¿Dónde está ‘La novia del viento’?

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Por Antonio Costa  

El museo de Basilea ha cerrado por un tiempo y algunas de sus obras han venido al museo Reina Sofía y al Museo del Prado. Han venido obras estupendas, “Senecio” de Paul Klee, “Cabeza pensando” de Giacometti, “Muchachas en el camino” de Edward Munch, “Máscaras” de Emil Nolde. Pero ¿dónde está “La novia del viento” de Oskar Kokoschka? ¿No me dirán que lo han olvidado en algún almacén subterráneo? Es una de las obras más intensas del siglo XX, es una de las que más me han apasionado siempre. Se puede comparar con “El grito” de Edward Munch. Pensaba ir a Basilea solo por ver esa obra.

     El expresionismo fue un grito contra las formalidades burguesas,   una revuelta espiritual contra el materialismo burgués, una reivindicación de lo subjetivo,   un propósito de recuperar la vida y el latido, un descubrirse por la pasión, una especie de profetismo entre las sociedades anquilosadas. Y “La novia y el viento” fue uno de sus cuadros más representativos. Y ahora haría falta otro expresionismo contra tanta tecnocracia y cosificación.

   Deshechos, casi mezclados con el entorno, los amantes se abrazan, todo se convulsiona en torno a ellos, el cosmos entero parece participar en su pasión, árboles, cielos, sombras, curvas incognoscibles, movimientos, todo lo que nos aleja de las ciudades burguesas, se trata de volver a lo original, a la tierra, esos amantes se tocan y se poseen, no solo se lanzan mensajes por un teléfono móvil.

   Los colores son oscuros y poco complacientes, los amantes están casi desnudos, con las ropas revueltas, sus rostros casi se deshacen,   están en una calma abismal después del orgasmo , no están en una cama doméstica sino en el suelo, no hay matrimonio, no hay ceremonia, no hay ecos de sociedad, hay pasión, ellos están en el final de la noche como en la novela de Celine, tienen un amor que rompe todo, que se agita vertiginoso como un sueño, que se descontrola.

   El amante es el viento, ese viento del expresionismo que lo dinamiza todo, que barre tantas costumbres oxidadas, tantas frases vaciadas de sentido, tantos tópicos, un viento que nos asusta y nos inquieta y nos hace ser nosotros mismos, el viento que siempre ha simbolizado el espíritu, la vitalidad, desde los tiempos en que el ángel del Evangelio agitaba las agua de la piscina milagrosa, un viento antiburgués que rompe las seguridades opacas, y saca a la mujer de su marasmo y la hace ser mujer de verdad, la arranca de su casa y de sus tópicos y de todas las abstracciones, y la lleva a la tierra y a la noche. Y también todos nosotros necesitamos un viento que nos inspire y nos conecte con la vida profunda y no nos deje ser como simples máquinas programadas.

       Oskar Kokoschka agitó con sus obras el ambiente de Viena y después de Berlín en la primera mitad del siglo XX. Participó en la revista de Viena “La tormenta”. En sus cuadros el universo entero se agita, y las masas se confunden y los colores fornican . Las ciudades parecen salvajes, los hombres se mezclan con el caos del mundo, todo lo recorre una vibración sin descanso. El mismo tenía una cara de leñador amenazante, como una especie de Picasso más compacto , como si hubiera venido a romper todos los cacharros de la tienda. Las parejas se mezclan enloquecidas, las calles parecen flotar en el aire, las damas de sociedad se desdibujan en un sueño. También era escritor y empezó provocando con “El asesino, esperanza de las mujeres”. Y escribió una autobiografía “Mi vida”, en que habla de sus relaciones con músicos, artistas y poetas en la efervescencia de las ciudades centroeuropeas.

   Comentó el error de aprobar en 1907 un examen para la Academia de Bellas Artes de Viena en el que suspendió un pintorzuelo mequetrefe que se llamaba Adolfo. Tal vez hubiera sido mejor que suspendiera y que aprobara aquel atorrante sin ideas. Porque al fin y al cabo Kokoschka no era un hombre de academias y tal vez si el otro hubiera aprobado se dedicaría a pintar cuadros como cromos y no estaría tan amargado e impotente y no se lo haría pagar a sesenta millones de personas.

   Dicen que “La novia del viento” representa su relación tormentosa con Alma Mahler, una mujer que ya había estado casada con una tormenta que se llamaba Gustav Mahler y a la que representa en toda su fuerza Ken Russell en su película “Mahler”. Los dos estaban enloquecidos en su relación amorosa (“ si utilizas la fuerza de tu alma y la belleza de tu cuerpo entonces tú serás el motivo de mi vida , me darás fuerzas y tú y yo seremos uno”). Pero cuando rompieron Kokoschka quiso decir que sus momentos juntos lo arrasaban todo y perdurarían para siempre. El era el viento pero ella no era menos viento que él. Y los dos agitaban con fuerza la tierra. Y se habían hecho fieles al sentido de la tierra como quería Nietzsche. Se lanzaban al suelo desnudos y desgarrados olvidándolo todo. Desde luego no se parecían a una pareja que vi hace poco en Venecia: ella hablaba durante horas por el móvil y él resignado bromeaba con los niños de una mesa vecina.

   Tendría que venir un viento y arrancarnos a todos de nuestros mecanicismos y hacernos vivos de verdad otra vez y hacernos saltar por los aires como las figuras de Chagall o como estos seres apasionados de Kokoschka a los que la pasión vuelve a la vida y arrebata hacia el cosmos y la tierra y la noche.

 

 

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