Snowden, de Oliver Stone

snowden_joseph_gordon_levitt_h_2015Que los estados no están al servicio de sus ciudadanos sino contra ellos es una evidencia que ha quedado bastante clara tras una serie de escándalos y filtraciones de papeles secretos, principalmente en Estados Unidos. Snowden era una película muy esperada aunque su director, Oliver Stone, ha perdido su fuelle narrativo hace muchos lustros, y aquí no lo recupera a pesar de su bienintencionado mensaje. De los drones usados para fines pacíficos, para esos maravillosos planos cinematográficos aéreos, a los drones como armas de asesinar indiscriminadamente con un simple clic del ordenador en un despacho lejano de donde tiene lugar el crimen, algo que se asemeja mucho a un juego virtual sino fuera porque los muertos son reales, pero ni apestan ni molestan a miles de kilómetros.brody-oliver-stone-snowden-1200

Ed Snowden puso al descubierto un programa de control de comunicaciones masivo que conculcaba las leyes de su país, como las conculcaban las detenciones ilegales sin cargos en Guantánamo o la tortura reconocida como interrogatorio reforzado. Al margen de sus buenas intenciones de denuncia política, que nadie le discute, el director de JFK construye un thriller farragoso y carente de tensión en el que el espectador se pierde en una maraña de datos informáticos y pantallas con algoritmos y poco conoce a su personaje central más allá de ser un agente de la CIA que fue desengañándose paulatinamente de la agencia y de la política de su país.

Ed Snowden, como Julian Assange, los mensajeros, están proscritos; el primero vive refugiado en la Rusia de Putin, un anfitrión poco recomendable, y el segundo sigue encerrado en la embajada de Ecuador en Londres, mientras que los delitos denunciados no se han juzgado ni sus responsables han sido puestos a disposición de la justicia. Eso es el poder absoluto: la impunidad absoluta. Pero lo peor es que el ciudadano de a pie ya acepte como inevitable la falta absoluta de privacidad y el que sus mensajes puedan ser hechos público.snowden-joseph-gordon-levitt-1000x520

Snowden, estructurada a través de una entrevista periodística con la que se convoca a los medios a compartir la denuncia del espionaje masivo de la CIA,   es larga, aburrida y poco aportan unas interpretaciones planas de Joseph Gordon Lewitt, que encarna al agente arrepentido, Shaiene Woodley, a su amada Lindsay Mills, la chica radical, ni los veteranos Nicolas Cage y Tom Wilkinson. Decepción al por mayor.

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