«A la cara», de Javier Marco

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Demasiados temas trascendentales en solo 95 minutos en A la cara: el odio que se esparce con inmunidad en las redes sociales, del que todos somos testigos (miren cómo denigran al presidente del gobierno con los más soeces epítetos); el precio de la fama que persigue a la protagonista y la hace huir de los focos mediáticos; el conflicto moral y emocional frente a la eutanasia, cuando se trata de tu hija.

Javier Marco (Alicante, 1981) maneja una trama que peca de inverosímil en su primer tramo, cuando Lina (Sonia Almarcha), la presentadora de un exitoso programa de televisión, llama a la puerta de Pedro (Manolo Soto), trabajador de un campo de golf que, a través del anonimato de las redes, le desea lo peor, y ella se instala en su casa, aprovechando que ha puesto en alquiler una de sus habitaciones, le exige que le repita a la cara (el título) lo que ha escrito sobre ella en las redes, mientras decide firmar o no el documento para desconectar a su hija, en muerte cerebral, que lo enfrenta a su marido (Roberto Álamo).

A la cara conserva el título del corto alargado con el que Javier Marco ganó un Goya, convertido ahora en largo, podría ser una película conmovedora y emotiva, pero no lo es y deviene en una narración fría y sin alma. Poco sabemos del personaje de Pedro, quien acoge de forma forzada a esa madre dubitativa, salvo que debió gozar de una situación económica mejor (vive en un chalet con una piscina descuidada llena de hojas) y se ha distanciado de su hija adolescente (Helena Zumel) que entra en su casa cuando él no está para ver al perro y charlar con esa extraña inquilina que sale en todos los medios, y tampoco mucho de Lina más allá de su trabajo y esa hija desahuciada.

Cuesta empatizar con la pareja protagonista porque sus personajes mantienen una cerrazón emocional y son muy contenidos, lo que les hace, en cierto modo, similares. No conecta el espectador con ellos porque carecen de carisma, son muy normales.   Casi toda la película, salvo las secuencias en el campo de golf y las relaciones de Pedro con sus compañeros, transcurren en esa sobria vivienda que ha heredado de sus padres y en la que vive el solitario y huraño protagonista que se ve obligado a compartir su habitáculo con la caprichosa periodista televisiva. La realización es sobria, austera. La película, carente de emoción, resbala.