Siempre amaré París

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Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

     Desde que era niño soñé con vivir en París. París siempre será París, digan lo que digan. Ya lo dice el protagonista de “Un sueño siciliano” de Leonardo Sciascia. El sueño del siciliano es vivir en París. También es el mío. Y me comprendería el protagonista de “Medianoche en París” de Woody Allen, el hombre que ama Nueva York y París, las capitales de la bohemia.

   Jean Rhys vagaba por París y en “Ancho mar de los Sargazos” nos contó quien era la mujer metida en el desván por su marido en “Jane Eyre”, por qué esa mujer que representaba la vibración y la sensualidad del Caribe acabó loca a causa de la frialdad de su marido.   Katherine Mansfield decía en su Diario de París en los años veinte que algo la conmueve sin saber qué es, una aspiración alegre y dulce.   Marguerite Duras pulía “El amante” en su apartamento de Saint Germain des Prés , con el sabor de las panaderías deliciosas y los bares intensos.

     Colette vivía en la parte de atrás del Palais Royal y escribía los “Cuentos de las mil y una mañanas” y decía :“Imito la malicia en acecho, la exigencia acariciadora, la eléctrica turbulencia de una gata en celo”.   Anais Nin escribía en París sobre David Herbert Lawrence y su genialismo sexual, y sobre Henry Miller y su vértigo vitalista, y sobre Antonin Artaud y su locura visionaria,   y cuando tuvo que irse escribió : “Era el final de nuestra vida romántica”. Ya en el siglo XV Christine de Pisan   escribía en París un libro titulado “Solita estoy y solita quiero estar”, atacaba a los hombres matones que juran y presumen, criticaba el amor cortés que hieratizaba a las mujeres , expresó opiniones originales sobre todas las cosas .

   París siempre significó libertad, arte, creatividad, rebeldía, novela. En París surgió el gótico, la democracia, el arte moderno, el existencialismo con su invitación a existir antes que pensar, el jazz europeo, la bohemia, la vida de los estudiantes, la imaginación. Y las mujeres contribuyeron decisivamente a ello.

        El poeta chino Xu Zhimo se paseaba por el Barrio Latino, escribía sus “Impresiones de París” y hablaba del   xingling, la sensibilidad misteriosa. Rimbaud paseaba por el Jardín de Luxemburgo e inventó visiones asociadas a las vocales : “A negra, E blanca, I roja, E verde, O azul”.   Isadora Duncan bailaba por las mañanas en el Jardín del Hotel Biron, donde se había instalado Auguste Rodin. Y desde una ventana la vigilaba Rainer María Rilke y escribía “¿En qué instrumento estamos extendidos?/¿Qué violinista nos tiene en la mano?”.

     Robert Desnos encontró a su mujer misteriosa en el parque Montsouris, el Monte de los Ratones: “Tanto he soñado contigo, /que pierdes tu realidad. / Tanto he soñado contigo/ que mis brazos acostumbrados a cruzarse sobre mi pecho/ abrazan tu sombra”.     André Breton y iba a buscar fantasmas por la noche al parque Buttes Chaumont y escribía: “Que no daría yo para que un brazo del Sena se deslizara bajo la Mañana./ de todas maneras perdida” . En el parque Monceau paseaba de niño con su niñera Marcel Proust, avanzando entre los lagos suaves y los senderos y las casitas de madera, cuando aún no lo había invadido con todo su esplendor la magdalena que mojaba en el té en la casa de su tía Leoncia para enseñar al mundo entero los prodigios del recuerdo involuntario.

   París siempre significó libertad, arte, creatividad. Durante ocho siglos todo lo vivo y vibrante surgió en París. Una vez en París a unos locos se les ocurrió acabar con el Antiguo Régimen y escribir que todos los hombres tenían derechos. En el mundo entero todas las mujeres atractivas querían ser parisienses. Todas las ciudades que querían ser elegantes y animadas decían : es la París del Este, es la París de África, es la París de América. Fue el refugio de todos los perseguidos del mundo. Fue la fuente de todos los sueños del mundo. En ningún lugar de la tierra saben los croissants como en París, ninguna mujer de ninguna parte cruza las piernas como se hace en París.

   Desde que era niño soñaba con vivir en París. Y nunca comprenderé (ningún masoquismo pseudoprogre me hará comprender) que unos tipos que destruyen Palmira, machacan a sus mujeres, prohíben hasta la música, quieran destrozarla. Lo siento, soy un parisiense abominable y perverso.

 

 

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