Office Space. Mike Judge. 1999

Sobre Office Space (Enredos de oficina. Mike Judge. 1999) revolotean las obsesiones kafkianas, influencias de Clockwatchers (Esperando la hora. Jill Sprecher. 1997) o incluso de El libro de Job. Los cubículos de la oficina semejan celdas, donde los supervisores son cancerberos. Se busca el contrato del mayor número de gerentes y el menor de trabajadores. Un sesgo a la teoría moderna de la gestión. El funcionamiento es caótico. Más de un supervisor transmitiendo la misma información trivial, superponiendo las funciones. Peter (Ron Livingston) odia el desempeño de su trabajo, aunque sus compañeros no le van a la zaga, salvo Milton (Stephen Root) que se ha encuevado en el cubículo, donde defiende patológicamente su grapadora y su radio. El entorno es orwelliano y el absurdo individual deviene en una locura colectiva cruda.
De este modo, Peter se propone conseguir que le despidan de la empresa para cobrar la indemnización y dedicarse a ser un bont vivant junto a Jennifer Aniston (Joana), una joven camarera. El disparate y el surrealismo más atroz llegan de la mano de la percepción que tienen de su nueva forma de trabajar: llegar tarde o no presentarse al trabajo. Sorprendentemente, estas acciones le suponen un ascenso y un aumento de sueldo.
De algún modo, el director trata a sus criaturas como personajes de animación, no en vano es el autor de la corrosiva Beavis y Butt-Head recorren América (Beavis and Butt-head Do America. 1996), donde claramente se inspira, magnificando los rasgos de personalidad y utilizando lo grotesco. Con inteligentes diálogos, plenos de referencias de cultura popular. El autor denuncia la estandarización administrativa, con trabajadores intercambiables. Lo que permite que se les pague el menor sueldo posible.
Los personajes están atrapados en una pesadilla laboral, con tareas que implican pavor, rodeados de elementos desagradables. Su único hálito de libertad consiste en soñar con mandar a paseo al jefe o en obligar al compañero perezoso a trabajar alguna vez. Con todo este panorama de los siete infiernos dantescos, que escorarían hacia el drama sombrío, el director consigue; sin embargo; una comedia de culto con personajes extravagantes y memorables. No es sin embargo sombrío el mensaje. Nace un cierto optimismo donde hay un mundo mejor ahí afuera. Un mensaje donde el futuro puede estar en tus manos cuando conseguimos eliminar de la ecuación la incertidumbre y el miedo. A lo largo del visionado la trama destila toda la absurda burocracia del mundo corporativo. En modo de inteligente sátira nos presenta el hastío (vital y laboral) y las dinámicas tóxicas que se producen entre los empleados y los jefes. El modo de expresión de los protagonistas hacia el mundo es una cierta dosis de psicopatía, la causticidad como arma o la locura como una vía de escape. El personaje desarrollado por Aniston se nos antoja una contrapartida a los nombres, demasiado ignotos, del resto del reparto, pese a que algunos ya eran grandes comediantes. Ella consigue desarrollar el personaje con su habitual naturalidad y dotando de frescor al opresivo conjunto vital de Initech Corporation. Acierta plenamente Mike Judge en esta sátira sobre el trabajo de oficina de cuello blanco, utilizando un ingenio inteligente y desenfrenado que se imbrica en aquella corriente de los 90, que reflejaba la frustración de la cultura consumista, la desmoralización provocada por el sistema de trabajo moderno que se condensaba en: ¿es esta la vida que elegiste? Una vida, vigilada por ocho supervisores, donde fantasean con desatar su furia. Donde la lucha diaria se despliega contra la alienación y la apatía de las corporaciones con el factor humano. Desarrollada visualmente con aquel estilo independiente que se destilaba en los años 90 (hoy desaparecido de la comedia), con ese ambiente desenfadado, relajado, de encantadora apatía y querencia por el naturalismo. La deshumanización corroe el componente humano y Peter observa la barra de progreso de un archivo que se descarga como en una metáfora de la otredad, de lo no humano interconectando con la realidad de nuestras vidas. El mismo protagonista sueña que un juez aterrador le señala con el mazo: <<Peter, has llevado una existencia trivial y sin sentido>>.
El tecleo, convertido en tortura existencial, la ansiedad como modo de producción, la zozobra como respiración cotidiana, la jornada infernal de 9 a 5 dentro de los siete círculos dantescos. Como autómatas intentan evadirse, cada uno a su manera, utilizando el rap a toda pastilla en el caso de Michael Bolton (David Herman). Intentan escapar de los sádicos corporativos trajeados, De Bill, el jefe desalmado, encarnado en Gary Cole que disfruta con el abuso de poder, indicándole a Peter que tiene que trabajar el fin de semana. Casi como unos superiores inspirados en la burocracia kafkiana de El Proceso con un nuevo Josep K., encarnado en Peter, habitando en habitáculos casi orwellianos. Jaulas totalitarias donde el sistema encarcela la creatividad y el libre albedrío.
El absurdo existencial y la mordacidad más extrema se apoderan del guión en la escena culminante. Con un Tom (Richard Riehle) enyesado y en una silla de ruedas, que ha conseguido ganar una indemnización millonaria: <<¡Pueden pasar cosas buenas en este mundo! ¡Mírenme!>>. La dirección es verdaderamente magnífica, el guión de una notable solidez. Pero es el aspecto actoral el que eleva esta obra a su altar de culto, sin sobreactuaciones, sin histrionismos. Livingston está sobrio, contenido, pleno de sutileza. Gary Cole pergeña un personaje irritante, jugando con delgadas líneas. Bader encarna la masculinidad despreocupada, el contrapunto viril del protagonista. Las vivencias de esta inquietante oficina están entrelazadas, en su complejidad, de modo magistral, obteniendo una comedia coherente, recurriendo a la burla y a una aparente simpleza conmovedora. Office Space nace en una época dorada para quienes pertenecen a la generación millennial, donde el cine producido invitaba a reflexionar, abordando situaciones sin filtros y temas complejos que incitaban a cuestionar las comodidades modernas. De seres humanos atrapados, que tratan de minimizar su cautiva situación bromeando con que: <<Alguien tiene el síndrome del lunes>>.
Estamos ante una profunda reflexión sobre vidas “mal vividas”, una humorada negra plena de profundas verdades detrás de su artificio de farsa y su disfraz de divertimento. Solo tenemos una vida y hay que aprovecharla.