“Fortuna”, de Hernán Díaz

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Marx tenía razón: el dinero es una mercancía fantástica. Una fantasía. Ni lo puedes comer ni te abriga. Pero representa toda la comida y toda la ropa del mundo. Por eso es una ficción. Y eso lo convierte en patrón con el que valoramos todas las mercancías. Las acciones, los valores bursátiles y toda esa porquería no son más que promesas de un valor futuro. Y Fortuna, de Hernán Díaz, es una ficción de ficciones.

Novela río sobre el capitalismo la de este autor nacido en Argentina (Buenos Aires, 1973), criado en Suecia y que ha pasado la mayor parte de su vida en los Estados Unidos. Matrioska literaria esta Fortuna, que se alzó con el premio Pulitzer de ficción en 2023 muy merecidamente, con la que el autor compone una visión poliédrica de cómo se amasan las grandes fortunas y el vacío moral de los que las tienen y dedican su existencia a ello. Varios textos, Obligaciones de Harold Vanner, Mi vida, de Andrew Bevel, Recuerdos de unas memorias de Ida Partenza y Futuros de Mildred Bevel configuran esa obra magna sobre el mundo despiadado de los negocios que a ratos recuerda al lector a Los Buddenbrook, la extraordinaria obra prima de Thomas Mann, El gran Gatsby de Scott Fitgerald o Ciudadano Kane de Orson Welles.

Estamos en los años 20 y en Nueva York. Benjamín Rask, un magnate financiero que ha amasado una fortuna, y su esposa Helen, hija de unos excéntricos aristócratas, forman parte de la elite de la megalópolis, pero sobre el matrimonio envidiado se cierne un círculo de sospechas. En medio de la desolación generalizada entre los escombros, Rask era el único superviviente. Y más y más poderoso que nunca, ya que la mayor parte de las pérdidas de los especuladores habían sido ganancias para él. Ese hecho fundamental es la espoleta de la novela de Hernán Díaz, el miércoles negro de Wall Street, la debacle económica que marcó una época: El miércoles 23 de octubre, una avalancha descomunal de órdenes de venta inundó el recinto de la Bolsa. Nadie sabía de dónde venía aquel alud. Pero al cerrar Wall Street, solo dos horas más tarde, el mercado había caído más de veinte puntos. Fortuna destripa el capitalismo americano, su esencia fundacional, el poder del dinero y lo que conlleva el mundo de las altas finanzas cuyo afán acumulativo y voracidad no tiene límites, y el papel de la Bolsa como casino global en donde muchísimos pierden para que unos poquísimos ganen: La gente se amontonaba en Wall Street y exigía retirar sus depósitos. Escuadrones de la policía montada cabalgaban calle arriba y calle abajo intentando mantener el orden público.

Hernan Díaz se desdobla en cuatro narraciones con sus correspondientes voces, una por cada uno de los textos que conforman Fortuna, y esa es uno de los principales atractivos de un libro que atrapa el interés del lector desde la página primera a pesar de la presunta aridez temática que supone una obra literaria centrada en el dinero.  A través de ese conjunto de textos corales, el último de ellos un diario, se dibuja un período fundamental del siglo XX, retratando la visión autista del capitalismo obsesionado en enriquecerse y no mirar a su alrededor: Uno de los pocos rasgos que aunaban a todos los miembros de la familia Brevoort, y aunque fuera por razones distintas, en cada caso, era su desdeñosa falta de curiosidad hacia los acontecimientos actuales. Un sistema aquejado de una absoluta falta de empatía: No le hacía falta tocar un solo billete ni relacionarse con las cosas y la gente a las que su transacción afectaba. Y esa obsesión por hacer fortuna produce, a su vez, una sensación de esclavitud: Lo único que hacía era trabajar y dormir, a menudo en el mismo sitio. No falta una cierta dosis de ternura a la hora de perfilar personajes tan despiadados hacia los demás como el del magnate Benjamín Rask hacia su infortunada esposa Helen: Retiró la sábana como si fuera la piel de una fruta delicada. No había señal alguna de descanso en la cara de Helen. Todo el dolor había quedado sellado en su interior. Su cuerpo parecía distorsionado. Benjamín dio un paso atrás intentando corregir mentalmente su postura.

Hay, a lo largo de la novela, aceradas reflexiones sobre los escritores que se acercan a lo que dijo en su momento Margaret Atwood comparándolos con las ocas, ellos, y el fuagrás, las novelas: Le interesaban en particular los autores vivos, aunque de entrada se negaba a conocerlos, consciente de que la distancia entre la obra y la persona solo la podía ocupar la decepción. Habla Fortuna del éxito y del fracaso tan comunes en el mundo de las finanzas y tan evanescentes: En general, preferimos creer que somos los sujetos activos de nuestras victorias, pero solo los objetos pasivos de nuestras derrotas.

