Manglar versus asfalto

Hoy el viajero agradece no vivir en este país por el que se siente superado, no ser residente con papeles ni sin papeles a un paso de ser deportado por el presidente de la cara de color zanahoria.  Demasiado grande para su mentalidad europea, inabarcable, a otra escala, inhumano. Antes se iba a caballo, ahora en coche. Así es que si tiene tiempo, cada vez menos, y humor, cada vez menos también, quizá escriba la historia épica de Álvar Núñez Cabeza de Vaca que naufragó en Florida, recorrió a pie la interminable península infestada de caimanes y llegó andando a California sobreviviendo a nativos poco amistosos por el camino que no se lo debieron comer por su aspecto terrible. Mejor morir, se dice él que ha hecho esa cura de sueño y está empacando para dejar libre su habitación a las 11 de la mañana, sin desayunar, que sufrir tantas penurias para vivir.

Pide la factura al chico de la recepción  que manda inspeccionar la habitación por si el huésped se ha comportado de forma vandálica y esa es la razón de ese depósito de cien dólares que le hicieron el primer día y cubre los posibles desperfectos. Todo okey, señor, le dice entregando la factura. Le ruega el viajero que llame a un taxi que le lleve a su nuevo alojamiento en el Marriot Biscayane, en Miami Downton. Que acepte tarjeta de crédito.

Mientras se produce la espera en la recepción del Hotel Croydon, el portero, un muchacho de acento cubano, se interesa por su procedencia, y en cuanto oye la palabra España, le habla de ese proceso de independencia de Catalunya que quiere precisamente olvidar. Así es que a regañadientes habla de ese porcentaje cada vez más alto de catalanes que no se sienten españoles, de la nefasta gestión del gobierno central que encarcela a la mitad del gobierno catalán, de la no menos nefasta gestión del gobierno catalán que no estaba preparado para la independencia y de las causas económicas que subyacen en el conflicto aparte de lo emocional.

Llega el taxi y camino del Dowton de Miami entabla otra sesuda conversación política con un sabio taxista ecuatoriano que lleva en Miami más de veinte años y le dice que no puede sentir otra cosa que agradecimiento a su país de adopción aunque lo gobierne un payaso charlatán aficionado al Twitter. Mientras conduce saltando de isla en isla por los larguísimos puentes que comunican Miami Beach con tierra firme, le habla de los ecuatorianos que hay en Miami, menos que en España, de que la vida allí es muy cara, pero los sueldos son muy altos, de que tiene un hijo de una mujer de la que se separó, y lamenta esa separación,  de lo buen presidente que fue Correa, a pesar de ser amigo de Venezuela, tan bueno como lo fuera Obama,  y de los muchos venezolanos que hay en Miami, para pasar a hablar de Cataluña,  su proceso de independencia, y querer saber por qué se quiere separar de España.  Así es que de nuevo el viajero equidistante tiene que hablar de ese engorroso asunto que le ha quitado muchas noches de sueño, y el taxista ecuatoriano lo entiende más que el presidente de la nación que vive en la burbuja de la Moncloa, a la primera.  Pero que les hubieran dejado votar, dice. Eso, contesta el viajero.  A mí es que ese presidente que tienen ustedes no me gusta un pelo, es un corrupto,  se dice de él  que cobra dinero ilegal y como si nada. Exacto, corrobora, como si nada porque le siguen votando haga lo que haga.

Llegan al Marriott Biscayane y casi son un par de amigos que  vayan a quedar a tomarse una cerveza.
—¿Su nombre, caballero?
—Abimael Koczinsky.
—Me suena a peruano y polaco— apunta, mientras hace la cuenta.
—Buen oído, a los catalanes los llaman despectivamente polacos.
—¿No le gustó el hotel de Miami Beach que se fue al Marriott? — quiere saber.
—No, soy escritor y voy invitado a la Miami Book Fair.
—Escritor, qué bueno.
—Así seguro que escribirá sobre todo lo que hemos platicado en mi coche.
—Seguro. Encantado señor, y mucha suerte con su libro.

Paga, se baja, un mozo pone sus maletas en un carro y Abimael Koczinsky,  que ya tiene nombre el viajero, se acerca al mostrador de recepción y bendice su suerte de encontrar a una hispana.
—¿Habla mi idioma?
—Mejor que ninguno—dice la recepcionista.
—Vengo invitado por la Miami Book Fair.
—Excelente,  bienvenido señor Koczinsky.  ¿Me permite una acreditación?
Le alarga el pasaporte. La foto se la hizo en invierno, poco antes de ir a Nueva York, y parece un tipo sepultado por los años. La recepcionista se lo devuelve, le informa de que en el tercer piso hay una oficina de atención a los invitados en donde pueden estar,  tomarse una café y pastas,  y de que de la puerta misma del hotel sale un shuttle que traslada a los autores a la feria.

