La cava parte dos: La partida

Por Julieta Destefani
Una partida puede ser un conjunto de cosas de una misma especie, una porción de vino que comparte origen y elaboración, o la acción de marcharse.
En la historia de Domingo Tomba, las tres acepciones parecen haberse reunido: hubo cuentas que debían revisarse, un patrimonio que terminó dividido y un hombre que abandonó Mendoza llevando consigo su versión de los hechos.
Sobre Domingo Tomba pesaba la acusación de haber falsificado la firma de su hermano Antonio en la escritura del 18 de octubre de 1899, que regulaba la liquidación de la sociedad en caso de fallecimiento de uno de sus integrantes.
En el pleito que su sobrino Luis seguía contra él, la Cámara Federal declaró falsa aquella firma. La disputa comprometía tanto el patrimonio familiar como la honorabilidad de Domingo.
En 1915, mientras su nombre todavía permanecía unido a un extenso conflicto familiar, comercial y judicial, Domingo publicó en Buenos Aires un libro titulado Pleito de Tomba con Tomba. Exposición de Domingo Tomba a sus amigos y al público y escritos de recursos ante la Corte Suprema. No se trataba de una reconstrucción posterior ni de la interpretación de un historiador. Era Domingo hablando en primera persona, presentando documentos, ordenando los acontecimientos y pidiendo que su conducta fuera juzgada después de escuchar su versión.
La existencia de este volumen no apareció mencionada en las reconstrucciones históricas consultadas para la primera entrega de La Cava.
Su hallazgo no resuelve el pleito ni convierte automáticamente en verdaderas todas las afirmaciones de quien lo escribió.
Una exposición personal también responde a intereses, heridas y necesidades de defensa. Sin embargo, modifica una ausencia fundamental: el hombre que durante décadas fue contado por otros había dejado su propio testimonio.
El libro fue editado en 1915, pero el ejemplar conservado en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno ingresó en 1936, veintiún años después, mediante una donación atribuida al doctor Montes de Oca. Su nombre quedó registrado. La historia que une al donante con el volumen, no.
¿Quién era aquel doctor Montes de Oca? ¿Qué relación tuvo, si la hubo, con Domingo o con alguno de los protagonistas del conflicto? ¿Dónde permaneció el libro durante esos veintiún años? ¿Cómo llegó a sus manos y por qué decidió entregarlo a una institución pública?
Las preguntas se extienden hacia quienes acompañaron a Domingo. ¿Quiénes conocieron su versión cuando todavía era posible interrogar a los protagonistas? ¿Circularon estas páginas entre sus amigos, abogados, empresarios, miembros de las asociaciones italianas o hermanos de logia? ¿Cuántos ejemplares fueron impresos y cuántos sobreviven todavía en bibliotecas familiares, archivos privados o fondos documentales que nunca fueron relacionados con la historia de los Tomba?
Para construir esta segunda ficción recurrimos a la arquitectura simbólica del sexto grado del Rito Escocés Antiguo y Aceptado: el Secretario Íntimo. En su representación, Hiram de Tiro reclama ante el rey Salomón por aquello que recibió a cambio de su contribución a la construcción del Templo. Johaben, movido por un celo excesivo, se aproxima para escuchar una conversación privada. Descubierto y acusado de espionaje, debe explicar sus intenciones. Después de ser oído antes de ser juzgado, es perdonado y recibe la responsabilidad de custodiar una nueva alianza.
La correspondencia es literaria, no documental. No pretende atribuirles ese ritual a Antonio o Domingo ni convertir la masonería en prueba del pleito. Nos ofrece otro instrumento: la posibilidad de pensar qué sucede cuando alguien atraviesa una puerta prohibida, escucha una historia incompleta y recibe después la responsabilidad de registrarla sin deformarla.
Por ahora, los documentos permiten afirmar solamente que Domingo escribió su exposición, la imprimió en Buenos Aires y dirigió sus palabras a sus amigos y al público.
Todo lo demás permanece abierto.
Tal vez investigar no consista únicamente en encontrar respuestas. También es formular correctamente las preguntas que deberán sobrevivirnos.
Porque también los libros tienen una partida, un tiempo de silencio y un destino. Y este, más de un siglo después de su publicación, todavía espera que alguien se siente a escucharlo.
¿Hacemos los honores?
PARTE 2
La partida: toda alianza comienza por escuchar.
Vino de Culto…
Pasé el pulgar por la etiqueta.
—Anoche decía otra cosa.
Servando se acercó y miró la botella conmigo.
