«Nouvelle Vague», de Richard Linklater

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Qué duda cabe que la nouvelle vague fue, en sus tiempos, un movimiento que revolucionó la historia del cine y disparó directamente contra la industria cinematográfica imperante. Un grupo de críticos sesudos salidos de las páginas de Cahiers de Cinema tomaron la cámara para rodar películas independientes y de muy escaso presupuesto. Coincidió en el tiempo ese movimiento libertario con el Mayo del 68. Aquí, en España, se intentó replicar el estallido revolucionario un año más tarde, en el 69, y de la nouvelle vague surgió la Escuela de Barcelona, mucho más conservadora y menos ideologizada que su referente francés. A lo largo de la historia del cine se han dado movimientos parecidos. Lars von Trier se sacó de la manga el Dogma, aún más radical en sus mandamientos que la nouvelle vague. En Estados Unidos siempre, aunque más desde que Robert Redford puso en marcha el festival de Sundance, ha tenido predicamento el cine indie (recomiendo el número 5 de la revista pickpocket para los que quieran empaparse de él).

Richard Linklater (Houston, 1960) podría considerarse como un realizador indie a su manera, sobre todo por esa trilogía luminosa que seguía el crecimiento físico y emocional de dos personajes, y de sus actores Ethan Hawke y Julie Delpy, en Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, extraordinariamente dialogadas y que, en cierto modo, podrían conectarse con el cine de la nouvelle vague.

Nouvelle Vague, la película, viene a continuación de Hit Man. Asesino por casualidad, una solemne tontería del director de Boyhood, quizá la mejor película de este director, y es un homenaje a uno de los fundadores fundamentales del rompedor movimiento cinematográfico francés, un francotirador que se mantuvo activo durante toda su vida a pesar de algunos críticos como Carlos Boyero: Jean Luc Godard. Richard Linklater construye, a su manera, el artesanal rodaje de A bout de souffle, su primer largometraje, sus dificultades, la incomodidad de una estrella americana, Jean Seberg, que venía de ser Juana de Arco con Otto Preminger y se metía en una producción casi artesanal a las órdenes de un tipo caótico que trabajaba con un guion estrambótico que iba improvisando a medida que avanzaba el rodaje.

Debo aclarar que, a mí, en particular, el cine de Jean Luc Godard nunca me dijo nada, ni siquiera en esos tiempos en los que era considerado el gran gurú de la nouvelle vague, que sus películas o me aburrían o me irritaban, y muchas veces sucedían ambas cosas, que siempre me pareció un aficionado detrás de la cámara que no aprendió a hacer cine a lo largo de los años, pero siempre salvé esa ópera prima simpática que era A bout de souffle, en gran medida por ser un enamorado de Jean Seberg. Cometí el error, tras ver la decepcionante película de Richard Linklater, de volver a ver el original para comprobar que no se sostenía, que como película rodada por un aficionado al cine resultaba muy pobre, que los absurdos diálogos que mantienen los personajes de Jean Paul Belmondo y Jean Seberg son absolutamente vacuos y que sus intentos de ridiculizar el cine negro (y la entrevista con Jean Pierre Melville era una clara disonancia) eran patéticos. Godard, y lo siento por los muchos admiradores que todavía sigue teniendo el director francés, no era Alain Resnais, ni siquiera el François Truffaut de Los cuatrocientos golpes, y si algún mérito tuvo fue el de mantenerse fiel a sus principios, aunque los espectadores no comulgaran con ellos. Había revisado otras películas de él recientemente, como Bande à part, con la sensación de vergüenza ajena, pero salvaba, hasta ayer mismo, ese canto ácrata y provocativo que era A bout de souffle que se ha caído de mi pedestal cinematográfico seguramente definitivamente. El film de Linklater, aunque ni Guillaume Marbeck ni Zoey Deutch tengan el carisma de Jean Paul Belmondo o Jean Seberg, es fiel al espíritu de esa primera película de Godard, aunque para homenajes a la nouvelle vague, y al Mayo Francés, del que no puede disociarse, yo me quedo con el romanticismo de Soñadores de Bernardo Bertolucci.