EL LAGO BALATÓN, EL LAGO MÁS ÍNTIMO

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 Por Antonio Costa

Foto: Consuelo de Arco

       Te dije que tuvieras cuidado, que ibamos a pasar por el lago Balaton que era una maravilla, y que estuvieras atenta para disfrutarlo, iba en nuestro compartimento una húngara delgadita como un palillo,   al principio no te gustó nada pero después le hablaste un poco, y hacia el atardecer fuimos bordeando durante unas dos horas el lago Balatón y fue algo glorioso, íbamos pasando por los pueblos de veraneo con casas de una planta, con balconadas preciosas, con placitas donde se reunía la gente, y sitios para bañarse, y pequeños embarcaderos, y canales que salían del lago y se metían en la espesura, y estaciones de tren muy sugerentes con cables y railes y despedidas y besos, y el tren iba bordeando todo el tiempo el lago y lo ibamos viendo entre la espesura o nos asomábamos del todo o volvíamos a escondernos, y a veces era el lago total el que nos hablaba con su bellísimo silencio, y a veces habia ciudades a las que el lago llenaba de lirismo, y veíamos pequeñas vidas de verano que nos producían nostalgia, el lago llenaba de sueños Hungría y era el lugar al que iban a hormiguear los húngaros, a escribir libros o tener historias amorosas de verano o suavizar las tensiones, y tú te empeñaste en hacer fotos cada vez más misteriosas, más íntimas, intentando captar por todos los medios la magia del lugar, y me cogiste a mí reflejado en los cristales mirando el lago, railes en la noche recortándose en la oscuridad, orillas donde llegaban las aguas solitarias.

   Ahora íbamos por la orilla sur, quince años antes yo había ido en una furgoneta por la orilla norte en dirección a Budapest, desde Pecs con sus palacios llenos de azulejos locos había subido hasta la punta oeste del lago, había seguido por los balnearios donde cuidaban su tiempo los jubilados y los jóvenes, los húngaros simpáticos y llenos de vida que bebían vino por todas partes, había pasado por Badacsony con sus viñedos, con sus uvas volcánicas y sus fortalezas, con sus copas de vino blanco como leyendas y sus soportales entrando en el agua, me había detenido en la península Tihany para ver el diminuto lago interior con su pesca milagrosa, había visitado la abadía barroca del siglo XVIII con su sótano lleno de antigüedades romanas, me había tomado unas copas al anochecer en Balatonfured mirando la placidez infinita del lago, perdiéndome en las insinuaciones y las soledades del agua que se movía misteriosamente al final del embarcadero,   disfrutando ese saber vivir de los húngaros, que en parte se parecen a los argentinos, con sus parrilladas inmensas, sus posadas con un caballo colgando en la puerta, sus vaqueros en las pinturas como los gauchos, que son los antiguos Szekely de los que Bram Stoker hace proceder a su Drácula aunque les pese a los rumanos, ese Drácula que antes bebía vino en las noches y ahora bebe vino –sangre de tierra- en otras noches intensas, y me demoraba en esas noches prolongando las horas como llanuras en el tiempo, como esperas en las estepas.

   El Balatón no está rodeado de montañas, no es un secreto escondido, pero es una especie de mar interior, de mar doméstico lleno de inmensidad y de pequeñez, un mar como una sala de estar inmensa y variada, llena de vibraciones infinitamente cambiantes, está en mitad de una inmensa llanura donde se extienden los bosques y los cañaverales misteriosos que cantaba Nikolaus Lenau, donde se extienden palacios aislados y extensiones inmensas llenas de ocas locas como las que salen en las películas de Kusturica, el lago está en medio de una extensión enorme como un pañuelo, y no grita ni asombra ni nos aparta del mundo, pero nos saca suavemente de la solidez de la tierra y nos hace vivir en barcas o latidos, nos da la magia del agua, nos da silencios inmensos y confesiones que casi no se expresan en orillas sencillas como Chopin, parece como las leyendas o las coplas populares, no tiene grandezas épicas, pero susurra sin fin en los atardeceres, en los infinitos pueblos pequeños que se demoran en un tiempo secreto, en las pequeñas estaciones que se asoma a un agua tímida y susurrante, el lago es una intimidad bajo los árboles, son unas conversaciones sin sobresaltos en los que se extiende la sencillez apasionada de toda una vida, es un sitio para morir sin aspavientos o para seguir viviendo y recordar todas las pasiones apagadas, es un sitio para conversaciones de Sandor Marai en cualquier bar sin pretensiones donde se digan secretos de toda una vida sin darle mayor importancia, es el secreto de toda nuestra vida a la que nunca hemos hecho caso, el lago es para quedarse en cieto momento y decir: ¿cómo no me he dado cuenta de nada?, es para demorar una copa al anochecer como yo hice a finales de los ochenta y sentir que aquí no hubo ninguna gran batalla pero se apreció con transparencia lo que vale cada instante, el agua es tan sutil y tranquila como los cables de los trenes, la calma del agua es como la calma imposible de la vida.

 

 

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