—¿Qué decía?
—El vino que no tomamos.
Permaneció a mi lado unos segundos. Después acercó el vaso de agua.
—Tomá. Hay café también, cuando tengas ganas..
Bebí mirando la ventana. Afuera era de mañana.
—¿Cuánto tiempo estuve ahí?
—Te encontré anoche, cuando fui a cerrar. No me contestabas. Te traje para acá.
—Escuché voces, anoche en tu cava.
Servando apoyó su taza sobre la mesa.
—¿Qué te decían?
—No puedo ordenar todo todavía. Me acuerdo de una puerta… y de una toalla blanca. Me vino, creo… Recuerdo que se me cayó el aceite, ¿dónde quedó? ¿Lo viste? Es mi medicina.
Al decirlo me miré las manos. Estaban limpias.
Él siguió mi mirada.
—Allá está —dijo señalando la cómoda.
—Debe parecerte una locura —dije.
—Me preocupó encontrarte así. Lo que me estás contando prefiero escucharlo antes de decidir qué me parece.
Lo miré. Tenía una marca en la mejilla y la camisa arrugada.
—¿Dormiste?
—Un poco, en el sillón. Ahora me vendría bien otro café. ¿Me acompañás?
Sonreí y aparté la sábana.
—Sí, me apunto. Después necesito volver al hotel.
—Cuando quieras. Tus cosas están acá.
Me alcanzó el bolso. Luego metió la mano en el bolsillo de la camisa.
—Y esto lo guardé para que no se perdiera.
La cadena cayó entre sus dedos.
Me llevé una mano al pecho. No había notado que el relicario me faltaba.
—Lo encontré caído al lado tuyo—dijo.
Lo dejó descansar sobre la palma. Cuando me incliné para tomarlo, oímos un clic.
La tapa había cedido.
Servando mantuvo la mano quieta.
—Nunca pude abrirlo —murmuré.
Acercó la palma a la luz de la ventana. En el interior aparecieron dos iniciales. D + L.
Apoyé los dedos debajo de su mano para mirarlas mejor.
—Luvina —dije—. La L es de Luvina.
Servando volvió hacia mí el rostro. Esperaba que siguiera hablando, pero yo todavía miraba nuestras manos, sosteniendo juntas algo que hasta entonces había llevado sola y cerrado.
—Era mi tatarabuela—continué—. Luvina. El relicario fue pasando de una mujer a otra hasta llegar a mí.
Servando observó las iniciales.
—¿Y sabían qué había adentro?
—Si alguna lo sabía, no lo contó. Cuando me lo dieron ya estaba cerrado.
Rozó con el pulgar el borde de la tapa. Yo seguía sosteniendo su mano por debajo.
—¿Y la D?
—No sé, quiero pensar que es de Domingo.
Levantó los ojos.
—¿Por eso viniste a la cava?
—También. En mi familia quedaron algunas cosas de Luvina. Su nombre, esto… y una historia que siempre se contaba a medias. Cuando preguntaba por él, la conversación terminaba cambiando de tema.
Servando volvió a mirar el relicario.
—A veces se pierde más con eso que con el olvido. O una cosa trae a la otra.
—¿Con qué?
—Con cambiar de tema. Mi familia también tiene práctica.
Sonreí. Aflojé los dedos, pero él no retiró la mano.
—Desconozco qué fueron. No sé si el uno para el otro —dije—. No tengo una carta que lo diga. Ni siquiera una fecha.
—Tenés esto.
—Dos iniciales. Podrían ser de cualquiera.
—Podrían —concedió—. Pero vos pensaste en Domingo apenas las viste.
Servando volvió a mirar las iniciales.
—Es una corazonada, de las que se hablan bajito.
—Debe cansar —dijo—. Tener que hablar bajito durante tantas generaciones.
Sentí que se me cerraba un poco la garganta. Retiré la mano para acomodarme el pelo.
Él esperó y luego me ofreció el relicario. Recogió la cadena con cuidado para que no se enredara.
—¿Lo cerramos?
Miré otra vez las letras.
—Sí.
La tapa encajó bajo mi dedo. Ahora sabía dónde presionar.
Intenté ponerme la cadena, pero el broche se me escapó dos veces.
—¿Te ayudo?
Se levantó cuando asentí. Aparté el pelo y sentí sus dedos buscar el cierre en mi nuca. Tardó apenas unos segundos. Yo permanecí quieta hasta después de que hubiera terminado.
—Ya está.
