Cruzar tres países sin salir del Mediterráneo

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por José Luis Muñoz

Llegar al lago Como supone cruzar tres países y aguantar a pie de volante unas diez horas largas si se sale de Barcelona. 1052 kilómetros. Francia mantiene un cielo gris en todo su recorrido salvo por la Costa Azul. Pero no sopla la criminal Tramontana que desestabiliza el coche en un día atmosféricamente calmo. En La Jonquera, tras dejar atrás el burdel más grande del Mediterráneo norte, unos amables policías nacionales detienen mi vehículo y me interrogan pasado el último peaje español. Hace hora y quince minutos que he dejado atrás a Barcelona y el café me mantiene despierto. Bajo la ventanilla, desplazo las gafas de sol hasta la mitad de la cabeza y esbozo una sonrisa. El policía que se acerca a mi ventanilla bajada es más joven que mi hijo; sus compañeros, cinco, montan guardia con sus chalecos antibalas y los fusiles ametralladores con el cañón abatido. Antes buscaban etarras, ahora, yihadistas. ¿Adónde va?, pregunta de forma rutinaria. A Como, Italia. Muestra cierta complicidad, o quizá sea envidia, cuando hace una pregunta que es afirmación: ¿Al lago? Tiene un largo viaje. Nunca digo adiós sino hasta luego.

En la parte francesa son los gendarmes los que me interrogan con brevedad. Ellos, por no llevar, van sin gorra y se diferencian de los civiles por el letrero de Police impreso en sus camisetas. El que me interroga es un tipo robusto y cuadrado que masca chicle, una especie de Jean Gabin portuario. No me gustaría estar en sus manos. ¿Adónde va?, y me taladra con la mirada. Al lago Como, Italia. ¿Italiano? Español. Bon viatge i adeu. La TV3 siempre da el tiempo de Perpignan, la capital de la Catalunya Nord.

 

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El coche vuela por autopistas de peaje francesas a una media de 120 por hora. No hay paradas. No puede haberlas. Atrás quedan Perpignan, Montpellier y Lyon. De refilón admiro el paisaje de la Camargue sin caballos galopando por sus orillas. En la Provenza no florece la Lavanda. El cielo está blanco. La luz no es buena, me digo. Pierdo la costa y me interno por la dulce Francia, siempre llana pero sin ríos en esta zona. Hasta que el paisaje se hace abrupto y la autopista escala cimas, desciende a vaguadas, se asoma el mar en donde mueren esas montañas abruptas en un paisaje parecido a la Costa Brava. Nombres de ciudades glamurosas se suceden mientras venzo el sueño con la ventanilla abierta, el aire en la cara y el codo fuera. Cannes y su festival. Casas de lujo distantes de la autopista que se encaraman por las montañas. La mítica La Croisette. Luego, Niza. Más de lo mismo.

En la frontera con Italia no hay carabineri. La autopista estrecha sus carriles. Los italianos conducen de una forma suicida, pero contagiosa. Me contagian su velocidad por una autopista aérea que es una sucesión de viaductos y túneles que taladran ese paisaje montañoso junto al mar. Nunca he cruzado tantos túneles y a esa velocidad. Nunca he pasado a tantos camiones arañándoles con mi espejo retrovisor.

 

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Cuando aparece en la rotulación Milán, respiro. Pero no voy a parar en Milán. He parado en dos ocasiones para llenar el tanque de diésel en Francia, y lo hago una vez más en Italia en donde la gasolina es aún más cara que en el país vecino. Me he tomado un zumo de naranja mientras conducía. Al llegar a Milán el tráfico es denso y se circula despacio, en caravana. Mi GPS, tras una serie de indicaciones confusas que se añaden a la forma confusa que tienen los italianos de cobrar sus peajes (detectan que llevo un camión y he de salir del coche para introducir en una ranura muy alta mi tarjeta de crédito; por la misma ranura se desliza el ticket y la tarjeta; fallan las barreras de las autopistas) veo el letrero de Como. La autopista sube y el paisaje mediterráneo da paso al alpino, los pinos rechonchos y de copa redonda se afilan hasta parecerse a abetos. El verde de las montañas y prados me recuerdan a un paisaje dejado atrás. Las montañas rocosas aparecen rodeadas de nubes y la luz del día mengua a marchas forzadas a pesar de ser solo las seis de la tarde. A las siete ya es de noche cerrada cuando vislumbro el gigantesto lago Como a mis pies y me enfrento a la carretera más estrecha jamás transitada y con mayor número de curvas. Si a ello añadimos las largas colas de los milaneses que regresan a su casa en domingo y me deslumbran con sus faros, el cuadro es caótico. El GPS me juega una pasada y me envía hacia un callejón sin salida. Tomar la SS340 que me va a llevar a San Siro es problemático. Cruzarse con enormes autobuses por la noche implica el riesgo de salir despedido, superar el quitamiedos y caer al lago. Me mentalizo con lo que debo hacer si eso sucede. Abrir la ventanilla, que entre el agua y salir luego por ella si puedo aguantar la respiración o el miedo a los lagos no me paraliza. Pero el pulso no me tiembla y supero las trescientas curvas de la carretera, o más, y las estrecheces que me hacen pasar muchas veces rozando las paredes de las casas de los pueblos. Hay túneles, muchos, por suerte, porque en ellos los carriles se ensanchan y ahorran unas cuantos cientos de curvas extras.

 

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Cuando llego a San Siro rezo porque el hotel sea visible. La dirección de la reserva de Booking habla de que el hotel Sole está en una carretera privada. Me detengo en un pequeño arcén dispuesto a llamar por teléfono, porque son las ocho, la hora límite del registro, y no veo el hotel. Y entonces lo veo, delante mismo, al otro lado de la carretera, así es que hago los últimos cincuenta metros, enciendo el intermitente  cuando cruzo la carretera y me refugio en el jardín del hotel que sirve de parking.

La chica de recepción es una joven muchacha rubia y guapa para la que soy invisible. Me pide el DNI y comprueba mi reserva hecha por Booking. Me da la llave de la habitación 213 y me advierte de que si quiero cenar no me demore.

 

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No me demoro. La habitación es modesta, pero da al lago Como, invisible a esas horas, intuido en la negrura absoluta. La cama es grande y cómoda. La decoración sencilla y algo rancia, de hostal decimonónico. Bajo a cenar sin desempacar. Me apetece un plato de pasta, así es que me decido por unos fetuccini con salsa de funghi, que no están al dente, una cerveza y una mascarpone con fresas.

Once horas conduciendo demuelen a cualquiera. Así es que subo a la habitación, me meto en la cama, cierro los ojos y confío en que el despertador suene a las ocho de la mañana. Antes de dormir me viene a la memoria de que George Clooney tiene una casa por aquí. Iré a desayunar con él mañana ya que no puedo hacerlo con Leonardo da Vinci, Napoleón Bonaparte, Stendhal, Franz Listz o Giuseppe Verdi. Con Winston Churchill me tomaría una ginebra.

 

 

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