detenido con particular emoción en la iglesita de San Damián, en la que san Francisco escuchó del Crucifijo estas palabras programáticas: “Ve, Francisco, y repara mi casa” (2 Cel 10). Era una misión que comenzaba con la plena conversión de su corazón, para transformarse después en levadura evangélica distribuida a manos llenas en la Iglesia y en la sociedad.

En Rivotorto he visto el lugar donde, según la tradición, estaban relegados aquellos leprosos a quienes el santo se acercó con misericordia, iniciando así su vida de penitente, y también el santuario donde se evoca la pobre morada de san Francisco y de sus primeros hermanos.

He pasado por la basílica de Santa Clara, la «plantita» de san Francisco, y esta tarde, después de la visita a la catedral de Asís, iré a la Porciúncula, desde donde san Francisco guió, a la sombra de María, los pasos de su fraternidad en expansión, y donde exhaló su último suspiro. Allí me encontraré con los jóvenes, para que el joven Francisco, convertido a Cristo, hable a su corazón.

En este momento, desde la basílica de San Francisco, donde descansan sus restos mortales, deseo hacer mías sobre todo sus palabras de alabanza: “Altísimo, Omnipotente, buen Señor, tuyas son la alabanza, la gloria y el honor y toda bendición” (Cánt 1). San Francisco de Asís es un gran educador de nuestra fe y de nuestra alabanza. Al enamorarse de Jesucristo, encontró el rostro de Dios-Amor, y se convirtió en su cantor apasionado, como verdadero “juglar de Dios”. A la luz de las bienaventuranzas evangélicas se comprende la bondad con que supo vivir las relaciones con los demás, presentándose a todos con humildad y haciéndose testigo y constructor de paz.

Considero mi deber dirigir desde aquí un apremiante y urgente llamamiento para que cesen todos los conflictos armados que ensangrientan la tierra, para que callen las armas y por doquier el odio ceda al amor, la ofensa al perdón y la discordia a la unión. Sentimos espiritualmente presentes aquí a todos los que lloran, sufren y mueren a causa de la guerra y de sus trágicas consecuencias, en cualquier parte del mundo.

San Francisco, hombre de paz, nos obtenga del Señor que sean cada vez más los que aceptan convertirse en «instrumentos de su paz», a través de miles de pequeños gestos de la vida diaria; que a cuantos desempeñan papeles de responsabilidad los impulsen un amor apasionado por la paz y una voluntad inquebrantable de alcanzarla, eligiendo medios adecuados para obtenerla.

La Virgen santísima, a quien el poverello amó con ternura y cantó con palabras inspiradas, nos ayude a descubrir el secreto de la paz en el milagro de amor que se realizó en su seno con la encarnación del Hijo de Dios».

 

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