«Holobionte», de Ángel Olgoso

CARLOS MANZANO

Podría pensarse que los que hemos leído exhaustivamente a Ángel Olgoso, los que nos hemos empapado hasta la médula de la exquisitez de sus prosa, de la delicadeza de su estilo, tan lleno de aliento poético y tan proclive a la fabulación, difícilmente podremos sentirnos conmovidos de nuevo por sus monumentales construcciones semánticas, por sus imponentes juegos verbales, por sus impresionantes alegorías imaginativas, asentadas no obstante en unos trazos mínimos, unas breves pero enjundiosas frases que, en ocasiones, ni siquiera llegan a superar la longitud de una página. Sin embargo, igual que un viajero vocacional jamás se cansaría de admirar una y mil veces la majestuosidad del Taj Mahal o las refinadas geometrías de los techos de la Alhambra, los buenos lectores nunca nos hartaremos de degustar la prosa exquisita y depurada de Olgoso, su sentido preciso del ritmo ni su absoluto y apabullante dominio del idioma. El autor granadino escribe como si trazara exquisitas filigranas en los frisos de una imponente haveli o afinara los sutiles y cimbreantes esmaltes que decoran el exterior de una porcelana Ming: sus textos pueden leerse una y otra vez sin que el ingenio que los ha hecho nacer ni su capacidad de causar asombro sufran merma alguna.

En Holobionte, el cuarto volumen del total de sus relatos que la editorial Eolas se ha propuesto publicar a lo largo de seis entregas, tenemos una prueba más (como si hicieran falta más pruebas) de lo dicho. En Holobionte están sus textos más específicamente alusivos a lo que podríamos denominar la dimensión humana; los diferentes seres y la intrincada red de relaciones que se crean en el curso de la interacción social protagonizan el grueso de los relatos que tienen cabida en este volumen. Predomina, como primera característica, una mirada algo oscura, o tal vez escéptica, o puede que desencantada, sobre las circunstancias que definen la esencia de lo que somos. Más allá del excelente relato que da fin al libro, «Cuento de horror», con el que por otra parte me identifico plenamente, hay otros más donde esa mirada se expresa con absoluta contundencia, como puedan ser «La travesía» o «El solipsista». También nos encontramos con textos donde la exquisitez estilística de Olgoso se despliega con toda maestría, como sucede con «Nubes», una exquisitez a la altura de los más grandes autores clásicos, o «Perlas de Indra», que no por cruel y despiadado deja de ser eminentemente bello. Hay también otros donde se percibe el acerado sentido crítico del escritor granadino, como «El lobo viejo de las desgracias», «Los ujiji» o «La corporación». Igualmente, tenemos relatos donde la mirada actual se entronca con la del pasado como si se tratara de un juego de espejos deformantes, como «La larga digestión del Dragón de Komodo». Y también hay textos en los que prevalece cierta fijación obsesiva en la conducta de sus protagonistas, como «Flores atroces» o «El descanso de Sísifo». A lo largo del libro predominan los relatos breves, como mucho de tres o cuatro páginas, a menudo de un solo párrafo, con excepción de dos textos realmente magistrales como son «El síndrome de Lugrís», quizá el más prosaico de todos, pero no por ello menos excepcional (de hecho es uno de mis favoritos), y «Amargo», que al mismo tiempo destila una distinguida misantropía. También, por supuesto, los hay donde el sentido del humor de Ángel Olgoso hace acto de presencia, como «Hispania II» o «Darwinismo», aunque la ironía y la sátira están presentes en mayor o menor medida en casi todos ellos.

Habría muchos más relatos a destacar, obviamente (no creo que haya ni uno que no merezca el halago y el reconocimiento), en un libro que acoge hasta sesenta y cuatro cuentos, pero no es este el lugar apropiado para ello, por espacio y por intención de quien esto escribe. Solo cabría insistir en que Ángel Olgoso es uno de los más grandes escritores nacionales de la actualidad, que su extraordinario talento para construir universos ficcionales en unos pocos párrafos y edificar enjundiosas fabulaciones con el simple uso del lenguaje encuentra pocas correspondencias hoy en día (al menos que yo conozca), y que cada texto suyo, cada relato, contiene dentro de sí varias lecturas que jamás agotan su significado por muchas veces que se acuda a él. Holobionte es la más reciente prueba de ello.