Las Suplicantes. Lo plural como estética. 67 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida

 

Cuando el espectador y el cronista se enfrentan a espectáculos que; no sólo destilan la faceta artística y cultural; sino que están impregnados de situaciones humanas, universales o de mensajes atemporales y ecuménicos, se enfrentan al riesgo de dejarse navegar por lo coyuntural, enfrentado al hecho estrictamente dramático. Leemos en estos días reseñas que se nos aparecen más posicionamiento ideológico, narrativa al servicio de la cuota identitaria o servidumbre y tibieza, antes que el sesgo analítico que merecen los espectáculos y los profesionales que se han esforzado en presentar una oferta digna, esforzada y atractiva. Sobre estos particulares podríamos verter ríos de tinta, pero lo adecuado y obligado es centrarse en los valores dramáticos, estéticos y artísticos de las obras.

Las Suplicantes deviene mistura de la obra de Esquilo, de mayor valor lírico que dramático, seleccionando la primera parte de la tetralogía (no aparece la boda de las Danaides con los egipcios y la masacre de éstos en la noche de bodas), con la escrita por Eurípides, donde las madres suplican la devolución de los cadáveres del ejército argivo, caídos ante las siete puertas de Tebas.

Las Suplicantes, dirigida por Silvia Zarco, aglutina ambas historias acertadamente, con fluidez y ritmo narrativo, sosteniendo las transiciones sobre elaboradas coreografías (Gema Ortiz)  y; sobre todo; con la revitalización del Coro, esa parte medular de la vida cultural de los helenos, que era una verdadera inmersión en los valores culturales, políticos o rituales de la comunidad.

Esquilo introduce el Coro  dotándolo de carácter propio, dándole una marca singular a la obra. Esta voz colectiva ha sido coordinada por Alonso Gómez Gallego. La amplia experiencia del músico se ha derramado y fructificado sobre los coreutas. Alonso ha trabajado concienzudamente el aspecto de emisión y ritmo de las distintas agrupaciones sonoras. El resultado es un tratamiento propio de una agrupación músico-coral. El control en los tempos, difícil e imprescindible, los ritmos, los cánones, las superposiciones, los ecos y las difíciles entradas en bloque, que solicitan sentido del tempo y empaste en las voces, amén de la potenciación de las dinámicas aplicadas a la declamación.

El resultado es de un profundo lirismo, no exento de componente heroico. Un canto sucesivo de los distintos coros como flujo y reflujo oceánico, que narra con fluidez el pathos, bajo el disfraz de la belleza vocal. Podría hablarse de una partitura sin música, dada la exactitud de las conjunciones, la belleza de los tempos, la proyección límpida. Un único escollo (fácil de superar con más ensayos) surge de la diferencia apreciable entre las voces moduladas y entrenadas, junto a otras con menos tablas. Surge aquí la eterna denuncia del escaso tiempo para ensayos de las compañías extremeñas (y el escaso erario otorgado). No cabe duda de que nos encontramos ante una propuesta ambiciosa que aprovecha el espacio romano en su totalidad (quizás esta sea un lastre para otros escenarios), un espectáculo que potencia lo visual y lo plástico sin demérito del verbo y la línea dramática.

El aspecto musical es irreprochable. La voz sedosa, el poderío racial y el clasicismo de Celia Romero en el papel de Ceres con un tema soberbio “O habré de parir tu memoria”. El certero empaste y la dilatada experiencia de Amadeus (con ensayos virtuales incluidos). El esfuerzo realizado por la agrupación ha sido encomiable dadas las circunstancias en que se han desarrollado los ensayos y la numerosa colaboración de profesores.  La música incidental del esparragalejano Eugenio Simoes se hibrida a la perfección con las piedras milenarias, arropando los momentos líricos o potenciando los dramáticos en perfecta simbiosis. Hasta ese soberbio epilogo morriconiano durante los aplausos.

La espectacularidad no opaca la densidad y belleza del verbo áureo. Las palabras de Eurípides y Esquilo nos hablan de pasiones universales,  pasiones atemporales, del reencuentro con un pasado que no parece tan lejano. Hay diálogos soberbios como el del heraldo, donde la esgrima verbal sobre totalitarismos y democracia, está recreada con la presencia señera de un Valentín Paredes de clásica dicción y helénica presencia, frente a un convincente mensajero de Tebas (Rubén Lanchazo). O el certero diálogo entre el rey de Argos (David Gutiérrez) y las Danaides. La correcta dicción y presencia escénica del actor conduce las palabras del diálogo, con el coro convertido en una única voluntad, en un juego verbal dinámico y modélico. Es difícil destacar en una obra coral, donde la individualidad del actor se somete a la estética del colectivo. María Garralón compone una madre doliente con poderosa y expresiva voz, plena de matices. Cándido Gómez deambula en un rol de talante ornamental, (Dánao), que no permite desplegar su arsenal interpretativo. Entre los corifeos/as destacan el desgarro de Maite Vallecillo y Bely Cienfuegos entre el Coro de Madres o Carolina Rocha, Pilar Brinquete y Laura Moreira entre las Danaides.

