El reverendo, de Paul Schrader

Dicen que los años lo hacen a uno más sabio, que el artista crece con ellos. No siempre, matizaría. Orson Welles jamás superó Ciudadano Kane o Sed de mal. Sidney Lumet sí hizo una de sus mejores películas antes de morir: Antes que el diablo sepa que has muerto. Ingmar Bergman nos dejó uno de los testamentos más sobrecogedores: Saraband. ¿Y Paul Schrader?

Paul Schrader (Grand Rapids, 1946) pasa por el ser guionista de algunas de las mejores películas de Martin Scorsese: Taxi driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo y Al límite, film, este último, que rompió una estrecha y fructífera relación director guionista y lo abocó a la realización. Como director tiene películas en su haber tan dolorosas como Aflicción, turbadoras como El placer de los extraños o sensuales como El beso de la pantera.

Con El reverendo, una pieza de cámara austera que recuerda al cine de Ingmar Bergman o de Carl Theodor Dreyer, Paul Schrader se plantea una reflexión moral y filosófica sobre la redención y el dolor. El protagonista, el reverendo Ernest Toller (un espléndido, como siempre, Ethan Hawke), párroco de una pequeña iglesia del estado de Nueva York, no se perdona a sí mismo haber perdido a su hijo en la guerra de Irak. Recluido en su iglesia lleva una vida casi monástica definida por la frugalidad de sus comidas que ameniza con tragos abundantes de whisky. Por indicación de una de las feligresas más jóvenes, la embarazada Mary (Amanda Seyfried), intenta ayudar, sin éxito, al marido de esta Michel (Philippe Ettinger), un ecologista radical que ha estado en prisión por su activismo y no ve futuro a la tierra porque el hombre lleva destruyendo sistemáticamente la obra de Dios. El atormentado religioso llegará a abrazar ese radicalismo ecologista, que incluye utilizar el terrorismo contra los que contaminan el planeta, cuando Michel se vuele la cabeza.

Paul Schrader, en unas recientes declaraciones referentes a su última película, desafiaba al espectador a aguantarla más de tres minutos y hacía una defensa cerrada del aburrimiento cinematográfico: También son aburridas las misas, llegaba a decir, y la gente no se marcha. En lo del aburrimiento hay que darle la razón. El reverendo es tan aburrida como árida. Hay incongruencias de peso en el guión (la conversión al radicalismo ecológico del pastor está cogida con pinzas), el clímax dramático llega demasiado tarde y no es convincente, y la depresión que envuelve a todos los personajes, a todos, cansa. Paul Schrader se alarga en discusiones religiosas, abunda en detalles que no aportan nada a la historia y dibuja personajes escasamente empáticos a los que parecen haberles vaciado de sangre las venas. Y lo hace conscientemente.

No es extraño pues, que en ese marasmo narrativo que es todo el film desde que empieza hasta que acaba, la secuencia de la levitación del reverendo Toller y la feligresa Mary brille con inusitada fuerza, tenga un poderío visual impactante en su viaje astral que ambos hacen por la obra de Dios que el hombre va destruyendo. Con su empeño por una puesta en escena bressoniana y formato teatral,  El reverendo queda a años luz de la mejor película de su realizador: la impresionante Aflicción.  Hay quien ve la última película de este director norteamericano de culto como un film provocador, y lo es, y hay quien se aburrirá con esta naturaleza muerta de 108 minutos. Paul Schrader carece de la profundidad de Ingmar Bergman que era capaz de abducirnos con sus diálogos filosófico-religiosos durante quince minutos. A algunos la excesiva madurez no le sienta muy bien. A Paul Schrader, sin ir más lejos, aunque El reverendo sea una de esas películas que tienen la virtud de crecer una vez vistas.

¿Es el hombre el cáncer del planeta Tierra? ¿En qué fase de la metástasis nos encontramos? Dos preguntas que puede hacerse el espectador al hilo de El reverendo.

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