Hipócritas

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Por Leo Castillo

Nuestro pretendido amor por los animales: pues no hay tal. Las malditas amas de casa llorando por la pérdida de su mascota, son tan melodramáticas en esto tanto como en lo atinente a su falso amor por sus esposos. Todos sabemos que lo que se baraja no es sino el balance viable de una empresa familiar. Que eso es un hogar, digámoslo por fin: una microempresa. Y la mujer lleva el libro de cuentas. De modo, Fulanito de Tal, que no te libres a tantas cábalas y suspicacias. El asunto es esencialmente económico, y si no eres rentable, pues no quedan sino dos opciones a tu yugo: aguantar cachos, o ver subastado al mejor postor el destino de tus sueños (los viejo ya acuñaron el adagio “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por a ventana.) Pero de cachones revienta el mundo, de modo que no te habrás de sentir particularmente señalado por el infortunio, ni resbalar en ninguna vulgar y poco viril susceptibilidad. Acepta que tu mujer se vaya con otro y tú, con tus desmirriados recursos, pégate a la primera que pique. O vive como san Pablo, que pues fíjate cuánto y durante tanto le rinde su celibato a muchos. Sacrifícate también tú en aras de la salvación de la humanidad o de cualquier otra causa irracional y desde luego ilusoria.

Pero no es ahorita éste nuestro tema. Lo que deseamos desenmascarar es la hipócrita presunción de amor a las mascotas. Nada de cierto hay en esas cartas de lectores tan frecuentes en nuestros diarios, ni en los anexos que atiborran nuestros correos con lloriconas gazmoñerías acerca de los indefensos animalitos sometidos a una absurda existencia junto a esta descaminada institución burguesa: la familia. En dichos envíos se duelen hasta los mocos nuestros congéneres del abandono de perritos y gatitos. Hipócritas. Te contaré una historia. Vivo en uno de estos mal llamados aparta-estudios que rentan en los barrios estrato 3 de nuestras ciudades tercermundistas (estrato 3 acá es el equivalente a zonas deprimidas en los países desarrollados.) Durante la noche, mi alma se resquebraja ante la misma escena. Un bello gato blanco como la luna se aposta ante mi puerta, tratando de entrar. Esto sucede entre las 21 y las 5 horas (ya habrás advertido que soy escritor, esto es, un tonto ocioso que, sin oficio viable en nuestras sociedades, quema horas, días, semanas enteras, meses, años, como quema cigarrillos baratos, fuma marihuana, o bebe licores de legalidad dudosa, dado un poco, cómo no, a esta salomónicamente avalada afición a los tragos, escribiendo, leyendo). Te digo que se me rompe el corazón. Ese dulce ejemplar felino se aposta allí, ante mi puerta, que da al patio, y con su fino hociquillo se da a hozar, tratando de removerlo, el anjeo que me protege de esas otras mal queridas mascotas no por indeseables menos inseparables, siempre fidelísimas del pobre, a las que nadie adopta ni profesa el menor cariño: los zancudos.

¿Por qué desea entrar este felino a mi habitación, y de quién coños es? Lo ignoro. Más hay algo de lo que sí estoy positivamente seguro. Su dueña duerme…, ¡oh!, claro, tal vez deba decir dueño. Pero esto es indiferente, y puesto que estadísticamente, los hombres no lloramos por mascotas más que por la pérdida de un partido de fútbol, se me excusará la precisión de género.
El asunto es que su dueña, plácidamente, sueña a pierna suelta al lado de su desgraciado compañero con un destino al lado de otro hombre con más agallas. Su gato la trae sin el menor cuidado. Esto es problema mío, que soy escritor, y tengo el deber de preocuparme por lo que a mis semejantes les importa un pito. Digo que todas las noches la huérfana maravilla blanca viene y se echa allí mientras tecleo. Todos sabemos que el gato es un animal de hábitos nocturnos, como los escritores. Pero la dueña, maldita la noción que de esto tiene, o lo que se le da que el animalito se precipite en esta profunda soledad cósmica para la que no ha venido al mundo. Porque, a diferencia de los escritores, el felino es un ser al que le gustan los animales humanos, amén de sus semejantes. Vive a placer con nosotros, y casi nunca nos abandona, actitud que no comparte con nuestras mujeres. Es apenas justo que la dueña de este ejemplar, como las de tantos miles (solamente en Nueva York hay dos millones cuatrocientos setenta mil doscientos doce gatos, según datos del N. Y. Times), sacrifiquen cada noche unas cuantas horas de sueño (digamos hasta las tres o cuatro de la madrugada) a fin de no dejar abandonados al insomnio tenaz de esta especie, a sus solas mascotas durante tantas horas. A ellas que no trabajan (por algo soportan un marido), ¿qué tanto les puede costar este piadoso “sacrificio”? Pero no. No señor. La soledad de estas criaturas, según ellas, no está presupuestada en los guarismos de la economía doméstica. No es éste su deber.

De manera que la buena señora duerme, dije, a pierna suelta, mientras yo guerreo con las ineptas palabras intentando hacer entender a mis semejantes que no son, ni en sueños, tan delicados ni atentos como fingen ser en esas hipócritas reuniones en que se jactan de su amor por las mascotas.

“¡Gatito!”, grito. “¡Miau!”, me responde. A veces creo que es al revés. Que ¡miau!, le digo, y que ¡gatito!, contesta la preciosa bestia. A veces no sé quién sea el huérfano en el fantástico mundo de los animales insomnes.

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