«Cada día nace un listo», de Arantxa Echevarría

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Hay veces que uno va al cine para olvidarse de lo que pasa a su alrededor y huir de dramas. Cada día nace un listo es el plato indicado, un cambio de registro radical de la vasca Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) con respecto a su anterior y aclamado film La infiltrada. Comedia negra descacharrante de ritmo frenético que pretende, y lo consigue, no dar respiro al espectador desde la primera secuencia —el suicidio en un campo de golf de un empresario corrupto (Pedro Casablanc) como desencadenante de la trama —y entretenerlo sin complejos, lo que no es poco.

Toni Lomas (Hugo Silva borda el personaje) tuvo su tiempo de gloria cuando triunfó en televisión con un talent show, pero ahora malvive como gigolo barato, cantante de karaoke o boy de despedidas de solteras sin tener donde caer muerto más que su destartalado coche en el que malvive. Se le abre el cielo cuando una antigua novia pijita, Malena (Dafne Fernández), le pone en contacto con su hermano Junior (Jaime Olias) para que robe un Caravaggio de su casa familiar de espaldas a su madre viuda (Belén Rueda), y el buscavidas, tras fallar en el primer intento, subcontrata para el trabajo a Mari (Susi Sánchez) y al Gallego (Diego Anido), que van a la suya.

Arantxa Echevarría tiene la virtud de encadenar gag tras gag en esta comedia gamberra que recuerda al cine de su compatriota Juanma Bajo Ulloa (la descacharrante Airbag) cuando no se ponía en plan dramático. La esperpéntica Cada día nace un listo está bien rodada en escenarios donostiarras y muy bien interpretada por actores que se nota que disfrutan en el rodaje. Película puro entretenimiento, con suave crítica social hacia los poderosos acaudalados que urden ese autorrobo, se pasa muy bien mientras se ve y se olvida pronto.

Mención especial para Hugo Silva, actor versátil donde los haya, que se transforma en el rey de los macarras. Como anécdota, la propia directora aparece disfrazada de monja en una de sus tronchantes secuencias.