La carretilla

Por Guillermo Sierra

1910 A Morning Snow - Hudson River oil on canvas 114.6 x 160.7 cm©George Bellow.

 

La sorpresa que llega súbitamente cuando el tiempo cambia. El invierno se despereza, se lava la cara, y se va yendo. Atrás quedaron las seguras tardes y noches en las que nada extraño o impredecible podía pasar; si llovía, hacía frío o nevaba, pues llovía, helaba o nevaba. Pero sólo eso. Imperaba la ausencia de riesgo. Oportuna reflexión sobre la naturaleza del riesgo: meter la mano en una hoguera no implica riesgo alguno; la quemadura está asegurada. Es importante distinguir entre calamidad segura y el riesgo de padecer ésta. Así pues, este invierno costumbrista y de clase media acomodada carece de todo riesgo.

Así, así era el invierno, como esa visita incómoda, que cuando finalmente se va, uno echa un poco de menos en las solitarias tardes de domingo. El tiempo no cambiaba, era siempre – casi siempre- horroroso. El tiempo no cambiaba – o no lo hacía nuestra apreciación del mismo-, y así el tiempo, el otro tiempo, el que corre y se va, tampoco pasaba. Se quedaba acomodado, absolutamente inmóvil y muerto de frío, como durmiendo al raso en esos días. De enero a marzo es prácticamente un mismo día, ventoso frío y húmedo, a ratos como un paisaje de George Bellows. Idéntica parálisis temporal ocurre en verano.

O más llamativo, cuando se observa la apreciación del correr del tiempo de habitantes de lugares de climas muy estables, sin apenas variación. Por ejemplo climas ecuatoriales, por cambiar de tercio. Cómo un mexicano puede dormir la siesta con indolencia, fumar marihuana con toda la tranquilidad del mundo. Cómo hacen lo propio haitianos, panameños, bolivianos. No pasa el tiempo. Más anécdotas; la minúscula isla de Raroia, en la Polinesia francesa, que relataba Bengt Danielsson. Este sueco, desde su exilio tropical describió con fascinación, entre muchas otras proezas, como una carretilla olvidada en la calle principal del pueblo de Raroia pasó cerca de tres meses sin ser recogida, pese a que todo el pueblo la vio ahí, abandonada. Los indígenas no sentían que hiciese falta quitarla, y no lo hicieron. Sus tres meses equivalen a unos dos minutos occidentales, enervados y crispados. Otra referencia son los entrañables alcohólicos que retrataba Jack London en sus Relatos de los mares del Sur. Tenían la piel tan dura de sal, de no lavarse con agua dulce en años, que los mosquitos no picaban. No había necesidad de lavarse, ni de recoger la carretilla. El tiempo no pasa, hay alimento, compañía, ginebra y tabaco, y casi no hay peligros. Esos lugares son el superlativo de nuestros indolentes inviernos.

Sin embargo, sin remedio, llega la primavera. O el otoño. Y cambia el tiempo diez veces en el día.

Con respecto al tiempo, el lineal, vuelve a avanzar. Y nos da vértigo, nos nubla la vista, o al menos, eso me hace a mí.

Me produce una intranquilidad horrorosa ver las luces de los coches reflejadas en la carretera mojada, como un mundo especular en que todo ocurre a velocidades vertiginosas. Cuando al día siguiente me aso bajo mediodías de justicia, al salir del trabajo a las tres de la tarde. Pero cuando ya me voy acostumbrando a estos cambios, llega el verano, y sus tres o cuatro meses, que en mis latitudes sureñas son uno sólo. Y me entrego de nuevo al lento y pringoso pasar de los días, entre humos sedantes, atardeceres naranjas, vino con regusto a arena y pieles morenas manchadas de sal. Para otra vez, volver al vértigo de las luces de los coches reflejadas, en cuanto octubre llama a la puerta de nuevo. Y entonces vuelve ese perpetuo alguien, que me roba una vez más la carretilla.

 

 

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