«Pavana en si», de Adriana Serlik
JOSÉ LUIS MUÑOZ
La escritora Adriana Serlik, nacida en Avellaneda en 1945, pero que vive actualmente en Gandía, Valencia, una ciudadana del mundo que ha residido en Madrid, Londres, Florencia y Roma, acarrea una prolija obra narrativa y poética sobre sus espaldas en la que destacan Los espejos, Desde nosotros los niños, La silla de paja, Poemas del amor y la soledad, Andaremos, amor, andaremos, El gran devorador y otros relatos, Las sonrisas gastadas, Después del ocaso y El puerto invisible, entre otras. Su literatura, breve y concisa, minimalista, es de raigambre social, una prolongación de ella misma, porque Adriana es una mujer comprometida con la sociedad, progresista y feminista, y vierte su ideario en sus textos, pero sin hacer proselitismo.

Pavana en si (Legados, 2025), aúna memoria histórica, arte y crimen en sus 117 páginas distribuidas en 34 breves capítulos. La última novela de Adriana Serlik bucea en el presente y en el pasado, haciendo hincapié en las secuelas de la dictadura franquista en España: Sus padres habían vivido en esas colas infinitas para ver esa película revolucionaria, en un Valladolid frío y lluvioso, con un Franco machacando las libertades. La gente joven de esa época, se prendía fuego para que finalizara la guerra en Vietnam o se ataba con cadenas protestando contra la dictadura franquista. Sobre la narración pivotan las secuelas de la incivil guerra fratricida española, la marca del destierro tras la derrota: Mucho le había costado adaptarse con el recuerdo constante de sus padres, desaparecidos en un campo de concentración, hablando otro idioma y con otras costumbres, pero a Alicia la había ahijado y cuidado, y cuando Carmen tuvo su primera hija la llamó Flora, en homenaje a Flora Tristán, como Alicia llamó a su primera hija Clara, por Clara Campoamor.

Buena parte de Pavana en si transcurre en un París pretérito. La ciudad de las luces es retratada por Adriana Serlik con la suntuosidad que tuvo en su pasado de esplendor, cuando la capital de Francia era un epicentro cultural que atraía como un imán a todas las vanguardias. Era un París en fiestas, el comienzo del 1900 había cambiado con las luces y el gentío, pero su vida continuaba igual: aprender y componer. En su novela, Adriana Serlik entrelaza el misterio, porque hay una trama criminal, un asesinato, el que comete en París la atractiva Eva, una joven vividora y sin escrúpulos morales —No le costó demasiado empujarlo, estaba ya medio dormido, no le importó detener una vida, Lo importante era ella y su posibilidad de vivir bien— y una investigación policial, a cargo del inspector Michel Lapine, acerca del paradero de un dibujo de Carles Casasgemas, un amigo de Pablo Picasso, con el arte, el mundo de las falsificaciones y el tráfico de antigüedades.
La autora revive el París de principios del siglo XX, un hervidero cultural en donde la música de Maurice Ravel se fundía con la literatura de Marcel Proust, las vanguardias musicales y las literarias, y alrededor se movía una corte de discípulos ávidos de aprender de sus maestros. Músicos, escritores y artistas, cuando podían, se reunían junto a Marcel Proust en el Hotel Ritz y entre copas y copas de champán se ponían al día sobre sus nuevas obras. / Maurice Ravel, Reynaldo Hahn y Marcel Proust se comprometieron a dar vida a esta sociedad que lucharía por la igualdad y la fraternidad y el respeto por las culturas populares.
Pavana en si es un texto tan breve como intenso, exquisitamente bien escrito con una prosa elegante, como todos los anteriores de la autora, que valida, una vez más, la valía y sensibilidad literaria de su autora. La novela fue una de las cuatro finalistas del premio Fernando Marías 2025, entre 88 obras concursantes, que concede el festival cultural Black Mountain que se celebra cada año en el Valle de Arán y recuerda al escritor vasco fallecido hace cuatro años.