El relicario volvió a su lugar, tibio todavía por haber pasado entre nuestras manos.
Servando recogió las tazas.
—Vamos por ese café. Después te llevo al hotel.
Lo seguí hasta la puerta. Antes de salir, volví a tocar las iniciales ocultas bajo la tapa.
Me sentía en sueño de película.
En la cocina, Servando abrió la ventana y puso agua a calentar. Me senté a la mesa, todavía con la sensación de sus dedos en la nuca.
Dejé el teléfono junto al azucarero. Tenía batería. El mundo había seguido funcionando durante mi ausencia.
—¿Qué sabés de Domingo? —preguntó mientras buscaba las tazas.
—Lo que pude reunir. La sociedad con Antonio, las bodegas, el juicio, Félix Mo… Después, su regreso a Italia. En cada historia que leo, parece que se hubieran empeñado en que jamás nadie lo mencionara siquiera.
Servando se volvió.
—¿Por qué crees eso?
—Me vibra injusticia, villanía. No sé… Hay oscuridad que necesita luz ahí. ¿Sabías que Domingo Tomba escribió un libro? Una exposición sobre el pleito. Dirigida a sus amigos y al público.
—¿La leíste? —preguntó mientras ponía dos tazas sobre la mesa.
—No. Tengo anotado el título. Lo encontré navegando catálogos de biblioteca y lo dejé pendiente.
Me levanté a buscar mis papeles en la cartera y traje la anotación a la mesa.
Leí el título completo dos veces.
—A sus amigos y al público —repetí.
—Parece que quería que lo escucharan.
Recorrí con el dedo la línea donde figuraban los recursos ante la Corte Suprema.
—¿Qué esperas encontrar ahí?
Servando se sentó frente a mí.
—Habrá que ponerlo al lado de lo otro. Ver dónde coincide, dónde no. Investigación documental.
El agua empezó a hervir. Se levantó para preparar el café y yo volví a mirar el papel.
Hasta entonces había buscado a Domingo entre las palabras de los demás. Ahora existía la posibilidad de encontrar las suyas.
—Quiero leerlo.
Servando dejó mi taza junto a los apuntes.
—Podemos preguntar en la San Martín. Si no está, quizás puedan decirnos dónde buscarlo.
Miré el teléfono. Casi las diez. ¡Tardísimo!
—Primero necesito pasar por el hotel.
—Claro. Y yo ordenar el día y ver si pego un ojo un rato. ¿Nos encontramos esta tarde?
—¿A las cuatro y media?
—En la entrada de la biblioteca.
Copió el título en sus papeles y lo dejó en una bandeja apartada con boletas de servicios.
Mientras el café se enfriaba, acaricié el relicario por encima de la ropa. Dos iniciales adentro. Un nombre escrito delante de mí. Estaba fascinada con el descubrimiento.
Por una vez, no tuve que elegir entre quedarme con la pregunta o cambiar de tema.
Servando me dejó en la puerta del hotel. Antes de bajar, confirmé la hora, aunque no la había olvidado.
—Cuatro y media.
—Ahí voy a estar.
En la habitación dejé el bolso sobre la cama y abrí las cortinas. Todo estaba como lo había dejado: una camisa en el respaldo de la silla, el cargador enchufado, los apuntes junto a la ventana.
Me saqué el relicario para bañarme. Lo sostuve un momento antes de abrirlo.
La tapa cedió. D + L.
Era pequeño para haberme ocupado toda la mañana.
Lo dejé sobre el cuaderno y entré al baño. El agua me quitó el olor de la cava, pero cuando cerré los ojos volví a ver la mano de Servando bajo la mía.
Después comí algo, respondí mensajes y atendí dos asuntos que había venido postergando. No le escribí. Teníamos una hora y un lugar; me gustó que alcanzara con eso.
Antes de salir revisé el título del libro. Llevé el cuaderno, una lapicera y el relicario, esta vez guardado en el bolsillo interior de la cartera.
La biblioteca estaba en un sector que llamaban la Alameda. Llegué unos minutos antes. El agua corría por las acequias y tuve que mirar dónde pisaba al cruzar. Caminé despacio el último tramo, hasta la entrada de la Biblioteca Pública General San Martín.
Servando estaba allí.
Me vio antes de que lo llamara y cerró la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—¿Pudiste descansar?
—Un rato. ¿Vos?
—También. Y comer algo. Esta mañana nos quedamos bastante entretenidos con el café.
