«Lux», de Mario Cuenca Sandoval
Posted on 31 julio, 2026 By José Luis Muñoz Creación, Dársena, Letras, Reseñas
CARLOS MANZANO
En términos generales se llama distopía al relato, cinematográfico o literario, que toma como marco de referencia una sociedad ficticia, generalmente ubicada en el futuro, donde los ciudadanos se hallan sometidos a un control totalitario, viven sumidos bajo un poder hostil y las libertades individuales se han abolido o están seriamente restringidas. A veces la distopía también puede tomar forma de sociedad ideal en la que se han suprimido los conflictos y se vive en aparente armonía, pero sin obviar que ese acuerdo social se ha conseguido a base de llevar a las personas a una profunda deshumanización y reducir cualquier forma de deseo o ambición, una especie de sociedad programada y artificial. Pero casi siempre en las distopías, más que hablar del futuro que nos espera o describir sociedades fabulosas más o menos verosímiles, se habla del presente, o de hacia dónde podría encaminarse ese presente en base a las fuerzas que operan en la actualidad, si atendemos a las predicciones más sombrías y a los pronósticos más tenebrosos.
En ese sentido, Lux, novela de Mario Cuenca Sandoval publicada por Seix Barral en 2021, bien podría considerarse una distopía, aunque la sociedad imaginada no se sitúe demasiado lejos del tiempo actual, tan solo unos pocos años después de la pandemia de 2020. Es decir, Lux podría ser una distopía que ubica su radio de acción más o menos en el presente, desde el que traza una línea imaginaria, pero posible, en base a unas peculiaridades y unas conductas que todavía siguen muy vivas entre nosotros.
El protagonista de Lux es un profesor de derecho romano que entabla contacto con un partido de extrema derecha, de claras inclinaciones fascistas, sin que en realidad asuma de una manera absoluta su ideario, más bien por proximidad emocional y por conveniencia, podría incluso decirse que se convierte en un fascista a su pesar, sin que alcance a ser verdaderamente consciente de que lo es, igual que esos miles de individuos que son fascistas sin saberlo porque su odio es legítimo, su rencor está justificado, su resentimiento es un ejercicio de justicia y su simplicidad intelectual es la única manera realista de situarse ante la complejidad del mundo. En la novela, pues, se conectan dos líneas argumentales que se entrecruzan y confieren sentido al conjunto: por una parte, la experiencia personal del protagonista, en la que tienen cabida temores atávicos, aprensiones personales, deseos no asumidos y amores no declarados, y por otra, las prácticas arbitrarias del gobierno del partido denominado Lux, que llega al poder aupado por la repulsa generalizada al confinamiento de la pasada pandemia (recordemos que la novela está publicada a primeros de 2021) y dispuesto a llevar a cabo sus políticas hasta las últimas consecuencias.
Cuenca Sandoval es un narrador solvente y un extraordinario observador de la sociedad, y por ello huye de cualquier forma de maniqueísmo y de simplismo argumental; los seres humanos vivimos inmersos en continuas contradicciones y por tanto el protagonista de Lux ha de convivir con sus pulsiones más oscuras y su necesidad de apego hacia el partido del que se siente parte. En ese sentido, Lux no destaca tanto por su descripción de una sociedad que se acerca cada vez más al totalitarismo y al terrorismo de estado, sino por el relato de los procesos mentales que llevan a un individuo racional (o aceptablemente racional, ya que lo que prima en los seres humanos son las emociones, tal como se indica en la frase que da inicio a la novela: «En el principio no fue el verbo, sino la emoción») a aceptar ciertas formas de gobierno que hacen de la represión, la negación y la brutalidad sus señas de identidad, es decir, cómo alguien bien formado intelectualmente puede llegar a dar por válidas unas posiciones ideológicas que niegan las más mínimas muestras de respeto por las libertades individuales y postularse a favor de ciertos conceptos generales que por abstractos e indeterminados no significan realmente nada.
No hay en la novela, en cualquier caso, ninguna intención de predecir el futuro, ni siquiera de advertirnos contra los peligros que se nos vienen encima de cumplirse la primera de las condiciones que se plantean en la novela: la victoria electoral del partido político denominado Lux, entre otras cosas porque la novela Lux es una pieza de ficción (por muy bien encajada que esté en el contexto político español actual) y porque el lector avisado hace tiempo está al tanto de los riesgos que eso supondría. De hecho, en la propia novela se puede leer lo siguiente de boca de su protagonista:
«Y sin embargo debo admitir que todavía me despiertan cierta ternura aquellas ensoñaciones, pese a que estoy convencido de que cualquier discurso de anticipación es por naturaleza ridículo, que el futuro que se vaticina en la literatura envejece siempre demasiado rápido».
Pero todo lo anterior carecería de verdadera trascendencia si no estuviera perfilado (en puridad, ninguna historia existe hasta que alguien la pone en palabras, o en imágenes significantes, si hablamos de cine) por la prosa exquisita de Mario Cuenca Sandoval, uno de los narradores más atrayentes del panorama literario español. Leer a este autor es garantía de disfrute estético y placer intelectual, aspectos ambos consustanciales a su literatura. Y desde luego en Lux se dan cita todos los elementos que hacen de una novela un artefacto ficcional sugerente y vivo: sentido estético, profundidad narrativa, capacidad expresiva y solidez argumental. Ahí es nada.
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