Cojimar, donde el viejo entró en el mar

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Por Antonio Costa

   Cojímar es un pueblo a siete kilómetros de La Habana. En una esquina hay un fuerte con troneras y hay un embarcadero. Un paseo con líneas azules bordea el mar hasta allí. Y hay una pérgola circular y en medio hay un monumento a   “El viejo y el mar”. Hasta hace unos años se podía hablar con Gregorio Fuentes, el pescador que inspiró la novela de Hemingway, y contaba cosas sobre el gringo. En los años cuarenta había aparecido allí un tiburón fantástico, al que llamaron El Monstruo de Cojímar, y que inspiró una película de Steven Spielberg.

   Paseamos por allí acordándonos del gran hombre. Contemplamos casas con galerías con los colores desconchados. Vimos casas tropicales con las paredes de madera y ventanas que abren hacia fuera. Esas casas que se enfrentan a los volcanes como insectos en una tormenta, llenas de intensidad y de tragedia. Miramos casas coloniales de las que solo quedaban las columnas.

   Estuvimos en el restaurante La Terraza por cuyas ventanas entraban todas las vitalidades del Trópico. Tomamos una mariscada interminable regada con vino blanco y cervezas. Las paredes estaban llenas de fotos en blanco y negro del escritor de la barba con su desfachatez y su desafío, diciéndole a la vida: aquí estoy. A veces estaba bebiendo, en otras mostraba capturas, a veces simplemente ofrecía su barba y su visera al tiempo. Pero el blanco y negro le daba inevitablemente encanto y melancolía. Era algo que había pasado, era una leyenda y era la vida. Nos sentamos en una esquina al lado de su busto. Por las ventanas tan abiertas entraban todas las luces locas del Caribe.

     Hemingway escribió “El viejo y el mar” pensando en sí mismo enfrentado a la vida o la muerte. El también podría ser vencido, pero no humillado. Opondría al tiempo todas las tenacidades, todas las energías de su vida. Se enfrentaría a todas las tormentas, a todas las trapacerías del mar. La literatura sería su arma. Buscaría un estilo que fuera contundente, que tuviera energía y empuje, trágico y vitalista, que no tuviera ni pizca de palabrería. La literatura sería una aventura igual que su vida. Y sería una tragedia dionisíaca.

   Del mismo modo el protagonista de “Fiesta” no tenía testículos pero quería amar a su mujer en Pamplona o Madrid y estaba dispuesto a todo para ello. Su mujer se acostaría con otros, y él sería tal vez un payaso como el de Polanski en “Cul de Sac” pero no dejaría de encontrarse siempre con ella. Y también en “Las nieves del Kilimanjaro” o “Las verdes colinas de Africa” su vida sería una aventura semejante a la de la pantera que aparece no se sabe cómo en lo alto del Kilimanjaro o a la de las gacelas que caza fascinado. Su vida solo era una y tenía que vivirla en la Tierra aunque sus aviones se estrellasen. Y si “París era una fiesta” era porque él quería que lo fuera. Su vida siempre tenía que ser una fiesta y una expedición continua o no valía la pena vivirla. Y por eso se pegó un tiro en las Montañas Rocosas. Porque ya no era joven y el quería seguir siendo joven. Porque su cuerpo fallaba y él quería seguir teniendo un cuerpo. Y poder salir a pescar como en su yate en Key West o a emborracharse sin fin. Nunca quiso ser un viejo recordando.

   Y eso es lo que le enseñaba aquel viejo en Cojímar. Como él, quería salir a las tormentas y a las inmensidades del mar. Él conocía el mar íntimamente igual que conocía la vida. Al final la vida podría con él pero no sin haber luchado antes. Y por eso apoyó a aquella Cuba esperanzada contra una dictadura sórdida y a la república española contra otra dictadura inminente. Porque quería la vida con todas sus posibilidades. Y nos decía que las campanas doblan por nosotros. Para que salgamos a luchar por la vida.

     Había estado con Hemingway en el Floridita en La Habana. Y había estado en su chalet de las afueras de La Habana donde estaba el yate llenando el jardín y había vagado por sus cuartos donde había montones de libros y pieles de animales sobre los sofás y botellas de ron en las ventanas. Pero ahora era más emocionante en Cojímar. Y me asombraban las casas rosa que desafiaban todas las tormentas. Y pensaba en la admiración de Pedro Juan Gutiérrez por Hemingway, también para él la literatura era algo vital, enérgico, descontrolado, nada académico. Y me acercaba al agua con aquella paz llena de reverberaciones. Y me iba al final del embarcadero y me sentía en medio del mar. Y pensaba en las viejas fotos, con las redes colgando y las barcas boca abajo en mitad de la arena.

     Hemingway visitaba muchas veces este pueblo desde su chalet en La Habana. Fue con su barco El Pilar desde Key West y lo atracó en el pueblo. El pescador Gregorio Fuentes le servía de guía en sus correrías en el barco y le inspiró el personaje del viejo que como él se enfrenta con el mar y rivaliza con un tiburón. Que habla de tú a tú con el mar y lo conoce en todos sus momentos. Y que leen en todo el mundo tantos jóvenes que empiezan a luchar con la vida: “El hombre no está hecho para la derrota. El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

 

 

 

 

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