Sonreí. La luz de la tarde me dejaba verlo de otra manera: ya no era el hombre sentado junto a una cama en la que yo había despertado sin saber cómo. Estábamos en una vereda, a una hora convenida, buscando un libro.
—Traje el título —dije.
—Yo también.
Le mostré el cuaderno. Él levantó la carpeta.
—Vamos bien preparados.
Entramos juntos. Servando se hizo a un lado para dejar pasar a una mujer que salía con varios libros contra el pecho. Yo guardé el teléfono antes de acercarme al mostrador.
La persona que nos recibió preguntó qué necesitábamos.
Abrí el cuaderno.
—Queremos consultar un libro de Domingo Tomba.
Al decirlo sentí una pequeña impaciencia. Conocía el título, había anotado sus datos, pero nunca había tenido el libro entre las manos. Ahora esperaba que alguien lo trajera hasta nuestra mesa.
La bibliotecaria leyó el título en mi cuaderno y nos entregó una solicitud.
Completé mis datos, el nombre del autor y el año. Al llegar al título tuve que achicar la letra para que entrara entero. Servando lo leyó por encima de mi hombro.
—A sus amigos y al público —murmuró—. Me quedé pensando en lo que hablamos esta mañana.
Levanté la lapicera.
—¿En qué?
—En que escribió para alguien. Me pregunto a quién esperaba encontrar del otro lado.
Entregué el formulario.
—Voy a consultar —dijo la bibliotecaria—. Pueden esperar en aquella mesa.
Nos sentamos uno junto al otro. Dejé el cuaderno abierto y aparté el bolso para hacer lugar al libro. Había algo extraño en preparar un espacio para un objeto que llevaba tantos años esperando conocer.
Servando miró la superficie despejada.
—¿Siempre hacés esto?
—¿Qué cosa?
—Dejarle tanto lugar.
Sonreí.
—Es la primera vez que pido uno así. Tengo la sensación de que debería recibirlo con guantes.
Él acomodó su carpeta junto al borde.
—Bueno. Ya tiene dónde llegar.
Durante unos minutos observé cada movimiento detrás del mostrador. Cuando alguien aparecía con un volumen, levantaba la cabeza.
Servando acercó un poco su silla.
—Hay algo de anoche que quería preguntarte.
Me volví hacia él.
—Cuando bajaste a la cava, ¿qué estabas buscando?
Apoyé la lapicera sobre el cuaderno.
—Quería verla.
—Podías habérmelo pedido.
—La verdad, no sabía por dónde empezar tanta explicación. Elegí que me guiara la conversación. Pensé que me ibas a decir que no si te ponía todo en la mesa de una.
Lo reconocí mirando la mesa.
—Había una puerta abierta. Bajé sin preguntarte. Después escuché algo y seguí.
Servando se quedó pensativo.
—Me hubiera gustado saber que estabas ahí. Hay sectores donde no conviene entrar solo.
—Lo sé. Perdón.
—Gracias por decírmelo.
No añadió nada. Aquella facilidad para aceptar mi explicación me dejó sin el resto de la defensa que había preparado.
—¿No te molesta?
—Que hayas entrado sin avisar, sí, un poco. Pero ahora me estás contando por qué. Prefiero que podamos hablarlo.
Desde otra mesa llegó el ruido de una página al pasar.
—No fui para llevarme nada —dije.
Servando sonrió apenas.
—Ya sé. Aunque al final te llevaste bastante.
Miré hacia el bolso.
—Fue toda una experiencia, ni siquiera sé qué hacer con eso.
—Podés escribirlo.
—¿Lo de anoche?
—Lo que estás buscando. Lo que encuentres. Tenés más preguntas que cualquiera que haya venido a verme por la cava.
Bajé los ojos al cuaderno. Había nombres subrayados, fechas corregidas y flechas que terminaban en espacios vacíos.
—También puedo equivocarme.
—Por eso me gustaría leerlo con vos.
Lo miré.
—¿El libro?
—El libro, los papeles que tengo. Si te sirve, los buscamos juntos. Y cuando quieras volver a la cava, me avisás. Te abro yo.
—¿Y qué esperás que escriba?
Se acomodó en la silla antes de responder.
—No tengo un final para darte, Dominga. Quiero saber qué pasó.
Dejé pasar unos segundos.
—No puedo prometerte que vaya a encontrar lo que esperás.
—Yo tampoco sé qué espero.
La impaciencia empezaba a tomar el control de la charla. Tomé la lapicera.
—Entonces vamos anotando lo que podamos comprobar. Lo demás queda como pregunta.
Servando miró las páginas y después a mí.