Y el Thomas Mann de La montaña mágica, como el de Los Buddenbrook, está muy presente en Fortuna cuando la esposa ficcionada en una de las novelas que integran este retablo literario enferma: El sanatorio estaba en un lugar resguardado rodeado de un entorno exuberantemente boscoso, en un valle sito en mitad de la ladera de una montaña, ofrecía vistas encantadoras de las praderas y colinas. El aire fuerte y vigorizante hacía de tónico. Y desde el primer momento ya pude ver su efecto fortalecedor sobre Mildred. Su cara recuperó el color y sus pasos ganaron confianza.

La novela de Harold Vanner, Obligaciones, inspirada en el matrimonio de magnates financieros, resulta la más ofensiva para Benjamin Rask y su mujer Helen: Después de largas negociaciones, por fin he sacado de circulación el libro difamatorio del señor Vanner. Como es una novela, se desestimó mi demanda por libelo y calumnias.

La visión crítica de la voracidad capitalista y la deseada reacción se hace explícita en el relato escrito por Ida Partenza que trabaja en lo que no le gusta — La hija autodidacta de un anarquista italiano no tenía nada que hacer en inversiones Bevel— en Recuerdos de unas memorias, la tercera ficción del puzle literario que es la novela de Hernán Díaz: Por eso había celebrado la Gran Depresión, convencido de que gracias a ella, las masas explotadas por fin despertarían a sus verdaderas circunstancias históricas y condiciones materiales, lo cual precipitaría la revolución. Es en ese texto, el más ideológico de la novela, en donde se habla del anarquismo tan en voga en ese periodo —Lo que tienen en común todas las tendencias, ramas y facciones disidentes del anarquismo, y hay bastantes, es su oposición a todas las formas de jerarquía y de desigualdad— y de explotación capitalista: Me acuerdo de mi padre. Siempre decía que todo billete de dólar se había impreso en papel arrancado de la escritura de venta de un esclavo.

Fortuna resulta didáctica como relato de la forma de actuar del capitalismo, su práctica para conseguir la acumulación, que es una de sus esencias: Todos los hombres que ve son estadísticos y matemáticos, reclutados de universidades de todo el país. Una reunión de cerebros en toda regla. Estudian registros bursátiles y expedientes industriales, predicen tendencias futuras a partir de otras pasadas, detectan patrones de psicología de masas y diseñan modelos para operar de forma más sistemática. Aquí se evalúan informes, estados de cuenta y planes de futuro de todas las corporaciones o empresas que están o pueden ponerse en mi radio de acción. Todas las energías, todo el tiempo del mundo destinado a esa droga llamada dinero y a reproducirlo exponencialmente. ¿De dónde sale toda esa riqueza? De la acumulación originaria, del robo fundacional de tierra, medios de producción y vidas humanas…

Los textos que conforman la novela de Hernán Díaz se entrelazan, incluso se refutan entre ellos: La decisión de Bevel de escribir una autobiografía estuvo movida en gran medida por su deseo de limpiar el nombre de su esposa y demostrar que no era la reclusa mentalmente enferma de la novela de Vanner. Y la novela de novelas termina con los diarios de Helen y una teoría sobre la función de ellos: Hay diarios que se escriben con la esperanza implícita de que se descubra mucho después de la muerte del autor, como el fósil de una especie extinta de un solo individuo. Otros son posibles gracias a la convicción de que cada palabra evanescente solo será leída mientras se está escribiendo. Y otros se dirigen a la encarnación futura del autor: un testamento para que se abra durante la propia resurrección. Y la naturaleza de quienes los escriben: Todo diarista es un monstruo: la mano que escribe y el ojo que lee proceden de cuerpos distintos. Es esta parte, en la que la protagonista femenina habla de su propia situación en la clínica en donde está recluida, cuando la novela se hace más angustiosa y dramática: Enfermera nunca simula alegría. Nunca da muestras de compasión. Nunca finge saber cómo me siento. Llamar la amiga sería un insulto a la dignidad de sus cuidados impersonales. Aun así… Ni el dinero ni el triunfo hacen la felicidad: Primero, mi descubrimiento de que el mercado se iba a desplomar antes de fin de año. Segundo, el diagnóstico de mi cáncer según el cual iba a morir poco después. Y el cáncer que la corroe por dentro, la devora: Me pregunto en qué me convertirán las células que están mutando dentro de mi cuerpo, si no me matarán antes.

Hernán Díaz compone una obra polifónica con un virtuosismo literario encomiable que le permite utilizar diversas técnicas narrativas, imbricando ficción con realidad, para contar una historia genuinamente norteamericana sobre su dios fundacional: el dinero. Léase con la música de fondo de Money de Pink Floyd.

 

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