«Cae la niebla en Mónsul», de Fernando Martínez López

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Lleva un buen puñado de años batiéndose el cobre  el jienense afincado en Almería Fernando Martínez López, que además de escritor es doctor en Ciencias Químicas y profesor de Educación Secundaria en la especialidad de Física y Química.  Ha publicado novelas como la excelente Tiempo de eclipse, con la que ganó el Premio Andalucía de la Crítica, Tu nombre con tinta de café, que fue premio Felipe Trigo, Fresas amargas para siempre, Premio Ciudad de Jumilla, La edad perdida, El jinete del plenilunio o El mar sigue siendo azul sobre las bombas de Palomares. Como autor de relatos solo decir que su libro Arteratura fue finalista del Premio Setenil. Y ahora nos regala su última novela Cae la niebla sobre Mónsul (Extravertida Ediciones, 2026)— Casi se había fundido el asfalto, como si hubiesen recortado el Sáhara de un mapa mundi y lo hubieran recolocado en Mónsul, un día en que las plantas, fustigadas por el sol, doblegaban reverentemente sus tallos—, un relato que va del presente a un pasado doloroso con una trama muy bien urdida que nos reserva una sorpresa siniestra al final.

Soy Dori Sánchez, aunque puede que te suene mi nombre como escritora: Doris Hidden. Porque la novela de Fernando Martínez López va de literatura, entre otras muchas cosas, y esa autora de best-sellers, traicionada por su marido y con un trauma a cuestas, la muerte accidental de su hermana — El inmensamente triste día en que mi hermana, después de Piedra Gálvez, ya no volvió a respirar, y me la imagino en el seno marino, hundiéndose como un pecio, los ojos abiertos, estupefactos ante la llamada inesperada de la muerte—, una presencia, esta, la de su hermana, que no se quita nunca de su cabeza —Claudia en el sofá viendo la televisión, Claudia en la terraza bailando, Claudia leyendo un libro durante la hora de la siesta, Claudia haciendo muecas cuando mi madre la obligaba a comer brócoli…—deja Madrid para encerrarse en esa casa familiar de Mónsul — Soy consciente desde que he regresado, desde que he abierto la puerta clausurada durante tantos años y me ha recibido un vapor frío que es el propio aliento de la vivienda.—que le trae tantísimos recuerdos para escribir su última novela.

Cae la niebla en Mónsul es una novela coral de la que salen y entran numerosos personajes, algunos de ellos femeninos y extraordinariamente bien perfilados, como la sensual Paula: Ya tenían el campo libre, lo próxima sería un paso más, pensó Eduardo Castillo, probar el riesgo del abismo, acercar su boca a la de Paula y saborearla iniciáticamente, la placentera sensación de probar una fruta de sabor increíble que ha estado madurando sólo para el momento propicio. La novela bucea en esos días de verano que se produjeron diez años atrás —…los días de playa, las salidas nocturnas, la habitual en cualquier adolescente, esa época en la que la vida se bebe a tragos largos sin que produzca resaca—y en los que ya despuntaba el liderazgo de Paula, la amiga de la desafortunada Claudia, una especie de mantis religiosa sumamente atractiva que va acumulando amantes en su cuerpo: Y Paula le sonrió para decirle “chao, bambino”, que en su mente se tradujo como un hasta nunca, uno más que añadir a su extensa colección. Hay otros personajes como Sara, Víctor, Alina, Delia, la propia Claudia, los jóvenes que frecuentan la terraza del Eternia y se doraban al sol con indolencia, y otros bien diferentes, como el subsahariano Ibrahim, que llegó a Mónsul tras un largo y dramático peregrinaje buscando un mundo mejor —Allí, en un punto perdido del universo, enterré el cuerpo de mi amigo, de mi hermano Soma con quien hui del horror humano para sucumbir al horror de los elementos—  o Juliana, la misteriosa curandera visionaria, que lanza una extraña advertencia a la escritora: no será Doris quien escriba la novela, sino la novela la que irá en su busca.

Fernando Martínez López reflexiona sobre el hecho de escribir a través de su personaje principal —Lo único que vislumbro con cierta transparencia es la atmósfera en la que deseo que se desarrolle mi novela. A veces sucede así, el escritor es absorbido por un ambiente que le seduce y, una vez dentro, se dispone a colocar cepos para que alguna historia caiga presa.—y lo que es ser escritor, una especie de sacerdocio al que quien enhebra historias se entrega con pasión —Para mí, escritor no es quien escribe sin más, ni siquiera el que ve su obra publicada, sino quien se toma este oficio en serio con todo lo que eso implica, entre ello dar todo de uno mismo guardando así el debido respeto al lector—y los temas universales de la literatura: Nadie escribe nada que sea completamente original, son solo formas diferentes de contar lo mismo, porque, al fin y al cabo, toda literatura trata sobre alguno o varios de los temas universales: el amor, el odio, la muerte, la envidia, la venganza, el perdón… Y habla del proceso mágico de la creación: …y voy tejiendo este milagro que se llama escritura, milagro, sí, porque no puedo calificar de otra manera el prodigio de ir rellenando la superficie blanca de las hojas con un relato que antes no existía, el que dentro de un tiempo formará parte del acervo común de mis lectores. No deja pasar la ocasión Fernando Martínez López, a través de su alter ego femenino, para lanzar sus pullas a las redes sociales: Incluso he renunciado a las redes sociales, ese escaparate de cartón piedra donde solemos filtrar nuestra vida mostrando sólo los aspectos amables, un púlpito donde peligrosamente todo el mundo cree que tiene algo interesante que decir.

Hay también erotismo en Cae la niebla en Mónsul en esa esporádica relación lésbica entre la escritora y Paula Hendrix, narrada con elegancia—…una avenida por la que imagino que va caminando Paula Hendrix, que me retrotrae a unas horas atrás, a unas sábanas que no eran las mías, al sabor de la saliva de otra mujer, de su piel, su pecho, su inflamado clítoris, el recuerdo de unas manos hábiles estremeciendo mi cuerpo, recuperando el placer perdido desde que mi marido me engañó.—que no sabe cómo se ha producido: Ahora, con el reseteo mental tras las horas dormidas, me pregunto cómo he podido llegar a esto. Tal vez el alcohol tenga su grado de responsabilidad, pero esa es la excusa fácil, porque estoy convencida de que no hay borrachera lo suficientemente grande que me induzca a acostarme con alguien si no lo deseo.

Acierta Fernando Martínez López en sus detalladas descripciones físicas, la de Sara, la hija de Paula: …el delicado contorno de caderas, la correcta longitud de sus piernas, el oscuro e insinuante vello púbico, un garbanzo por ombligo en un vientre liso, el costillar de un barco, el pecho escaso, en eso al menos había salido a su madre, pero pezones protuberantes, y luego el rostro, agitanado, bello, ojos almendrados, nariz respingona, y sin embargo unos labios duros poco propensos a la sonrisa, el cabello olas de ónice.

Ya, hacia el final, Fernando Martínez López insiste en el carácter metaliterario de su obra a través de Doris Hidden cuando reflexiona sobre esa obra que está escribiendo: La novela que estoy escribiendo no es otra cosa que un defectuoso calco de lo que ha acontecido a mi alrededor desde que llegué y de lo que sucedió hace casi diez años, ambas líneas temporales entreveradas con agujas largas de tejer. Una novela magnífica en su escritura impecable y en su desarrollo dramático, algo que no sorprenderá al lector que conozca a su autor. Cae la niebla en Mónsul bucea en la memoria, el deseo y el dolor bajo esa extraña y atípica bruma mediterránea.