«Eleonora Duse, la divina», de Pietro Marcello

JOSÉ LUIS MUÑOZ

No iba uno muy predispuesto a ver una película del italiano Pietro Marcello (Caserta, 1976) después de la decepcionante, fría y esquemática Martin Eden que no se merecía Jack London, pero en Eleonora Duse, la divina, su última apuesta cinematográfica, el director italiano cambia diametralmente de registro para abordar los últimos años de Eleonora Duse (la actriz y directora Valeria Bruni Tedeschi se mete en su personaje a tumba abierta), una diva de la función italiana que fue amiga y amante del controvertido poeta y dramaturgo Gabriele d’Annunzio (Fausto Russo Alesi), uno de los precursores del fascismo, estuvo próxima al duce Benito Musolini (Vincenzo Pirrotta) y enfrentada a su hija Enrichetta (la francesa Noémie Merlant, protagonista de Retrato de mujer en llamas).

Drama con aires de tragedia griega sobre la decadencia humana y artística el que pone en pie el director italiano con personajes vociferantes y teatrales que parecen que no solo actúan cuando están en el escenario —en las representaciones que se incluyen en el film— sino también cuando están fuera de él. Pietro Marcello hace del exceso su baza narrativa en un film arriesgado e incómodo que, sin embargo, funciona cuando el espectador se mete en él y acepta dejarse llevar por sus personajes desenfrenados. El director de Scarlet teatraliza todas las situaciones de su película hasta rozar los limites soportables y sus actores no hablan, sino que declaman, gritan, se enfurecen hasta el paroxismo, y la cámara se pega a sus rostros en primerísimos planos creando una atmósfera malsana y desasosegante que acaba cansando.

Eleonora Duse, la divina, es un biopic tan parcial como poco convencional, ya que habla de la última etapa de su vida, obviando sus años de esplendor cuando interpretaba obras de Henrik Ibsen, William Shakespeare o Alejandro Dumas, pero sobre todo se centra en el fracaso que va ligado a una vejez que la protagonista no asume y que Pietro Marcello escenifica en el desastre teatral  cuando la gran diva vuelve a los escenarios y acepta montar la obra de un escritor novel y mediocre y recibe un varapalo de público y crítica que marcan su decadencia definitiva. Eleonora Duse vive la interpretación —hija de actores, empezó a trabajar en el teatro con cuatro años— como un sacerdocio del que no puede prescindir ni cuando su médico de cabecera Luciano Nicastrelli (Sabino Paparella) y su secretaria personal le ordenan parar para centrarse en su deteriorada salud.

En el film, aparte de Benito Musolini, salen otros personajes históricos como el pintor catalán Mariano Fortuny (Marcello Mazzarella) y la actriz Sarah Bernahrdt (Noémie Lvovsky), con la que la protagonista tiene un sonoro encontronazo.  A destacar una excelente fotografía de Marco Graziaplena, de tonos sepias, cuyas imágenes se funden con las numerosas de archivo que sitúan el film en su complejo momento histórico: el final de la Gran Guerra de 1914 —Eleonora Duse, como Marilyn Monroe más tarde, arengaba a las tropas italianas y socorría a los heridos— y la llegada del fascismo a Italia que contó con la complicidad de algunos artistas, entre ellas la propia Eleonora Duse a la que el régimen concedió una pensión vitalicia que terminó siendo un regalo envenenado. Y de eso habla también el film de Pietro Marcello, del compromiso político del arte.