Su habitación es la 2127, es decir que está en la planta 21 a la que le lleva uno de los seis veloces ascensores disponibles cuando el mozo entra con las maletas en la cabina. EL mozo de las maletas también se interesa por la literatura, así es que le indica, antes de darle de propina un billete de cinco dólares, que escribe novela policial porque no ve adecuado decir novela negra a un negro, y además está convencido de que ese término no se utiliza en Estados Unidos. Como el muchacho parece que tenga ganas de practicar el castellano, le explica someramente el argumento de la novela que va a presentar en la Miami Book Fair.

Las vistas desde la planta 21 al mar y al lejano Miami Beach, cuyos rascacielos destacan en el horizonte, son soberbias. La cama inmensa, aunque no haya sirenas con quien compartirla. Un plasma, que no va a utilizar, un gran escritorio,  tres lámparas de lectura, una terraza fantástica y un baño correcto. EL aire acondicionado funciona tan bien que a los cinco minutos decide cerrarlo. Sobre un mueble bar vacío hay dos botellas de agua a precio de oro, 4 dólares cada una.

Baja al tercer piso, al centro de asistencia a los autores desplazados a la feria. Dos amables damas le dan la bienvenida y le entregan el programa en el que figura su presentación.  Hay mesas con mantel, café recién hecho, unas magdalenas buenísimas, como las de allá,  y unas tartaletas de crema excelentes. Por un momento,  si cerrara los ojos, podría creerse en España gastronómicamente  hablando. Seguro que eso tan bueno lo hizo un español, estalla su orgullo patrio. Tenemos un país de mierda, los peores políticos imaginables, pero aún nos queda paladar fino, hasta que el imperio nos lo atrofie, se dice Abimael Koczinsky llorando con esa crema que le produce en el paladar una sensación próxima al orgasmo sólo superada por la ingesta de un xuxo de crema de Girona. Tan buenas son las magdalenas y los pastelitos de crema, que repite,  que hasta le gusta el aguado café americano con el que los acompaña. Se levanta, una  vez saciado su apetito, y no dice adiós a las amables señoras sino hasta mañana.

Tiene que desplazarse a la feria a cobrar el per diem, la cantidad de cincuenta dólares diarios para la manutención y desplazamientos. Monta en la furgoneta blanca estacionada en el parking del Marriott con el logo de la Miami Book Fair. La conduce una de esas negras potentes cuyos brazos son más gruesos que las musculadas piernas de Abimael Koczinsky. De tener un cierto entrenamiento, piensa, mientras se dirigen a la universidad de Miami en donde se asienta la feria (está cerca del hotel, a sólo quince minutos, rezan las instrucciones que lleva consigo el viajero escritor, pero se les olvida decir que en coche, o allí se sobreentiende que todas las distancias son en coche), esa mujer podría tumbar de un derechazo al mismísimo Myke Tysson. Mientras el viajero escritor intenta  medir el perímetro de esos brazos que mueven el volante, su dueña canta El Guardaespaldas de Whitney Houston con voz de chica del coro de una iglesia baptista. Hacen el viaje en riguroso silencio porque Abimael ha confesado al entrar en el vehículo su absoluto desconocimiento del inglés. Sorry, i spike very bad english.

Es fácil perderse en el recinto, máxime hoy, viernes, que está infestado de niños porque es el día de las escuelas y una caravana de viejos autobuses escolares pintados de amarillo los han descargado en la feria para que se habitúen a los libros. Así es que, mientras va precedido por una hispana  que también se encallaría en los pasillos de los Boeing, hacia las oficinas en donde le darán esos ciento cincuenta dólares para gastos diarios, se va abriendo paso, como Moisés en el Mar Rojo, entre niños de todos los colores, principalmente negros y casi ninguno oriental, muchos latinos, algún que otro wasp. No es que den para mucho ciento cincuenta dólares en una ciudad tan escandalosamente cara como Miami, pero algo ayudará, piensa el escritor que ha dejado ya de ser viajero, guardando los tres billetes de cincuenta en su billetera mientras intenta recordar el camino de regreso al lugar en donde estacionó el shuttle. Acierta a la cuarta vez en ese recinto enorme y enrevesado, o quizás es que ya está perdiendo el sentido de la orientación. O que el sol que le cae sobre la cabeza le reblandece el cerebro.

