Spider-Man: Homecoming. Remedios contra la aracnofobia.


En el tramo final de “Capitán América: Civil War”, tan plúmbea como rellena de dilemas éticos y morales, y también de traumas familiares que hacían que las tragedias griegas, en comparación, palidecieran en su osadía, la inesperada y breve aparición de Spiderman se terminó convirtiendo en lo mejor y más recordado de la película. Y no tanto por su protagonismo (que era casi nulo, sólo trataban de promocionar el regreso del “trepamuros”), como por lo que trajo de diversión, de locura, de desparpajo e ingenio (señas propias de la creación original de Stan Lee).
Por fortuna, aquello no era un apunte suelto.
El estreno de “Spider-Man: Homecoming” lo demuestra.
Lejos de almidonarse en la moda reinante en las películas de súper héroes actuales, la película se despega sin miramientos de la soporífera solemnidad a las que nos tienen acostumbrados, y se entrega por completo a reconstruir, de manera admirable, un personaje que parecía haber tocado feos fondos después del lacrimógeno díptico interpretado por Andrew Garfield. Y sólo cabe aplaudir la decisión de que nos hayan ahorrado contar (¡una vez más!) lo de la picadura de la araña radioactiva o la historia del asesinato de su tío Ben, desencadenante de un torrente de culpas. No. Todo eso está fuera. Porque esta nueva entrega de Spiderman es, ante todo, una película sobre y para adolescentes. Basta con citar el homenaje con el que su director Jon Watts alza la bandera de sus intenciones. Durante una persecución, vemos imágenes de “Todo en un día”. Y aunque nadie está por la labor de permitirse las muchas licencias creativas propias del cine de Hughes, tan solo la referencia ya deslumbra. Y se agradece.
Peter Parker es un adolescente. Si su alma está condenada por terribles remordimientos o responsabilidades, aquí no lo cuentan. Como cualquier chaval de su edad, trata de descifrar su identidad y de encontrar su lugar en el mundo (y en el caso del bueno de Peter, doble, pues también debe hacer lo mismo para su identidad secreta, empeñada en integrarse en el grupo formado por Los Vengadores). Y Spiderman, como el adolescente que es, se muestra tan atribulado, disperso e imprevisible como quien lleva su traje, y es tal su ímpetu y su descontrol que termina provocando más desastres que los que intenta evitar. Con estas virtudes, la película transita durante gran parte del metraje por los territorios de la comedia, y por momentos llega a ser muy divertida, y las secuencias de acción, excelentes, no pretenden ser lo más espectacular jamás rodado, ni se dilatan innecesariamente porque no hay argumento y que hay que tirar de efectos especiales hasta la estridencia visual.
En la zona más oscura, Michael Keaton no tiene que pisar mucho el acelerador de su histrionismo para hacerse con el papel del villano, un villano que, otra sorpresa más, no pretende doblegar al mundo ni marear las galaxias completas, sino que se limita a traficar con armas para ganar dinero. Sobra, quizás, la ya omnipresente presencia de Robert Downey (que a este paso superará en cameos al mismísimo Stan Lee), aunque sus habituales numeritos terminen aportando algún estupendo “gag”. Y como nuevo protagonista, un prometedor Tom Holland, que quizás no llegue con el prestigio de Garfield o Tobey Maguire, pero al que le sobra talento para poder zafarse pronto de las telarañas en la que puede terminan envuelto y adentrarse en proyectos alejados de este logrado entretenimiento.
Si revienta las taquillas o no, aún esta por ver (aunque al final de la película se anuncia secuela). Pero su falta de pretensiones es una enorme virtud, como también lo es el hecho de que no hay por qué sobrecargar las películas de detalles que no pintan nada sólo para que los adultos no se aburran. Sea cine infantil, adolescente o para la tercera edad, cualquier espectador de cualquier edad disfrutará de la película si es buena.
No son necesarios anzuelos en los que nadie pica.
En “Spider-Man: Homecoming” no los hay. Lo que la convierte en una estupenda película si lo que uno quiere es divertirse durante un par de horas. Ni más, ni menos.
E incluso, dentro de su arsenal de desacatos, se permite un inesperado final que se hace eco de algo propio de los adolescentes, como es el negarse a formar parte del sistema establecido.
Bienvenido sea este regreso.
Que San Deadpool lo bendiga.

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