La iluminación (Rubén Camacho) juega con el entorno monumental regalando instantes expresionistas y composiciones de una hermosa plástica. Destacan instantes de intenso dramatismo como el desfile de los cuerpos amortajados, el combate (casi de amazonas), la coreografía con los remos o el encuentro de las madres con los espíritus de sus hijos. También  es notable la atmósfera durante la aparición del Coro Amadeus, sin obviar la importancia en todo montaje del vestuario (Pepa Casado, Luisi Penco y Lali Moreno) que otorga credibilidad, riqueza cromática y enriquece el discurso y la geometría humana de las coreografías, que se mueven por la geométrica y acertada escenografía de Luisa Sanz.

Los pequeños deslices de la obra, dirigida por Eva Romero, son atribuibles; sin duda; al escaso tiempo permitido para los ensayos. Algunos desvíos en las coreografías y dirección de actores, algun atasco fortuito. Algún titubeo. Nada que el tiempo y el rodaje no mejoren y fructifiquen. Se enfrenta esta producción a dos circunstancias complejas debido a su espectacularidad. Su concepto coreográfico, creado para aprovechar el Monumento Romano es difícil de adaptar a según qué escenarios. El otro, es hacer coincidir las agendas de Celia Romero y Amadeus en el caso de que se aspire a continuar con las interpretaciones en directo.

Es obligada una reflexión sobre uno de los mensajes, que pudiera ser válido en los tiempos de los dramaturgos helénicos, pero hoy en día oculta una peligrosa opción moral. Los otros, ya dije, los dejo en manos de aquellos que van encontrando reminescencias, similitudes y mensajes militantes. Unos guiados por el oportunismo, otros por las doctrinas y otros por la golosina coyuntural. Quizás los árboles no les han dejado ver el bosque y han pasado de puntillas sobre el peligro de una opción que justifica guerras o invasiones cuando se cree que la causa es justa. No hay que olvidar que en la obra es tan sólo un recurso dramático. En un mundo real sería semillero de totalitarismos.

Aunque el epílogo con los albos cantores de Amadeus está cargado de emotividad, es de una plástica soberbia y musicalmente señero; si el tiempo y el presupuesto lo permiten; se debería componer una obra original que se imbricase con el texto y el contenido de la obra. Será un epílogo soberbio para una aventura esforzada, hermosa y luminosa.

 

 

Autora: Silvia Zarco – Versión libre de las homónimas de Esquilo y Eurípides

Dirección: Eva Romero

Intérpretes: Carolina Rocha, Cándido Gómez, David Gutiérrez, Eduardo Cervera, María Garralón, Valentín Paredes, Rubén Lanchazo, Javier Herrera.

Cante: Celia Romero

Coro Danaides: Laura Moreira, Pilar Brinquete, Nuria Cuadrado, Gema Ortiz Iglesias, María Valero, Ruth Frutos, Maribel Lozano Capote, Nieves Gonzálvez, Silvia Gómez, María Cendrero.

Coro Madres: Beli Ciemfuegos, Raquel Bravo, Maite Vallecillo, Manola Tejada, M. Victoria Cerrato, María Eugenia González.

Coro Egipcios Y Soldados: Eduardo Cervera, Rubén Lanchazo, Javier Herrera, Alberto Serrano, Juanan Cardoso, Nandy López, Tomás Casatejada.

Niño: Roberto Monago González / Víctor Pulido Barrero

 

CUADRO ARTÍSTICO TÉCNICO

Dirección: Eva Romero

Texto: Versión libre de Silvia Zarco sobre las obras homónimas de Esquilo y Eurípides

Diseño escenografía: Elisa Sanz (APEE)

Diseño de iluminación: Rubén Camacho

Música original: Eugenio Simoes

Productora: Maribel Mesón

Jefe de Producción: Juan Antonio Mancha

Asesoría Coral: Alonso Gómez Gallego

Diseño de vestuario y caracterización: Pepa Casado

Coreografía: Gema Ortiz Iglesias

Espacio sonoro: Adolfo Sánchez Mesón

Fotografía: Jorge Armestar

Realización de vestuario: Luisi Penco y Lali Moreno

Ayte. de dirección y regiduría: Pedro Forero

Ayte. de escenografía: Jose Peña

Aytes. de caracterización: Isabel Martín y Gema Galán

Distribuye: MB Distribución

Una coproducción del Festival de Mérida y Maribel Mesón.

Con la colaboración del Excmo. Ayuntamiento de Guareña.

Con la participación del Coro Amadeus-IN de Puebla de la Calzada, La Escuela Municipal de teatro del Excmo. Ayuntamiento de Guareña y la Asociación Cultural Párodos de Talarrubias. Agradecimientos al Ayuntamiento de Talarrubias.

 

 

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