El consulado de España al que ha sido invitado esa tarde a tomar con el cónsul un vino español, y algo más, imagina, está en Coral Gables.  Recuerda con cierto horror el escritor la odisea de cinco años  atrás cuando topó con un taxista haitiano de la tercera edad y medio ciego. Dar con el consulado fue una carrera de obstáculos.  Así es que reza para que no se repita la experiencia.  Y no reza lo suficiente porque, como si se tratara de un maldito bucle, todo sucede igual que la vez anterior, o peor. El taxista es haitiano, más joven y tiene buena vista, pero no tiene ni la más remota idea de donde está el Granada Bulevard de Coral Gables. Miami ciudad es como una provincia española, así es que el taxista coge al tumtum una serie de autopistas a buena velocidad y su pasajero contempla con cierta inquietud el escaso pelaje de las edificaciones en cuanto se alejan del Downton. Pronto se da cuenta de que su conductor anda desorientado cuando entra en una calle, gira en redondo y sale. El pasajero se pone nervioso, maldice, y el taxista también,  suda de angustia. El GPS del taxi es un teléfono con el que llama a un colega que le responde con mucha calma, quizá desde Puerto Príncipe, capital de Haití. El colega le da instrucciones de cuando en cuando, supone Abimael Koczinsky  que consultando un GPS o un mapa. La carrera se convierte en una pesadilla lynchiana (de David Lynch, concretamente Carretera perdida). Dan vueltas una y otra vez por las mismas autopistas, están a punto de colisionar con  un buen número de coches y el pasajero calibra la posibilidad de bajar en marcha y evocar la gesta de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por la Florida, de noche y con coches en vez de nativos poco amistosos. Como sabe que es haitiano, le dice en su mejor  francés: Tu est perdú.  Una obviedad. Está a punto de decirle que le vuelva al hotel,  si es que sabe regresar, cuando en medio de la oscuridad se produce el milagro y ve el letrero de Granada Boulevard. El taxi entra en la calle, pero está  tan oscura que no hay manera de ver los números,  así es que el taxista se baja con una linterna y alumbra para saber si van bien encaminados (cinco años atrás, como el taxista era ciego, esa labor de inspección la tuvo que hacer el escritor viajero), y el milagro se produce unos cuantos números más allá. Nunca había experimentado tanta emoción Abimael Koczinsky hacia la bandera rojigualda que cuando la ve ondear en la sede diplomática española de Miami. Está tan contento de haber llegado a su destino que le da cuarenta dólares de los 38 que marca el contador y no espera la vuelta. Ambos lo han pasado muy mal en esa hora de viaje a ciegas.

El cónsul es un tipo amable y cordial. El vino español, un Rioja, es bueno. Hay tapas de tortilla de patata, jamón y deliciosos canapés con los que se recupera del susto y de los cuarenta dólares del viaje. 40 dólares es el número mágico, por menos no come. Es lo que le ha costado una carrera de una hora. Una mexicana de ascendencia gallega se le acerca para interesarse por sus novelas sangrientas.  Es tan joven como guapa. Hablan de España, del dichoso proceso de independencia de Catalunya y pasan a hablar de México, su corrupción y su insoportable violencia.
—Me fui de México—  le dice, cuando recibí una corona de flores de difuntos. Le explica el escritor que tiene una novela ambientada en Tijuana.
—Es la ciudad más horrible de México— exclama.
—Por eso, el escenario perfecto para una novela negra.
Se une a la pareja un periodista español de la agencia EFE. Hablan entonces de las contradicciones de un país como Estados Unidos que retira la custodia a padres que dejan solos a sus hijos en casa y no se la retira a padres que enseñan a sus hijos a manejar armas de fuego. Hablan de Trump, claro. La mexicana lo detesta y se escandaliza de que lo hayan votado mujeres. Abimael Koczinsky lo considera un bocazas y mucho menos peligroso que Bush. Hablan de las mentiras sin consecuencias de Bush, de su engaño masivo y de los cuatrocientos mil muertos de la guerra de Irak.
—Trump está buscando su guerra con el loco de Corea del Norte.
—¿Y la prensa?
—Cada vez peor y menos independiente.
Se dice que, a pesar de ese viaje accidentado, ha valido la pena asistir a esa recepción consular en la que también hay gente del cine, el equipo de Que Dios nos perdone que se acaba de proyectar en una muestra de cine español. Con ellos precisamente regresa al Marriott Biscayane en un todo terreno de cristales tintados gigantesco que parece un coche de la DEA de la película Sicario. Antes de subir pregunta al cónsul por la anterior representante diplomática a la que conoció cinco años atrás en la excursión con el taxista ciego haitiano.
—No está.
—¿Le dieron otro destino?
—Murió.

Regresa al centro de la ciudad con el chico psicópata y asesino de viejas de Que Dios nos perdone. Javier Pereira, un muy joven gran actor. No lo ha reconocido a la primera a pesar de que su cara le sonaba muchísimo. Al salir del coche Abimael Koczinsky le desea mucha suerte en el cine y que siga haciendo tan buenas películas.
—Das mucho miedo en tu papel—le dice.
—De eso se trata—. Sonríe antes de perderse en el hotel Epic.
Aún tardará una hora más el escritor equidistante  en llegar al Marriott Biscayane. El atasco de las 11 de la noche en todo su apogeo. Tampoco Miami es una ciudad para coches.

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