En una hoja nueva escribí la fecha. Debajo, el título del libro.
—¿Y lo de la cava? —preguntó.
La lapicera quedó suspendida.
—Eso todavía no sé dónde ponerlo.
—Dejale una hoja.
Pasé la página y dejé una en blanco.
Servando observó el gesto con una seriedad que me enterneció. Luego bajó la voz.
—Domingo tuvo sus abogados. Le estaba faltando alguien que lo escuchara con tanta paciencia.
—Todavía no leí una palabra suya.
—Entonces llegaste a tiempo para el puesto.
—¿Qué puesto?
—Secretaria íntima.
Lo miré de costado.
—¿De Domingo? —dije risueña—. ¡Me encantaría!
—Si aceptás. Yo puedo ayudarte a buscar los papeles, pero la letra… es bastante mejor la tuya.
Quise responderle algo y terminé sonriendo.
Volví a mirar el mostrador. El libro demoraba.
Esta vez, sin embargo, no sentí la necesidad de llenar la espera. Dejé la lapicera entre nosotros, sobre el cuaderno abierto.
La bibliotecaria se acercó a nuestra mesa sin el libro. Traía la solicitud y una hoja con algunas anotaciones.
Retiré la lapicera del espacio que habíamos dejado libre.
—No pude localizarlo —dijo—. Necesitaríamos más tiempo para seguir buscando.
Servando se enderezó en la silla.
—¿Podemos dejarles nuestros datos?
—Sí, por supuesto. Además, consulté el catálogo de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires. Allí figura un ejemplar para consulta en sala. Pueden comunicarse antes de ir y solicitarlo.
Acercó la hoja. Copié los datos en el cuaderno, aunque podría haberme llevado solamente el papel. Necesitaba hacer algo con las manos.
—Gracias por buscarlo —dije descontentísima, claro.
—Si lo encontramos acá, les avisamos.
Servando dejó su teléfono junto al mío en el formulario. El suyo tenía el código de área local. Cuando la bibliotecaria se alejó, miramos el lugar vacío entre nosotros.
—Me había preparado para leerlo hoy —dije.
—Yo también. Y hasta esta mañana era apenas un título anotado.
Cerré el cuaderno, pero dejé un dedo entre las páginas.
—Está en Buenos Aires.
Servando volvió hacia mí el rostro.
—Y mirá qué casualidad: la semana que viene tengo que viajar.
Lo miré. Había dicho aquello con la misma naturalidad con que me había ofrecido café por la mañana.
—Yo todavía tengo algunas cosas que resolver acá —dije—. Pero podríamos encontrarnos directamente allá.
—En la Nacional.
—Y leerlo juntos.
Sonrió.
—Me gusta ese plan.
Busqué en el teléfono la fecha de mi regreso. Comparamos los días y elegimos uno. Servando me pidió la lapicera y lo escribió debajo del título, en la hoja que nos habían dado.
Observé su letra junto a la mía.
—Ahora sí tenemos una fecha —dijo, devolviéndomela.
Doblé el papel y lo guardé en el bolso. El relicario estaba en el bolsillo interior; lo sentí al acomodar el cuaderno.
Servando recogió su carpeta. Antes de levantarnos, miré una vez más la mesa. Durante la espera le habíamos hecho lugar a un libro que todavía no íbamos a poder leer.

Caminamos juntos hasta la salida. Afuera, la luz se retiraba lentamente de la Alameda y el agua continuaba avanzando por las acequias, indiferente a que el libro hubiera vuelto a escaparnos.
La desilusión nos acompañó durante la primera cuadra. Llevaba dentro del bolso el papel doblado, con la fecha del próximo encuentro escrita por Servando debajo del título.
Pasamos frente a Flores Paula. El escaparate estaba cubierto de ramos, hojas verdes y pequeños carteles escritos a mano. Disminuí el paso. Después de tantas páginas ausentes, aquella abundancia de colores me pareció casi una provocación.
—No es una mala forma de fracasar —dijo Servando.
—¿Cuál?
—Salir de una biblioteca sin el libro que vinimos a buscar y encontrarnos con todas estas flores.
Sonreí.
—No fracasamos. Sabemos dónde está.
—En Buenos Aires.
—En Buenos Aires.
Seguimos caminando bajo los árboles. La luz alcanzaba todavía las ramas más altas; a nuestros pies, las sombras se juntaban sobre la vereda. Ninguno apuraba el paso.
—Entonces nos vemos allá —dije.
Servando giró apenas la cabeza.
