Compartiendo Samovar con Chejov

Por Antonio Costa

 

 

   Una vez cogí un tren en Rostov del Don para ir a Taganrog, a orillas del mar de Azov (una prolongación secreta del mar Negro, una especie de mar en miniatura que en realidad es una bahía clausurada) , porque allí había nacido Chejov y no podía dejar de visitar su casa. Era una tarde de agosto y el tren iba lentamente , y a ratos bordeaba el mar, y a veces paraba mucho en estaciones donde se subían campesinos con cestos de huevos o algunas parejas susurraban junto a las ventanas. La estación de tren era elegante como una sala de té amarilla con grandes ventanales.

       Era una casa humilde de madera verde metida en un jardín. Estaban los objetos donde pasó su infancia Chejov ,   la sala de estar con las tacitas y un samovar, las ventanas pequeñas que dejaban pasar la luz humilde y milagrosa, la cama detrás de un cordón que impedía pasar, los suelos de madera donde nuestros pasos crujían. Una cuidadora me dijo que no podía saltar el cordón , pero después, como si yo fuera alguien muy especial, me dijo con una sonrisa secreta que podía pasar y hacerme una foto. Más tarde vi que le hacía lo mismo a otro visitante. Una silla ligera de madera estaba junto a una cama de madera con volutas , como si no necesitara muchas ceremonias para dormir, igual que sus escritos estaban carentes de ceremonias. Y en el baúl parecían caber todas sus cosas, y un icono raquítico en una esquina parecía señalar una religión de “por si acaso” . Se veían las mesas camillas cubiertas con manteles de hilo, los aparadores con la vajilla burguesa de aquella época, el despacho con el escritorio de hule verde y los retratos minúsculos.

     Parecía una casa adecuada para sus obras, que también eran obras sencillas, sin grandes construcciones ni grandes retóricas, que hablaban de gente humilde con mirada de médico, de sus frustraciones, de sus soledades, de sus nostalgias. Se adaptaba a sus cuentos como retazos impresionistas donde captaba secretos de la vida como sin quererlo, a sus obras de teatro donde hablaba de seres fracasados que se quedaban sin sueños, como el tío Vania, como la gaviota, como los viejos amantes frustrados del jardín de los cerezos, como si la vida entera fuera un renunciamiento, como si nos robaran el soplo. Y las grandes construcciones parecían escamoteos, grandes promesas que se quedaban en nada, y todos éramos como animalitos indemnes que nos quedábamos sin palabras, como enfermos en el pabellón numero 6, como damas con perrito que vagan por los balnearios o por las calles de Moscú. Él despreciaba el simbolismo porque le parecía un escamoteo, en una de sus obras lo ridiculiza, pero en el negativo de esas vidas cansadas se ve todo lo que falta, toda la evocación que deja sus huellas en los rostros de las personas.

   Y yo estaba allí tratando también de ser sencillo y humilde, intentando conectar con él a través de los siglos, tocando aquella sencillez cotidiana de los lugares donde creció, como si yo mismo estuviera viviendo también allí ahora, como si cada rincón y cada trozo de luz que atravesaban los visillos fuera como sus palabras transparentes y evocadoras y ligeras como bordados. Allí estaba un hombre que había visto sufrir a los hombres, que los veía a todos como víctimas con una sensibilidad de médico que capta los dolores, antes de que él mismo tuviera que ir a atrapar el aire curativo del Mediterráneo en Niza , de que él mismo se convirtiera en un ser fatigado que persigue el aliento y cada trozo precioso de vida.

   Taganrog también era una ciudad humilde y ligera, con casas verdes de poca altura, con paseos con barandillas junto al mar, con playas con tumbonas de madera, con avenidas que descienden entre espesura, con parques y viejas elegancias secretas, y calles de piedra que casi se comían los árboles, y escalinatas que tapaban los sauces llorones. Allí también estuvo Pushkin y situó su cuento de hadas “Ruslan y Ludmila”, allí se murió o desapareció el zar Alejandro I, parecía un lugar adecuado para evaporarse y convertirse en literatura, como el zar se convirtió en “El misterio de Alejandro I” de Dimitri Merejkowski. Y a pesar de la desconfianza de Chejov hacia toda mística allí flotaba un poco de mística rusa, de esa que no puede negarse en cada rostro excavado, en cada icono lleno de fiebre de Dostoievski.

   Fui a un restaurante, los rusos comen en bares y los restaurantes son para ellos propios de la alta sociedad, pero para mí a mediados de los noventa aquello no resultaba muy caro, y me sirvieron una comida compleja y lenta en una mesa redonda, en medio de paredes tapizadas, con candelabros retorcidos y con un camarero que flotaba de vez en cuando para preguntar si todo iba bien, como si yo estuviese metido también en una novela decimonónica o me pusiese a hablar con las actrices grandilocuentes de las obras de Chejov desenmascaradas en provincias.

 

 

 

 

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