«La cronología del agua», de Kristen Stewart

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Impresionante desembarco de la actriz, activista anti trumpista e icono LGTBQ+ Kristen Stewart (Los Ángeles, 1990), la protagonista de la saga Crepúsculo, en la dirección cinematográfica realizando este original y rompedor biopic de la escritora Lidia Yuknavitch que sanó de todos sus traumas (abusos sexuales y maltrato por parte del padre) y adiciones (drogas, bebida, masoquismo y sexo promiscuo) gracias a la literatura. A través de su personaje central, interpretado de forma prodigiosa por la actriz británica Imagen Poots, y siguiendo las memorias de esta escritora extrema, Kristen Stewart construye una película emocional y calidoscópica que viola un sinfín de normas cinematográficas, salta continuamente en el tiempo y deviene una especie de rompecabezas de extraordinaria fuerza visual cuyas piezas, sin embargo, encajan a la perfección.

Lo más fascinante de esta ópera prima de bello título es, sin lugar a duda, su apuesta formal e innovadora, una estética que recuerda, en algunos momentos, a otro film muy rompedor, Réquiem por un sueño de Darren Arafnovsky, y el aliento claramente poético de sus imágenes reforzadas por una voz en off que podría llevarnos al terreno de Terrence Malick, una de las reconocidas influencias de Kristen Stewart.

Resulta fundamental el lenguaje fímico, además del contenido (la vida familiar atormentada de la escritora), aparentemente caótico pero perfectamente estructurado gracias a una labor de montador sobresaliente. Creo que en la historia del cine el récord de planos rodados en un largometraje se lo llevó Oliver Stone con la abrumadora cifra de 3700 en la frenética Un domingo cualquiera; pues La cronología del agua le debe ir a la zaga.  Muchas de sus secuencias son brevísimas, algunas duran simples segundos, se fragmentan y son disruptivas, y abundan en ellas primerísimos planos de rostros, ojos, narices, bocas, espaldas o sexos, que crean una textura cinematográfica tan eficaz como hipnótica.

El dolor, los traumas, los accidentes de la vida (Lidia Yuknavitch pierde a su primer bebé), las cicatrices que dejan huella en el cuerpo (la sangre en la ducha, que corre hacia el sumidero y es una de las primeras imágenes de la película, habla de uno de los muchos intentos de suicidio de la protagonista) y en la mente, son luego materia literaria. Lidia Yuknavitch literaturiza su vida cuando lee uno de sus relatos en la universidad y es fichada por una agente literaria asombrada por su audacia. Un escritor que haya tenido una vida feliz y acomodada, difícilmente será capaz de alumbrar una gran obra.

La película de Kristen Stewart habla también de la escritura, de sus escuelas y el esnobismo que reina frecuentemente en esos ambientes intelectualmente elitistas cuando irrumpe en escena el estrambótico profesor Ken Kesey (Jim Belushi) —me recuerda al personaje que interpretaba Jeff Bridges en Una mujer difícil—, y subraya el poder exorcizador de la literatura para ajustar cuentas: ese padre nocivo llamado Mike (Michel Epp le da la pátina de odioso), felicita a su hija por un relato sobre natación en el que no sale muy bien parado.

La cronología del agua no es un título caprichoso. El elemento líquido forma parte de los rasgos biográficos de la escritora, está en su infancia.  El agua, con su carga poética, su textura, su musicalidad, es un elemento recurrente a lo largo de toda su película. Lidia Yuknavitch es una esforzada nadadora de niña (la vemos nadar en video domésticos), y una y otra vez el agua del mar, o la de los lagos en donde se baña, o el de la ducha que cae sobre su cuerpo herido en sus intentos de suicidio, tiene un efecto purificador. El agua que rechaza a ese padre maltratador y depredador sexual, que no sabe nadar y sufre un accidente en la playa que lo sume en un estado semi vegetal: el karma vuelve y hace justicia.

Insisto en la lírica de la puesta en escena de esta experiencia cinematográfica, y en sus subrayados musicales perfectos, y en los hallazgos visuales y fotográficos de una película bella y dura al mismo tiempo que, como anecdótico, pero no menos importante, puedo decir que contiene la secuencia de cunnilingus más exquisita jamás filmada de la historia del cine que haya visto el que esto escribe, compuesta por medio centenar de planos, deliberadamente nunca explícitos, y que dura un minuto: un prodigio de composición fílmica. Pueden disfrutar de La cronología del agua, un listón muy alto que se ha puesto esta joven directora, en la plataforma Filmin.