—¿Cómo que allá?
—En la Biblioteca Nacional.
—Sí, entendí esa parte. ¿Ya no nos vemos más hasta Buenos Aires?
—Claro. Nos encontramos directamente allá.
Miró hacia adelante, como si evaluara una situación inesperadamente injusta.
—Me parece un final bastante administrativo.
—Acabamos de salir de una biblioteca.
—Precisamente. Creo que nos merecemos algo menos institucional.
Aflojé los hombros. Hasta entonces no había advertido cuánto los llevaba levantados. Lo miré con una sonrisa que ya empezaba a aceptar la invitación.
—¿Como qué?
—Un último café con la secretaria íntima de Domingo.
Incliné apenas la cabeza.
—¿Y qué privilegios tiene el cargo?
Servando sonrió.
—Por ahora, elegir dónde nos sentamos.
—¿Nada más?
—Podemos discutir las condiciones durante el café.
Miré las mesas que se alcanzaban a ver más adelante. Me gustó imaginar el bolso apoyado en otra silla, una taza entre las manos y un rato más con él.
—Acepto. Pero la secretaria termina su jornada acá.
—¿Eso qué significa?
—Que durante el café no hablamos de la investigación.
—Ni de Domingo.
—Ni de Antonio.
—Ni del juicio.
Extendió la mano.
—Trato hecho.
Se la estreché sin dejar de sonreír.
Encontramos un café a pocos metros, con mesas orientadas hacia la Alameda. Elegí una de esas,con vista a sus imponentes árboles. Servando apartó la silla para que me sentara y después ocupó la de enfrente.
Durante los primeros minutos dejamos pasar las preguntas que normalmente habrían ocupado la mesa. Hablamos del viaje, de la ciudad y de las cosas que todavía debía resolver antes de regresar. Servando no preguntó cuáles. Yo tampoco quise saber qué asunto lo llevaría a Buenos Aires.
Después la conversación encontró sola su camino.
Me quité el saco y lo dejé en el respaldo. Ya no estaba pendiente del teléfono ni del reloj. Una brisa tibia movía las hojas; el agua de la acequia aparecía por momentos entre las piernas de quienes pasaban.
Servando escuchaba con la misma atención que había tenido por la mañana. Ahora, sin embargo, yo me demoraba en mirarlo. En cómo sostenía la taza, en la sonrisa que le quedaba después de reír.
En algún momento apoyé la mano sobre el bolso. El relicario permanecía dentro, cerrado otra vez.
Él siguió el movimiento.
—Eso está prohibido —dije.
—No dije nada.
—Lo estabas pensando.
—Pensar, no estaba incluido en el acuerdo.
—La próxima vez redacto mejor las cláusulas.
—Para eso sos la secretaria.
Apoyé los codos sobre la mesa y lo miré por encima de la taza.
—Íntima —precisé.
Servando dejó de mover la cucharita.
—Íntima —repitió, sonriendo.
Sostuve su mirada un instante más.
—No me rebajes el cargo ahora que empezaba a gustarme.
Se rio y yo también. Cuando llegó el mozo a retirar las tazas, ninguno pidió la cuenta.
Pedimos otro café. Pero lo tomamos adentro. Caía la tarde y refrescaba la ciudad.
Al salir, caminamos hasta el punto donde nuestros recorridos se separaban.
No volvimos a mencionar el libro.
—Entonces, Buenos Aires —dijo Servando.
—Buenos Aires.
—¿Directamente allá?
Reconocí la pregunta escondida dentro de la pregunta. Me habría gustado darle otra respuesta, pero todavía necesitaba aquellos días para mí.
—Directamente allá.
Asintió. Nos quedamos un momento frente a frente.
—Que resuelvas tus cosas, Dominga.
—Y vos las tuyas, Servando.
Nos alejamos en direcciones opuestas.
Durante los días siguientes no nos escribimos.
A veces abría el cuaderno y encontraba la fecha debajo del título o recordaba cómo había dejado quieta la cucharita cuando dije íntima.
Y su letra… Su letra latía viva entre mis muertos.
Continuará…
Julieta Katherina Destefani es escritora argentina, nacida en Mendoza y residente en Buenos Aires. Su obra explora los vínculos entre memoria, territorio e identidad. Ecuentra en los archivos y en las huellas del pasado el punto de partida para nuevas narrativas. Su escritura se mueve en los márgenes donde la historia documentada se encuentra con la literatura y la memoria vuelve a adquirir voz.
Contacto: julidestefani1@gmail.com