«La muerte de Robin Hood», de Michael Sarnoski
Posted on 4 julio, 2026 By José Luis Muñoz Actualidad, Cine, Críticas
JOSÉ LUIS MUÑOZ
La filmografía del norteamericano Michael Sarnoski (Milwaukee, 1995) es tan ecléctica como breve: Pig (2021), la historia de una cerdita trufera interpretada, el humano, por Nicolas Cage, y Un lugar tranquilo: día 1, (2024), una fábula de terror alienígena ambientada en Nueva York, por lo que se le puede aplicar a este joven director que tanto vale para un roto como para un descosido.
Descosido, de los grandes y provocador, es el encargo de deconstruir el mito de Robin Hood. Olvídese el espectador de Douglas Fairbanks en Robín de los bosques (1922), de Errol Flynn en una versión posterior con el mismo título, de Cornel Wilde en El hijo de Robín de los bosques (1946), de John Hall en El rey de los bosques (1948), de John Derek en El temible Robin Hood (1950), de Don Taylor en Los hombres del bosque de Sherwood (1954), de Peter Cushing en La espada del bosque de Sherwood (1960), de Don Burnett en El triunfo de Robin Hood (1962), de Barrie Ingham en Un desafío para Robin Hood (1967), de Carlos Quiney en Robin Hood, el arquero invencible (1970), de Giulianno Gemma en El arquero de Sherwood (1971), de Sean Connery en Robin y Marian (1976), de Michael Praed en Robin de Sherwood (1984), de Kevin Costner en Robín, príncipe de los ladrones (1991), de Patrick Bergin en Robin el magnífico (1991), de Cary Elwes en Las locas, locas aventuras de Robin Hood (1993), de Jonas Armstrong en Robin Hood (2006), de Julian Sands en Robin Hood contra el dragón (2009), de Rusell Crowe en Robin Hood (2010), de Martin Tron en Robin Hood: el fantasma de Sherwood (2012), de Ken Duken en Robin Hood (2013), de Max Boublil en Robin de los bosques, la verdadera historia (2015), de Taron Egerton en Robin Hood (2018), de Darcy Ewart en Robin y los Hood (2024) y de Jack Patten en Robin Hood (2025), porque el rocoso y visceral Hugh Jackman está en las antípodas de todos los anteriores.

Del clásico literario de la novela de aventuras de Sir Walter Scott, leído en mi juventud, y sobre el que también escribió Alejandro Dunas, se han hecho hasta treinta y cinco versiones cinematográficas, contando las de animación y descontando tres versiones porno —que haylas para completar esta extensísima filmografía que a mí mismo me ha sorprendido—, casi todas norteamericanas e inglesas, pero también alemanas, italianas, españolas y hasta japonesas, de las que me jacto de haber visto las de Michael Curtiz, Richard Lester, Mike Reynolds y Ridley Scott. Pero Michael Sarnoski rompe con toda la tradición hagiográfica anterior en una película que en su título tiene su espóiler. En La muerte de Robin Hood, el hábil arquero no es el héroe que roba a los ricos para dárselo a los pobres, sino que es un ladrón y asesino despiadado que, por casualidad, acabó con la vida del sheriff de Nottingham, su única hazaña memorable. Robin Hood, aquí, es un anciano iracundo y vigoroso que mata con sus poderosas manos a quien se le ponga por delante, los acuchilla hasta convertir en pulpa sanguinolenta los cuerpos de los hombres con los que se cruza o destroza a hachazos las cabezas de sus adversarios, y él mismo se encarga de desbaratar su falso mito de leyenda.

Michael Sarnoski construye una sólida película histórica, perfectamente ambientada en la oscura Edad Media, sucia y violenta en extremo (toda la primera parte es un film gore) en la que ese Robin Hood (un Hugh Jackman impresionante en su físico y en su caracterización), secundado por su compinche Little John (el sueco Bill Skarsgard, el último Nosferatu), tan bárbaro como su patrón —arranca la quijada al asesino de su mujer—, cometen todo tipo de tropelías hasta que el arquero de Sherwood cae gravemente herido tras un cuerpo a cuerpo brutal y va a parar a un convento regido por la hermana Brigid (la exquisita Jodie Comer, la protagonista femenina de El último duelo de Ridley Socott) que lo cura de sus heridas. Es en esa estancia monacal, cuidando a la pequeña Margaret (Faith Delaney), la hija de Little John, cuando el violento y anciano Robin Hood cae del caballo, como Pablo, deja a un lado su execrable vida criminal anterior y emprende su camino hacia la redención ayudado por las conversaciones filosóficas y místicas que tiene con el leproso moribundo Guy de Gisborne (Murray Bartlett). La película se ralentiza en ese espacio de paz espiritual y el protagonista toma conciencia de todo el dolor que causó.

Paisajes telúricos de Irlanda del Norte, oscuros, tétricos y nocturnos, bien fotografiados por Pat Scola; escenas de luchas dignas del mejor Ridley Scott o de la serie Vikingos —el épico enfrentamiento coreografiado entre Robin Hood y el gigantesco Hairy Kinsman (Elijah Ungvary), el padre del chico que mata el arquero de Sherwood, sobre el telón de fuego de la cabaña incendiada—; perfecta ambientación para hacer en esa inmersión en el realismo sucio medieval; interpretaciones de lujo de todos y cada uno de los actores que componen este fresco espléndido y alguna escena de una belleza sublime —Robin Hood mudo testigo de cómo la hermana Brigid se masturba en una cueva pagana a la luz de cientos de velas, o las miradas que cruzan ambos durante su estancia en el convento sin que lleguen a tocarse, que sugieren una relación platónica entre ambos—; la contraposición de la belleza exquisita de Brigid que va humanizando al rudo personaje por el sistema de la seducción, hacen de la película de Michael Sarnoski, de cuyo guion también es responsable, un hito aparte y muy original en la muy extensa filmografía del arquero de Sherwood que merece la pena verse y disfrutar pese a sus ramalazos de violencia extrema de su primera parte. Soberbio ese final flechero y una sorprendente reivindicación de la eutanasia en la Edad Media.
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